miércoles, 4 de enero de 2012

Caminito

No se venden coches, pero los de lujo han aumentado un 83% el año pasado. Ese mismo año, el más terrible desde que vivimos al borde del abismo, los diez españoles más ricos han aumentado su patrimonio hasta acumular algo así como 35.000 millones de euros – capaces de resolver por sí solos el problema de déficit público que acumulamos los restantes cuarenta y cuatro millones.

El retorno a la jungla preilustrada continúa su avance siguiendo unas pautas ya muy claras que sorprenden por su implacable mecánica. De puro perfectas, cuesta creer que hayan sido planificadas, pero una vez en este punto, hay que reconocer que el neoliberalismo recicla todo y todo lo aprovecha, tanto las supersticiones ideológicas y discursivas como más la cruda realidad, prevista o no, para sus fines.

El implacable mecanismo que destruye el espacio público y las estructuras construidas en torno al llamado Estado de Bienestar, transformándolo en pasta privada, es el siguiente:

1 Con la excusa de la globalización “imperfecta”, que permite la libre circulación del dinero pero no de las personas, e implica el sometimiento de los trabajadores del mundo a una competencia que los iguala hacia abajo, se evita reclamar ni un duro a las grandes fortunas, alias “creadores de empleo”.

2 A cambio, se les da todo lo que se ha recaudado por vía impositiva a esos pobres trabajadores de clase media y baja en forma de exenciones, subvenciones a “emprendedores”, “vacaciones fiscales” o, sencillamente, dádivas con protocolo (como se puede comprobar estos días en torno al caso Urgangarín).

3 Cuando, por este procedimiento, ya no queda en las arcas públicas ni con que sonarse los mocos, se alega que las empresas y servicios públicos son deficitarios, o ruinosos, o cualquier otra fórmula que permita demostrar que no funcionan – y a renglón seguido se “recortan” o directamente se eliminan. Con la llamada “crisis”, la cosa se ha puesto a huevo.

Hablemos en Generalitat: los tipos que manejan la de Valencia, después de llenarles de pasta la cartera a los amigotes hasta hacerse “rescatar” por el gobierno de España, dicen que para arreglarlo hay que liquidar no sé cuántas empresas públicas. Los de la catalana, por su parte, se han propuesto enriquecerse con el negocio de la sanidad y no ha encontrado mejor manera que machacar, con gran seriedad y para evitar ser “rescatados” (por allí la independencia es buena excusa), la Seguridad Social.

Todo esto sucede delante de las narices de periodistas, comentaristas, expertos y público en general sin que dé la impresión de que a ninguno, atrapados en el detallito concreto de cada día (como si Pulgarcito se quedase mirando cada miguita sin sospechar siquiera que pudieran formar un caminito), el cuadro general le parezca especialmente intolerable, espeluznante o escandaloso. Nadie parece caer en la cuenta de que una economía que proporciona 35.000 millones a diez personas, pero dice que no puede garantizar salud, estudios y jubilación a la población, es una farsa.

Bueno, por este trágico camino sólo nos queda el consuelo de que cuando nos hayan quitado todo, ya no tendrán nada más que quitarnos... Una vez haya desaparecido el espacio público en su conjunto, transformado en el embudo por el que acaban en el bolsillo de cuatro o de cuarenta y cuatro las perras del conjunto, ¿de qué vivirán las grandes fortunas, de dónde seguirán alimentándose?

Claramente, tendrán que inventarse otro sistema. Supongo que ya lo estarán estudiando, pero si no se les ocurre nada, ya improvisarán. Total, con el público tan tonto que tienen...

martes, 22 de noviembre de 2011

Meditación post-electoral


Bienaventurados sean


los que llaman “responsables y prudentes” a quienes les roban

esos pobres seres vulnerables que llaman “valientes” a las medidas que toman quienes, desde la comodidad y seguridad que les da el poder y la riqueza, diseñan planes para esquilmarles

esa gente que llama “moderados” a los extremistas y “extremistas” a los moderados

esos que llaman “líderes” a los asesinos y “terroristas” a quienes se les resisten

los que llaman “conservadores” a los depredadores y “lunáticos” a quienes quieren conservar lo que aman

esa gente que considera “infantiles” a los que protestan y “gente seria” a los que les rompen las piernas y la cabeza

los condenados a muerte que bendicen a sus verdugos y les dan la bienvenida en nombre de un futuro mejor

los que, detestando con asco ser lo que son, se identifican fervorosamente con lo que sueñan que son

los que, frente a un espejo roto, ven a un millonario en ciernes

esos pobres que sienten, con desprecio, que la corrupción es cosa de pobres

esas pobres gentes que votan a los ricos y corruptos y que, con los resultados en la mano, proclaman risueños: “¡Hemos ganado!"

los que, cuando tienen miedo de un incendio, huyen corriendo hacia las llamas

los que, cuando tienen miedo de un naufragio, gritan “¡Más agua, más agua!"

los que creen que, si cada uno se salva a sí mismo, nos salvaremos todos

esa pobre gente incapaz de comprender que los malos de las películas de James Bond son los jefes de James Bond

esos Rompetechos que, frente a un lobo feroz que enseña los incisivos chorreando sangre, exclaman arrobados: “¡Qué corderito tan bonito!"

esos españoles que, cuando oyen "Hay que salvar a España", piensan que verdaderamente España es alguien que está pidiendo auxilio

esos catalanes que, cuando les cobran impuestos desde Madrid protestan por el “agravio” y cuando les saquean sin piedad sus compatriotas gritan con euforia: "¡Independencia!"

esos que, cuando oyen decir "Hay que hacer las cosas como Dios manda", oyen un concepto definido, nítido y claro de cómo hay que hacer las cosas - y de qué cosas se está tratando

esas gentes que, cuando sienten que les meten la mano en el bolsillo, respiran aliviados pensando que alguien está “combatiendo el déficit público”

todos esos que cuando sufren, son maltratados, son pisoteados, son despojados y ninguneados tienen la íntima sensación de que, por fin, se están haciendo bien las cosas (y lo de antes, ja, era una ingenuidad sin remedio)


Bienaventurados sean, y perdónalos, tú, Señor, que yo no puedo.


Oración final:

Líbranos, Señor, de los sensatos, de la buena gente, de los pacíficos, de los moderados, de los serios, de los prudentes - y danos cualquier cosa a cambio, cualquiera, da igual - no puede ser peor.


Amén

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Democracia griega

Papandreu dio marcha atrás en su plan de convocar un referendum en Grecia. No se esperó a conocer el resultado; ni siquiera es el contenido de un hipotético referendum lo que se sabotea: aunque cualquier referendum hubiera podido ser manipulado con descaro, es simplemente el amago, el gesto de proponer algo a la gente lo que resulta intolerable.

Todo el mundo ha visto la presión: las bolsas se hundieron; los medios de comunicación serios hablaron de 'caos'; los alemanes y franceses paralizaron la transferencia de dinero - el mundo entero le apuntó a la cabeza a Papandreu.

No, no se puede consultar al pueblo. Ya no es el soberano.

Eso es Grecia, sí, Grecia: la patria de la democracia. ¿Alguien necesita algún otro signo de que el pacto democrático ha fenecido?

Con un cinismo capaz de sorpender incluso a quien ha teorizado sobre él, en lugar de ponerse inmediatamente a modificar las circunstancias que hacen posible que alguien tengan nada que corregir de la decisión política de los ciudadanos, todo lo que se hace es intentar, desesperadamente, acertar con la voluntad de los 'mercados'. Su voluntad es superior a la de los ciudadanos y debe guiar la de estos. Dicha superior voluntad, cual la de un moderno Yahve, es interpretada cada día por sus sacerdotes y sacerdotisas, a quienes podemos llamar 'las Siglas': FMI, OCDE, BM, UE, CEOE, PP y otro montón de espontáneos.

Por ese camino, y para salvar la mascarada, los 'mercados', por boca de las Siglas, acabarán directamente por señalar el candidato al que deben votar los ciudadanos en las elecciones. Los políticos actuarán, ya sin rebozo, como gestores puros y duros de los 'mercados'. A continuación, ante el antagonismo irresoluble cada vez más patente entre el sistema político (democracia) y el sistema económico (capitalismo), se obligará a los ciudadanos a elegir entre uno y otro. Al final se intentará, sin muchos rodeos, convencerles de que deben salvar el dinero sacrificando la libertad. Eso no resultará difícil de aceptar a quienes piensan que con Franco no estábamos tan mal.

Y al revés: en el pellejo de Grecia queda meridianamente claro que, para que un sistema político democrático pueda sobrevivir, no queda más remedio que liquidar el sistema económico actual. Para ello, precisamente, hay que conseguir un modelo económico en que el dinero no pueda comprar o estrangular, sino acatar la voluntad política de los ciudadanos.

Y bien, ¿qué hacer? ¿Qué puede usted hacer para empujar todo esto en la dirección correcta? Le propongo algunas medidas al alcance de cualquiera, para empezar, un poco a bote pronto:

1. Exija siempre pagar el IVA (mientras existe): denuncie a quien le proponga no cobrárselo. Duele pagarlo, de acuerdo, pero es una manera inicial de combatir el fraude fiscal. Ahora le están recortando a usted el sueldo porque en su día aceptó no pagar el IVA.

2. Denuncie sistemáticamente a 'su' banco: presente quejas y reclamaciones por todo (comisiones, para empezar, pero también vale un error en la dirección postal a la que le escriben). Considere 'su' banco aquél al que más denuncia: denuncie ante el Banco de España los incumplimientos y arbitrariedades de 'su' oficina bancaria. Si no obtiene respuesta, denuncie al Banco de España. No deje pasar ni una. Entierre a los bancos en papel.

3. En el colegio de sus hijos exija saber cuánto ganan los profesores y sus horarios laborales - si es concertado o privado, ya verá qué flojera le da.

4. Respete estrictamente su horario laboral: no acepte horas extras, ni siquiera remuneradas. Sólo eso: entre y salga exactamente a la hora que indica su contrato.

Ah, y no presuma usted de trabajar, por dios. Los 'mercados' ganan cada vez que usted dice "Esos malditos funcionarios no hacen más que tomar café". A los 'mercados' les gustan los esclavos felices de serlo, así que tome usted café, hombre (o mujer).

5. La llamada 'crisis' tiene cosas buenas. No poder gastar en tonterías es muy educativo. No espere que se la impongan los gobiernos títeres de los 'mercados': impóngase usted mismo la austeridad voluntaria. Si la 'crisis' no le mata de hambre, disfrute de vivir una vida sin lujos - todos los sabios la han recomendado. Combata el consumo. Si todavía puede, ahorre en un calcetín y dispóngase a liquidar el sistema.

6. Sabotee la publicidad: no compre nada que se le ofrezca por vía de la publicidad. Castigue a las empresas que gastan mucho en publicidad. No compre ningún producto o servicio que se publicite en inglés o con un nombre en inglés - verá qué difícil se le hace comprar y todo lo que ahorra.

7. No compre ningún producto de ninguna multinacional (verá qué difícil, también). Aplique la 'trazabilidad' a todas sus compras, no sólo a las de alimentos: compre siempre el producto manufacturado más cerca de su casa y sobre cuya manufactura tenga usted garantías (dentro de lo posible, vaya).

8. Exija a su Gobierno que la evasión fiscal y el fraude fiscal sean considerados crímenes muy graves. Exija para ellos, en los casos más ejemplares, cadena perpetua y el cumplimiento íntegro de las penas. Exija que no se negocie con los defraudadores. Asóciese a la Asociación de Víctimas del Fraude Fiscal. Exija a su Ayuntamiento que les dediquen una plaza.

9. Exija que el derroche de dinero público sea tipificado legalmente como delito: en este momento (¿lo sabía?) no existe la figura delictiva del derroche de dinero público por parte de los gestores de ese dinero.

10. Exija que se instituya por ley la obligación de que los cargos públicos (y, ya puestos, sus familiares directos) sólo puedan acceder a servicios públicos: salvo para suicidarse, un cargo electo sólo podrá recurrir a la sanidad pública, y sus hijos sólo podrán acudir a centros educativos públicos.

11. Exija topes salariales (como en la NBA): nadie, en ninguna profesión podrá ganar ilimitadamente. Ni siquiera Kobe Bryant. Difunda públicamente los datos fidedignos de los ricos de que disponga -o pasadme la información, por favor.

12. Exija a su Gobierno que el comercio justo internacional se imponga por ley: sólo se importarán productos de aquellos países que demuestren fehacientemente que mejoran las condiciones de vida de sus trabajadores.

13. No acepte la respuesta "No hay dinero". Sí, sí hay dinero. Exija a su Gobierno que investigue el monto de las ganancias privadas durante la 'bonanza' y el destino de ese monto. Exija que ese dinero se confisque y reinvierta de inmediato en beneficio colectivo.

14. Exija a su Gobierno que persiga el dinero donde se esconde. En primer lugar, que se imponga un 'corralito' a los paraísos fiscales: nadie podrá enviar o sacar dinero de ellos (salvo para entregarlo a los poderes públicos) sin incurrir en delito grave. Es un paso previo a la declaración de guerra...

15. Hable sin pelos en la lengua con sus vecinos y amigos: convénzales de lo que le proponemos (si es que usted está convencido, claro).

domingo, 6 de noviembre de 2011

La muerte de un (moto)ciclista

Recientemente falleció un corredor de motocicletas italiano, apellidado Simoncelli. Al parecer (yo no lo he visto, no soy capaz) perdió el equilibrio en una maniobra cuando conducía la moto a toda velocidad entre otros motociclistas que conducían las suyas con la misma prisa o mayor. Al parecer, también, decidió no soltarse del manillar, así que la moto lo arrastró por mal sitio y los otros motociclistas, con serio peligro de sus propias vidas, lo atropellaron hasta matarlo.

Yo, que he vivido épocas de mucha censura y mucha prohibición, no soy prohibicionista de casi nada. Así que tampoco voy a decir que estoy a favor de que se proscriba una actividad, como las carreras de motocicletas, que consiste en consumir gasolina sin ir a ningún lado, contaminar el aire sin producir nada a cambio, provocar un ruido insoportable a kilómetros y, llegado el caso, jugarse el físico hasta, como se ha comprobado una y otra vez, la muerte de los concursantes. Venga, va: si se quieren matar, que se maten...

Pero de no prohibir a fomentar, promocionar y encumbrar, como hacen los medios de comunicación públicos (vamos a limitarnos aquí a los públicos), ya hay un buen trecho. ¿Qué es lo que tiene todo eso de educativo?

Pero, bueno, ¿qué está pasando? A ese mismo piloto de carreras, que en paz descanse, hace cuatro días sus compañeros de fatigas lo denunciaban públicamente, indignados con sus maniobras temerarias - que ya habían propiciado alguna rotura de huesos de sus compañeros, en concreto de un tal Pedrosa. Por lo visto no era raro que un profesional de la velocidad en motocicleta se quejara de la conducción "agresiva" del difunto. Había tirado a uno en Mugello, a otro en Assen, a otro en... Sin ir más lejos, este verano, el 25 de junio, otro de estos corredores de motocicletas llamado Jorge Lorenzo, quien por lo visto tiene jerarquía, afirmaba de Simoncelli (si hay que hacer caso de la publicación Marca): "Es un inconsciente, yo le quitaría la licencia".

En fin, si ya hay que ser bastante inconsciente para dedicarse a lo que se dedican, imagínese usted cómo tenía que ser el fallecido, que en paz descanse, ya digo, para que un compañero de profesión le echara ese piropo. La muerte de Simoncelli no ha sorprendido a los lectores de prensa deportiva: estaba de Dios que iba a matarse... Bueno, pues ese insensato, ese conductor agresivo, a juicio de los expertos, se convirtió, de la noche a la mañana, por el mero hecho de morirse sin soltar la moto o, más bien, a pesar de ello, en un "héroe", un "gran profesional", un personaje carismático y extraordinario y no sé cuántas cosas más, según los medios de comunicación que se financian con el dinero público. Se lo escuché personalmente a un locutor titular de Radio Nacional de España, casi le costaba contener la emoción que sentía.

¿Se imaginan?: "Ese muchacho se estaba ahogando, pero decidió no salir a la superficie. Es un héroe,", o "Ese chico es un ejemplo: el piano se le venía encima, pero se puso farruco y no se apartó". El recorrido que ha de hacer el sentido común es excesivo, ¿no?

Esta línea editorial sólo puede explicarse, entiendo, porque este tipo de promociones forman parte de la política de empleo del Gobierno. Como faltan empleos para todos los que somos y/pero, no habiéndolos, debe haberlos porque sí, porque hay que emplearse o joderse, últimamente observo que las ideas para que la gente se gane la vida (y, por lo tanto, la pierda) se ajustan a un patrón: de cualquier tara se hace una profesión de moda.

Así, de un inconsciente se puede siempre hacer un inconsciente profesional, y ya tenemos un superferolítico corredor de motocicletas (o de motos de agua, pongo por caso). La economía se ha enriquecido con esta visión. Con un buen máster, de un chanchullero de la hostia se puede sacar un chanchullero de la hostia profesional, y ya tenemos un banquero astuto, un trader osado o un broker consumado. Según esta agenda oculta del Gobierno para el empleo de la que hablamos, para obtener un CEO profesional de primera fila o un sales manager de primera fila profesional o cualquiera otra de todas esas nuevas profesiones que se anuncian en la Business School del barrio, uno profesional-profesional, no se necesita más que un tarado bien profesionalizado.

En último extremo, si desgraciadamente uno no tiene verdaderas taras que profesionalizar, siempre se puede uno emplear como estafador de ancianos profesional, trabajando para una variedad de empresas legales dedicadas a sacarles muy profesionalmente los ahorrillos a esos inútiles a quienes ya se les ha pasado el arroz y no quieren el dinero para nada.

Y bien, esta política de empleo (producir, por ejemplo, insensatos profesionales a quienes, cuando se matan, hay que encomiar como héroes para que los niños quieran imitarles), ¿no es un poco forzada? A ver, vuelva usted a leer el paréntesis. Claro que a lo mejor no, y soy yo al que le chirrían las bujías.

martes, 4 de octubre de 2011

Castellano doblado

Queridos amigos, sé que algunos echáis de menos mis salidas de tono, pero en estos tiempos de asombro absoluto apenas se me ocurre otra cosa que no sea "¡A las barricadas!"
En todo caso, no dejo de escribir: os remito al siguiente enlace donde encontraréis un artículo mío publicado por Punto y Coma, revista de los traductores de castellano de las instituciones europeas. Se titula "Castellano doblado. Interferencias del inglés en el castellano contemporáneo". En espera de que escriba un buen artículo para despacharme a gusto sobre la llamada "educación bilingüe" en España (y en el mundo), quienes tenéis interés por el lenguaje y sus víctimas colaterales podéis echarle un vistazo. Seguro que no os defraudará.

http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/122/pyc1224_es.htm

martes, 9 de agosto de 2011

Mamelucos financieros


A Manolo S.


Amenazas de los mercados. Ataques de las agencias de calificación. Ofensiva de los especuladores financieros: el lenguaje de los titulares periodísticos no es totalmente metafórico. Es verdad que no se ven pasar cadáveres, ni hay desfiles de lisiados por la calle de Alcalá – pero hay en marcha una guerra en toda regla.

Es una guerra con el aire de una invasión: los puestos de trabajo desaparecen, la precariedad laboral cunde como una mancha de aceite; los desahucios por impago se suceden; las condiciones y las esperanzas de vida se deterioran y, junto a todas esas calamidades, la soberanía nacional para hacerles frente se ha perdido.

El portavoz oficial de los invasores, el Wall Street Journal, proclama: “España ha dejado de ser dueña de su destino”.

El gobierno, muerto de miedo, se limita a cumplir de buena o mala gana las obligaciones que los invasores le imponen cañonazo tras cañonazo: rescates bancarios, recortes de los servicios sociales, reducción del sueldo a los funcionarios y, simultáneamente, de los impuestos a los pudientes y las empresas, incremento inverso de impuestos indirectos, desmantelamiento de los sindicatos y la fuerza de negociación laboral, etc, etc, etc.

De manera inexplicable, paralizado como si una pistola le apuntase a la sien, el gobierno se muestra incapaz de actuar como corresponde: incrementar los impuestos directos a las mayores fortunas y las grandes empresas, perseguir con toda la saña del mundo el fraude fiscal, coordinar con otros gobiernos perjudicados el asalto a los paraísos fiscales. Ni siquiera está dispuesto a dar la orden lógica: “Ciudadanos, saquen ustedes todo su dinero de los bancos y adquieran deuda pública.” De ese modo, al menos estaríamos como en Japón, cuya deuda es mucho mayor que la nuestra, pero está en manos de los ahorradores nacionales. Si sus acreedores son los ciudadanos, el Estado estará endeudado, pero tiene garantizada una mínima independencia.

Pero, no: incapaz de plantar cara a los señores de la economía o a los bancos privados, sin valor para denunciar a los mercados de capital internacional, el poder público incluso ha hecho desaparecer de nuestros televisores (¡en momentos como estos¡) la publicidad en otro tiempo tan frecuente que invitaba a las familias a invertir en los bonos y letras del Tesoro, en la deuda pública.

Durante el último teatrillo parlamentario conocido como “el debate sobre el estado de la nación”, el presidente Zapatero respondió a quienes le hacían tímidos reproches desde la tribuna del hemiciclo sobre su obediencia servil a los poderes fácticos tachándolos de ilusos y alegando con condescendencia que, si ellos estuvieran en la responsabilidad del poder, como él, tendrían un “sentido de la realidad” que les impondría, como a él, las medidas que tomar. Resultaba pasmoso contemplar al señor presidente del gobierno reconociendo con una amable sonrisa que su consejo de ministros no es más que una correa de transmisión de deseos ajenos. En fin, si el sentido de la realidad le dice a Zapatero que el gobierno no puede gobernar, ¿por qué no lo explica sin risitas y dimite?

Sometidos por el invasor y en manos de un gobierno títere, ¿quién nos defiende?

La cabeza se vuelve instintivamente hacia el ejército. Pero, ¿dónde está el ejército? Según parece, persiguiendo fantasmas por las montañas de Afganistán. Bonita maniobra de distracción: ¿qué demonios hace allí mientras el enemigo pisotea sin contemplaciones nuestro país?, ¿es que no se han enterado de lo que ocurre?

Si tenemos cuerpos de ejército especializados en la guerra convencional, en la atómica, la bacteriológica o la química, ¿dónde está el cuerpo de ejército español especializado en guerra financiera?

¿Dónde anda el comando preparado para asaltar la sede de Moody’s o de S&P’s o de Fitch, para investigar sus archivos y hundir en sus propios papeles a esos acorazados mercenarios que nos bombardean cada día? ¿En qué piensa la ministra de Defensa – a la que me imagino horrorizada: “¡Oh, dios mío! ¿Atacar en Nueva York?”

Y si llegamos a la triste conclusión de que en esta guerra nuestro gobierno está en manos del invasor y el ejército está incapacitado para defendernos, ¿qué debe hacer, en fin, el pueblo?

En 1808, con el rey y la nobleza cómplices o cautivos, el gobierno entreguista y el ejército maniatado frente a la invasión, fue el pueblo el que, consciente de lo que todas las instituciones parecían ignorar, se levantó contra la ambición de Napoleón. Fueron los líderes populares y las guerrillas las que llevaron el peso de una lucha de desgaste que se ganó.

¿Dónde están los Daoiz y Velarde contemporáneos, dónde están las Manuela Malasaña o Clara del Rey?, ¿quiénes se enfrentan hoy a los mamelucos financieros dispuestos a aplastar la independencia y la soberanía del pueblo?, ¿dónde están los héroes cuyos nombres llevarán las calles de Madrid el próximo siglo?

Tal vez el movimiento 15-M, que comparte mayo y Puerta del Sol con aquel levantamiento, ocupe un lugar en esa memoria. Su actividad, lejos de haber languidecido bajo la presión policial, se ha diversificado e incluso revigorizado: están activos en muchos frentes, arrastrando cada vez a más gente, integrando colectivos cada vez más especializados.

Pero, ¿será suficiente para acabar con la invasión? Su buenismo (como diría la rata de Tertsch), su pacifismo, su consensualismo, ¿podrán hacer frente a la maldad de unos poderes que disponen a su arbitrio de las fuerzas represivas? Puede detenerse un desahucio, o más bien puede retrasarse, pero, ¿puede detenerse y anularse la maquinaria que los produce?

Una guerra es un pulso de miedos: el que ejercen los mercados sobre nuestras autoridades resulta más que evidente – se les da todo cuanto piden y nada parece suficiente para calmarlos. ¿Quién ejercerá el miedo que contrapese el entreguismo, quien demostrará que la traición no sale gratis, quién responderá en nombre de la gente?

Esta es una cuestión que se plantean ya muchos en Europa aunque, desgraciadamente, semejante horizonte de resistencia no parece haber sido previsto por esos tipos encaramados al poder y dispuestos a seguir haciendo sacrificios humanos en el altar de la diosa Economía. Sometida a un grado tal de violencia social e institucional, la respuesta de la población es efectivamente imprevisible, ya que no en cuanto a sus causas, sí en sus consecuencias, y puede adquirir formas preocupantes, cada vez más incontroladas, en las que pesquen a río revuelto los violentos sin compromiso mientras proveen de pretextos al Estado para intensificar la espiral represiva y su transición del fascismo económico al político, puro y duro, bajo la etiqueta de “seguridad”.

La responsabilidad de esas olas de violencia contra objetivos a veces aleatorios, como está sucediendo ya en Inglaterra, deberá atribuirse no solamente a quienes saquean a la sociedad en su exclusivo beneficio, arrojando el resto al estercolero, sino, sobre todo, a quienes los toleran, los comprenden o les sirven de amparo ideológico, jurídico y político.

Pero, en interés de la lucha, las formas de respuesta no deben redundar en beneficio de los intereses del invasor. Deben realmente ponerlo en jaque.

En 1808 en España había guerrillas y guerrilleros locales, verdaderos artífices de la erosión paulatina e irreversible del poder napoleónico. ¿Dónde está “El Empecinado” hoy, dónde están Espoz y Mina o Julián Sánchez “El Charro”? Por desgracia los que a la fecha podrían equipararse recuerdan al Castroforte del Baralla que imaginara Gonzalo Torrente Ballester: en su novela La saga-fuga de J. B. este pueblecito levitaba cuando sus habitantes estaban ensimismados con sus problemas. Alguien debería explicarles a los castroforteños que, en esto, su pueblo es víctima en la misma medida que el pueblo de Madrid. Quizá así pudieran salir de su ensimismamiento, dejar de levitar y, en lugar de resignarse a desmantelar estructuras de resistencia popular consolidadas durante generaciones, podrían reorientar sus estrategias en beneficio de un objetivo más amplio y generoso, más acuciante, más solidario y menos parroquial.

La respuesta a la invasión de dragones financieros, si quiere triunfar, debe ser colectiva y total. Nadie con un mínimo atisbo de conciencia social puede quedar excluido. En la lucha que tenemos por delante, necesitamos gente aguerrida.

sábado, 28 de mayo de 2011

FC Barcelona-Madrid CF

Esta mañana, la policía de la Generalitat ha agredido sin contemplaciones a la población de Barcelona. Aunque fueran muy capaces de hacerlo, y lo hicieran, yo nunca vi a los “grises” de Franco ensañarse con la gente tan a lo bestia.

Probablemente, las autoridades que los enviaron armados como guerreros del Más Allá contra una multitud pacífica que ocupaba la Plaza de Cataluña, están preocupadas, casi casi angustiadas, preparando la máxima prioridad pública del sábado: la futbolística. (Me gustará, por cierto, comprobar la actitud de los jugadores del Barça mañana, cuando tengan que dar la cara urbi et orbi por su ciudad con los colores de la senyera en la zamarra.)

Sin embargo, esto no se airea mucho. La coartada que alegan desde el Gobierno de Cataluña para justificar en términos ilustrados su demencial iniciativa contra sus ciudadanos son “problemas de higiene” en la zona. A juzgar por lo visto, los problemas de higiene y salubridad no están en la plaza pública, sino en las instituciones.

Por primera vez en mucho tiempo, me pongo a ver los telediarios españoles. Ante unas imágenes de cargas policiales contra gente sentada tranquilamente en el suelo, espeluznantes a pesar del cuidado con que la televisión de todos las habrá montado, los tertulianos mejor intencionados, los “palomas” del plató, no hablan de crimen, pero sí de “error”. Esa forma de actuar da alas al movimiento, dicen con seriedad, preocupados verdaderamente por las alas de la protesta, no por los chichones, contusiones, heridas, cardenales, lesiones y ataques de histeria sufridos por sus pacíficos compatriotas. Y a continuación pasan a concentrarse en la digestión técnica de los acontecimientos.

En Madrid, los comerciantes andan diciendo que la gente no puede seguir en la calle cuándo y dónde les dé la real gana porque los negocios de los que son propietarios no les dan el dinero que calculaban. “Conflicto de derechos”, traducen los tertulianos más razonables, conflicto entre dos grupos de “indignados”, ironizan, por mucho que sean veinte de un lado y veintemil del otro. Pero, me digo yo: ¿de derechos?, ¿y desde cuándo hacer dinero es un derecho?

Si los respetables señores y señoras negociantes y negociantas que tienen su negocio nada menos que en la Puerta del Sol de Madrid, en el Kilómetro Cero de la nación, en el ombligo de la españolidad (¡calcúlense los alquileres!), si estas personas, digo, tienen problemas para hacer negocio allí porque la gente quiere juntarse precisamente allí para charlar en paz y buena compaña, deberían, entiendo yo, haber comprobado antes que las pólizas de los seguros que firmaban les cubren esas eventualidades, por ejemplo, igual que les cubre el incendio, el robo, el granizo o la malaria entre sus empleados. ¿Los tenderos de la Puerta del Sol (El Corte Inglés über alles) no están cubiertos contra la libertad de movimiento, reunión y manifestación? ¿Sus pólizas no tienen en cuenta la Constitución española? Mal pensado, mal pensado…

Con mucha más propiedad y exactitud que de “conflicto de derechos” habría que hablar de conflicto de intereses, me parece a mí. Unos tienen interés en ganar dinero y otros tienen interés en reunirse y ser felices, ¿no? Y de parte de qué intereses y los de quién se pone la fuerza de la ley ha quedado en Barcelona sangrientamente claro.

Mientras tanto, en Madrid, la traducción savante aducida por las autoridades para amenazar, por el momento, a los concentrados en Sol, y repetida por los tertulianos “halcones”, los entrevistados mejor informados o los que se dedican a enviar emails a las redacciones, vamos, por el sector menos higienista de los programas informativos de la televisión de todos, no es por ello menos moderna y convincente: en la Capital, las personas sensibles están agobiadas por la cantidad estadística de “puestos de trabajo” que están en riesgo de perderse o de hecho perdiéndose por la mala cabeza de los acampados en Sol. Amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado… “Puesto de trabajo”: ¡la palabra tótem que permite a sus sacerdotes la conculcación de todos los derechos políticos y laborales!

Tenía su gracia siniestra (y que me perdonen, por dios), ver a la policía de Barcelona rompiéndoles la cabeza a los parados reales de la plaza en nombre de los parados de las estadísticas.

El mensaje no ha necesitado esta vez de carteles explicativos o de eslóganes rimados. El chantaje cínico y desinhibido de la economía, que administran las instituciones, contra el que protestan airadamente los “insolados” como angina misma de su descontento y premisa de su argumentación, ha resultado evidente en Barcelona con la fuerza contundente de los golpes de porra y las imágenes de televisión.

Sí, efectivamente, como se temen los tertulianos “palomas”, la “cosa” ha dado una prueba insuperable de su naturaleza, infantil y cruel, cargando de razones la causa de los concentrados a ojos hasta del más tuerto (con perdón naturalmente de los invidentes). Los análisis de los asambleístas se han encarnado y han quedado retratados en un vídeo con perfecta resolución.

Esto es precisamente lo que los concentrados en Madrid, en Barcelona, en toda España y en muchos otros sitios están tratando de explicar al resto de la población, la “cosa”, lo que no conseguían acabar de consensuar en los manifiestos que redactaban fatigosamente sus asambleas: que vivimos en una sociedad cuyos conductores y adláteres están dispuestos a defender sin transigencia al dinero y servir al más burdo artilugio de descerebramiento colectivo, el football – que su servicio de orden está preparado para poner de rodillas hasta el más elemental atisbo de queja, la más cortés y civilizada forma de protesta sin contemplar alternativas, por encima de todo, arrollándolo todo, pisoteando a quien haga falta e ignorando la seguridad y la vida misma de la gente.

Con resignación sugiero que, para prevenir estos hechos en el futuro, solicitemos una Semana Santa pagana para todas las primaveras, con derecho a ocupar las calles durante ese tiempo cada año, decir lo que nos dé la real gana, tocar la música que más nos guste y rezar a los santos de nuestra devoción. Así los jefes de las fuerzas de seguridad vendrán a nuestras procesiones con uniforme de gala en lugar de llegar remangándose el mono de trabajo.