domingo, 15 de enero de 2012

Referéndum de unidad



La propuesta de un referéndum de independencia en Escocia anunciada por el primer ministro británico, el conservador (que ya es decir) David Cameron, se parece mucho a lo que hace tiempo vengo sugiriendo en este país a propósito de Vasconia/País Vasco/Euskalherría (vamos a utilizar todos esos nombres provisionalmente aunque cada uno de ellos significa cosas distintas).

Hace tiempo que vengo sugiriendo que la situación es aburrible, que el desgaste provocado por esa fricción permanente (alias conflicto) es, en el mejor de los casos, un encubrimiento falaz de los verdaderos problemas de la sociedad, tanto “española” como “vasca”.

No creo en derechos históricos ni en hechos diferenciales. Soy renanista. Creo en un principio insoslayable: cada uno es lo que quiere ser. Y punto. Eso explica que haya vascos que se llaman Peñalba o Pérez y son ultravascos, y otros que se apellidan Basagoiti o Juaristi y son ultraespañoles. En último extremo hay una evidencia: no se puede convivir, no tiene sentido convivir con quien no quiere convivir contigo. No se puede ser compatriota de quien quiere ser tu extranjero. Y no hay mucho más que añadir.

Dicho esto, resulta evidente que muchos en la Comunidad Autónoma Vasca (la CAV) y la Foral de Navarra, se apelliden como se apelliden, sueñan con un Estado independiente. ¿Cuántos? Eso no es fácil de establecer. En realidad sólo podría establecerse meridianamente frente a un referéndum cuya pregunta fuera: ¿Está usted a favor de la independencia de Vasconia/País Vasco/Euskalherría? Así que ya ve usted lo difícil que es.

Por lo visto hasta la fecha, la cosa podría contabilizarse así: si nos atenemos a los resultados electorales, sucede que hay unos 200.000 ciudadanos vascos (votantes irreductibles de Batasuna/PCTV/Amaiur) que parecen no tener ninguna duda. A estos hay que sumar aquellos del PNV que estén también a favor. Pero, ¿cuántos son? Dejemos por un momento al margen a Navarra, donde el PNV ni pincha ni corta. Si decidimos incluir a los votantes del PNV en el sí y no falseamos las cosas con prohibiciones, entonces tenemos a una sociedad, en la CAV, con una ligera mayoría nacionalista. Pongamos un 55%, o un 51%, o un 60%. No dejaría de ser una mayoría.

Bien, pero, ¿eso signfica que todos los votantes nacionalistas están a favor de la independencia? Los resultados que arrojan las encuestas sociológicas al respecto se empecinan en un dato: a la pregunta directa del encuestador, en torno a un tercio de los encuestados responde tajantemente con el sí. La cosa está bastante estancada ahí.

¿Por qué sucede que más de un 50% son votantes nacionalistas pero sólo un 33% está a favor de la independencia? Respuesta: porque sí. Otra respuesta: porque casi un 20% de los vascos juegan con el “a que me voy”, es decir, con la espada de Damocles de la secesión. ¿Por qué pueden jugar con ella? Respuesta: porque nunca han tenido que afrontar seriamente la cuestión.

Y ahí está la cosa: mientras no se obligue a afrontar seriamente la cuestión a los ciudadanos, tendremos un 20% de emboscados que, en realidad, no están muy interesados en la independencia, pero que hacen como si la quisieran porque en ese tira y afloja han aprendido a sacar su parte de la tajada. Unos son los del “soy de aquí y también soy de allí”, otros son los del “ora soy de aquí, ora soy de allí” y otros son los del “ni soy de aquí, ni soy de allí”, que probablemente son los más sensatos.

En cualquier caso, esa tensión nunca podrá resolverse mientras, ciegamente, se haga valer el absurdo constitucional que consagra la España una e indivisible. En una democracia verdadera todo, absolutamente todo, es discutible y negociable, incluido quiénes forman parte de ella. Es, en definitiva, el propio dogma españolista el que permite mantener la tensión social, proporcionando al mismo tiempo a quienes se les niega el referéndum la coartada victimista que alimenta su frustración.

Si yo tuviese alguna responsabilidad de poder (cosa que, como ya sabéis, no sucede) lo que haría sería, con ocasión de las próximas elecciones autonómicas vascas, prometer, mejor, jurar, que si la sociedad vasca vota a una mayoría nacionalista, yo me sentaría a negociar, al día siguiente, con la autoridad local resultante para acordar una secesión civilizada y pactada. Eso supondría, de entrada, que ese 20% acomodaticio dejaría de jugar con la pelotita y tendría que mojarse: si usted vota nacionalista, mañana mismo puede usted encontrarse viviendo en “otro” país.

Pero hemos aceptado que, con eso y con todo, esa mayoría se diese: entonces habría que sentarse a negociar. Y toda negociación implica que las dos partes están dispuestas a ceder de alguna manera. Los representantes de “España” estarían ya de entrada dispuestos a ceder, puesto que están aceptando el hecho de que una parte de su territorio va, efectivamente, a separarse. Ahora bien, ¿qué estarían dispuestos a ceder los nacionalistas?

De entrada, también, tendrían que aceptar que el mapa de una Euskalherría entre el Adour y el Ebro no era más que el mapa del tiempo de ETB. Una secesión pactada no resultaría en la independencia íntegra ni siquiera de la CAV, cuya legitimidad procede exclusivamente de las leyes españolas. Mucho menos imaginable aún sería la inclusión de toda Navarra en esa escisión. Contra viento y marea, en Navarra nunca sale más de un 15% de nacionalismo - radical, eso sí. Pero junto a él (como sucede en otras comunidades multiidentitarias) hay un alto porcentaje ferozmente españolista que no aceptaría por nada de este mundo incorporarse al nuevo país. Quienes creen en los porcentajes, no tendrían más remedio que aceptar que la secesión no podría afectar a aquellos territorios donde se produjese una clara mayoría de voto “españolista”. Eso al menos sería lo que defenderían, con ahínco, los negociadores “españoles”.

Los negociadores nacionalistas vascos tendrían que aceptar que, a la salida de las negociaciones, en un porcentaje o en otro, “Euskalherría” no se convertiría en un país unido e independiente, sino que sus territorios estarían repartidos no ya entre dos Estados como hasta ahora (España y Francia), sino entre tres: España (que se quedaría con algo así como un 80% de Navarra, probablemente la provincia de Álava entera y largos trechos de la margen izquierda del Nervión así como el corredor S. Sebastían-Irún), Francia (a quien todo esto se la sopla y se quedaría con toda naturalidad con Lapurdi y Zuberoa) y “Euskalherría”, reducida a un complicado rompecabezas de bantustanes.

A la mañana siguiente de firmar la secesión, los ciudadanos de Euskalherría se encontrarían en un país fuera de la Unión Europea (que a lo mejor, tal como están las cosas, mola) fuera del euro (que, a lo mejor, también) y a la cola de las instituciones europeas y mundiales esperando a ser aceptada en unas condiciones difíciles: dos Estados del tamaño, el peso político y la influencia de España y Francia, ¡sobre cuyos territorios tendría reclamaciones territoriales el miniEstado pirenaico!, tendrían que dar el visto bueno a sus aspiraciones. En el caso de Francia, no sólo es uno de los capitostes de la UE, sino que está sentada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Chungo.

Los nuevos ciudadanos vascos tendrían que pedir visados para viajar a San Juan de Luz y, probablemente, para ir de compras a Bilbao o San Sebastián.

Esa es la realidad, la mejor realidad posible. En el peor de los casos (pero no inimaginable) es posible que las tropas españolas salieran de Hernani por la tarde y entraran las francesas por la mañana.

Si la situación se mantiene como se mantiene (ya sin pistolas, con presos, manifestaciones, odios y demás) es porque la Constitución española, irracionalmente, se niega a enfrentar a los ciudadanos vascos con esta realidad. Sólo un demente puede pretender sostener la situación de este modo sine die: el 20% de nacionalistas vascos de opereta seguirán vacilando a los demás y el tercio de idealistas radicales continuarán educando a sus hijos en la repugnancia por el Estado en el que nacen y la fantasía moruna de un Estado que nunca existirá. Debe ser muy triste vivir así.

La actitud de Cameron (¡en este asunto!) es perfectamente realista, y debería imitarse: por el bien de todos, propóngase, ya, un referéndum con ciertas condiciones.

Aunque sólo fuese vinculante en “Euskalherría peninsular” (la CAV y el Reino de Navarra), desde mi punto de vista debería celebrarse en todo el Estado, de modo y manera que se compruebe fehacientemente que el “sí” a la secesión es mayoritario en el resto de España (de lo que no me cabe ninguna duda, porque, sin animosidad, la peña está hasta el colodrillo de la cuestión vasca y, hasta donde yo sé, la mayoría estaríamos porque se marchen), mientras que es minoritario en la CAV y Navarra, de lo que no me cabe tampoco la menor duda.

Eso demostrará de una vez por todas, a los ojos del Señor y de la “comunidad internacional”, que el problema vasco no es un problema de los vascos (sean estos quienes sean) con España (sea esto lo que sea), sino de los vascos entre sí.

Arreglar ese asuntillo es peliagudo, porque la quimera de la unicidad identitaria no se da en casi ningún sitio: por ejemplo, a mí también me gustaría autodeterminarme, pero no está claro cuántos hay que ser para ser un “pueblo”. Lo que sí está claro es que yo soy un “hecho diferencial” incuestionable (nadie me confunde con otro), que mi lengua es única y personal (nadie confunde mi voz con la de otro) y que mi territorio está claramente delimitado dentro de lo que Ikea reconoce como “la República independiente de mi casa”. Todo esto sin entrar en creencias y convicciones personales, que eso ya es la de dios. Pero me toca aguantarme con la ocupación extranjera...

No nos engañemos: endulzado por el romanticismo de las selecciones de fútbol, detrás del problema de Escocia está el petróleo del Mar del Norte, detrás del problema vasco están las rentas per cápita comparadas, igual que detrás de la secesión de La Moraleja de Alcobendas hay, ciertamente, un hecho diferencial: la pasta.

En todo caso, y en conclusión: por favor, hagan ustedes referendos, referenda, referéndumes e incluso referendums - pero hagan algo de una maldita vez que enfrente a la gente con la puñetera realidad y dejen de ocupar las páginas de los periódicos con sus cositas en lugar de permitir que hablemos de lo importante. Que te llames como te llames, hables en lo que hables, tengas el pasaporte que tengas, la soberanía nacional no existe ya hace mucho y los “mercados” nos tienen a todos jodidos si no actuamos contra ellos unidos. Sí, unidos.

¡Víctimas del fraude fiscal de todo el mundo, uníos!

miércoles, 4 de enero de 2012

Caminito

No se venden coches, pero los de lujo han aumentado un 83% el año pasado. Ese mismo año, el más terrible desde que vivimos al borde del abismo, los diez españoles más ricos han aumentado su patrimonio hasta acumular algo así como 35.000 millones de euros – capaces de resolver por sí solos el problema de déficit público que acumulamos los restantes cuarenta y cuatro millones.

El retorno a la jungla preilustrada continúa su avance siguiendo unas pautas ya muy claras que sorprenden por su implacable mecánica. De puro perfectas, cuesta creer que hayan sido planificadas, pero una vez en este punto, hay que reconocer que el neoliberalismo recicla todo y todo lo aprovecha, tanto las supersticiones ideológicas y discursivas como más la cruda realidad, prevista o no, para sus fines.

El implacable mecanismo que destruye el espacio público y las estructuras construidas en torno al llamado Estado de Bienestar, transformándolo en pasta privada, es el siguiente:

1 Con la excusa de la globalización “imperfecta”, que permite la libre circulación del dinero pero no de las personas, e implica el sometimiento de los trabajadores del mundo a una competencia que los iguala hacia abajo, se evita reclamar ni un duro a las grandes fortunas, alias “creadores de empleo”.

2 A cambio, se les da todo lo que se ha recaudado por vía impositiva a esos pobres trabajadores de clase media y baja en forma de exenciones, subvenciones a “emprendedores”, “vacaciones fiscales” o, sencillamente, dádivas con protocolo (como se puede comprobar estos días en torno al caso Urgangarín).

3 Cuando, por este procedimiento, ya no queda en las arcas públicas ni con que sonarse los mocos, se alega que las empresas y servicios públicos son deficitarios, o ruinosos, o cualquier otra fórmula que permita demostrar que no funcionan – y a renglón seguido se “recortan” o directamente se eliminan. Con la llamada “crisis”, la cosa se ha puesto a huevo.

Hablemos en Generalitat: los tipos que manejan la de Valencia, después de llenarles de pasta la cartera a los amigotes hasta hacerse “rescatar” por el gobierno de España, dicen que para arreglarlo hay que liquidar no sé cuántas empresas públicas. Los de la catalana, por su parte, se han propuesto enriquecerse con el negocio de la sanidad y no ha encontrado mejor manera que machacar, con gran seriedad y para evitar ser “rescatados” (por allí la independencia es buena excusa), la Seguridad Social.

Todo esto sucede delante de las narices de periodistas, comentaristas, expertos y público en general sin que dé la impresión de que a ninguno, atrapados en el detallito concreto de cada día (como si Pulgarcito se quedase mirando cada miguita sin sospechar siquiera que pudieran formar un caminito), el cuadro general le parezca especialmente intolerable, espeluznante o escandaloso. Nadie parece caer en la cuenta de que una economía que proporciona 35.000 millones a diez personas, pero dice que no puede garantizar salud, estudios y jubilación a la población, es una farsa.

Bueno, por este trágico camino sólo nos queda el consuelo de que cuando nos hayan quitado todo, ya no tendrán nada más que quitarnos... Una vez haya desaparecido el espacio público en su conjunto, transformado en el embudo por el que acaban en el bolsillo de cuatro o de cuarenta y cuatro las perras del conjunto, ¿de qué vivirán las grandes fortunas, de dónde seguirán alimentándose?

Claramente, tendrán que inventarse otro sistema. Supongo que ya lo estarán estudiando, pero si no se les ocurre nada, ya improvisarán. Total, con el público tan tonto que tienen...

martes, 22 de noviembre de 2011

Meditación post-electoral


Bienaventurados sean


los que llaman “responsables y prudentes” a quienes les roban

esos pobres seres vulnerables que llaman “valientes” a las medidas que toman quienes, desde la comodidad y seguridad que les da el poder y la riqueza, diseñan planes para esquilmarles

esa gente que llama “moderados” a los extremistas y “extremistas” a los moderados

esos que llaman “líderes” a los asesinos y “terroristas” a quienes se les resisten

los que llaman “conservadores” a los depredadores y “lunáticos” a quienes quieren conservar lo que aman

esa gente que considera “infantiles” a los que protestan y “gente seria” a los que les rompen las piernas y la cabeza

los condenados a muerte que bendicen a sus verdugos y les dan la bienvenida en nombre de un futuro mejor

los que, detestando con asco ser lo que son, se identifican fervorosamente con lo que sueñan que son

los que, frente a un espejo roto, ven a un millonario en ciernes

esos pobres que sienten, con desprecio, que la corrupción es cosa de pobres

esas pobres gentes que votan a los ricos y corruptos y que, con los resultados en la mano, proclaman risueños: “¡Hemos ganado!"

los que, cuando tienen miedo de un incendio, huyen corriendo hacia las llamas

los que, cuando tienen miedo de un naufragio, gritan “¡Más agua, más agua!"

los que creen que, si cada uno se salva a sí mismo, nos salvaremos todos

esa pobre gente incapaz de comprender que los malos de las películas de James Bond son los jefes de James Bond

esos Rompetechos que, frente a un lobo feroz que enseña los incisivos chorreando sangre, exclaman arrobados: “¡Qué corderito tan bonito!"

esos españoles que, cuando oyen "Hay que salvar a España", piensan que verdaderamente España es alguien que está pidiendo auxilio

esos catalanes que, cuando les cobran impuestos desde Madrid protestan por el “agravio” y cuando les saquean sin piedad sus compatriotas gritan con euforia: "¡Independencia!"

esos que, cuando oyen decir "Hay que hacer las cosas como Dios manda", oyen un concepto definido, nítido y claro de cómo hay que hacer las cosas - y de qué cosas se está tratando

esas gentes que, cuando sienten que les meten la mano en el bolsillo, respiran aliviados pensando que alguien está “combatiendo el déficit público”

todos esos que cuando sufren, son maltratados, son pisoteados, son despojados y ninguneados tienen la íntima sensación de que, por fin, se están haciendo bien las cosas (y lo de antes, ja, era una ingenuidad sin remedio)


Bienaventurados sean, y perdónalos, tú, Señor, que yo no puedo.


Oración final:

Líbranos, Señor, de los sensatos, de la buena gente, de los pacíficos, de los moderados, de los serios, de los prudentes - y danos cualquier cosa a cambio, cualquiera, da igual - no puede ser peor.


Amén

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Democracia griega

Papandreu dio marcha atrás en su plan de convocar un referendum en Grecia. No se esperó a conocer el resultado; ni siquiera es el contenido de un hipotético referendum lo que se sabotea: aunque cualquier referendum hubiera podido ser manipulado con descaro, es simplemente el amago, el gesto de proponer algo a la gente lo que resulta intolerable.

Todo el mundo ha visto la presión: las bolsas se hundieron; los medios de comunicación serios hablaron de 'caos'; los alemanes y franceses paralizaron la transferencia de dinero - el mundo entero le apuntó a la cabeza a Papandreu.

No, no se puede consultar al pueblo. Ya no es el soberano.

Eso es Grecia, sí, Grecia: la patria de la democracia. ¿Alguien necesita algún otro signo de que el pacto democrático ha fenecido?

Con un cinismo capaz de sorpender incluso a quien ha teorizado sobre él, en lugar de ponerse inmediatamente a modificar las circunstancias que hacen posible que alguien tengan nada que corregir de la decisión política de los ciudadanos, todo lo que se hace es intentar, desesperadamente, acertar con la voluntad de los 'mercados'. Su voluntad es superior a la de los ciudadanos y debe guiar la de estos. Dicha superior voluntad, cual la de un moderno Yahve, es interpretada cada día por sus sacerdotes y sacerdotisas, a quienes podemos llamar 'las Siglas': FMI, OCDE, BM, UE, CEOE, PP y otro montón de espontáneos.

Por ese camino, y para salvar la mascarada, los 'mercados', por boca de las Siglas, acabarán directamente por señalar el candidato al que deben votar los ciudadanos en las elecciones. Los políticos actuarán, ya sin rebozo, como gestores puros y duros de los 'mercados'. A continuación, ante el antagonismo irresoluble cada vez más patente entre el sistema político (democracia) y el sistema económico (capitalismo), se obligará a los ciudadanos a elegir entre uno y otro. Al final se intentará, sin muchos rodeos, convencerles de que deben salvar el dinero sacrificando la libertad. Eso no resultará difícil de aceptar a quienes piensan que con Franco no estábamos tan mal.

Y al revés: en el pellejo de Grecia queda meridianamente claro que, para que un sistema político democrático pueda sobrevivir, no queda más remedio que liquidar el sistema económico actual. Para ello, precisamente, hay que conseguir un modelo económico en que el dinero no pueda comprar o estrangular, sino acatar la voluntad política de los ciudadanos.

Y bien, ¿qué hacer? ¿Qué puede usted hacer para empujar todo esto en la dirección correcta? Le propongo algunas medidas al alcance de cualquiera, para empezar, un poco a bote pronto:

1. Exija siempre pagar el IVA (mientras existe): denuncie a quien le proponga no cobrárselo. Duele pagarlo, de acuerdo, pero es una manera inicial de combatir el fraude fiscal. Ahora le están recortando a usted el sueldo porque en su día aceptó no pagar el IVA.

2. Denuncie sistemáticamente a 'su' banco: presente quejas y reclamaciones por todo (comisiones, para empezar, pero también vale un error en la dirección postal a la que le escriben). Considere 'su' banco aquél al que más denuncia: denuncie ante el Banco de España los incumplimientos y arbitrariedades de 'su' oficina bancaria. Si no obtiene respuesta, denuncie al Banco de España. No deje pasar ni una. Entierre a los bancos en papel.

3. En el colegio de sus hijos exija saber cuánto ganan los profesores y sus horarios laborales - si es concertado o privado, ya verá qué flojera le da.

4. Respete estrictamente su horario laboral: no acepte horas extras, ni siquiera remuneradas. Sólo eso: entre y salga exactamente a la hora que indica su contrato.

Ah, y no presuma usted de trabajar, por dios. Los 'mercados' ganan cada vez que usted dice "Esos malditos funcionarios no hacen más que tomar café". A los 'mercados' les gustan los esclavos felices de serlo, así que tome usted café, hombre (o mujer).

5. La llamada 'crisis' tiene cosas buenas. No poder gastar en tonterías es muy educativo. No espere que se la impongan los gobiernos títeres de los 'mercados': impóngase usted mismo la austeridad voluntaria. Si la 'crisis' no le mata de hambre, disfrute de vivir una vida sin lujos - todos los sabios la han recomendado. Combata el consumo. Si todavía puede, ahorre en un calcetín y dispóngase a liquidar el sistema.

6. Sabotee la publicidad: no compre nada que se le ofrezca por vía de la publicidad. Castigue a las empresas que gastan mucho en publicidad. No compre ningún producto o servicio que se publicite en inglés o con un nombre en inglés - verá qué difícil se le hace comprar y todo lo que ahorra.

7. No compre ningún producto de ninguna multinacional (verá qué difícil, también). Aplique la 'trazabilidad' a todas sus compras, no sólo a las de alimentos: compre siempre el producto manufacturado más cerca de su casa y sobre cuya manufactura tenga usted garantías (dentro de lo posible, vaya).

8. Exija a su Gobierno que la evasión fiscal y el fraude fiscal sean considerados crímenes muy graves. Exija para ellos, en los casos más ejemplares, cadena perpetua y el cumplimiento íntegro de las penas. Exija que no se negocie con los defraudadores. Asóciese a la Asociación de Víctimas del Fraude Fiscal. Exija a su Ayuntamiento que les dediquen una plaza.

9. Exija que el derroche de dinero público sea tipificado legalmente como delito: en este momento (¿lo sabía?) no existe la figura delictiva del derroche de dinero público por parte de los gestores de ese dinero.

10. Exija que se instituya por ley la obligación de que los cargos públicos (y, ya puestos, sus familiares directos) sólo puedan acceder a servicios públicos: salvo para suicidarse, un cargo electo sólo podrá recurrir a la sanidad pública, y sus hijos sólo podrán acudir a centros educativos públicos.

11. Exija topes salariales (como en la NBA): nadie, en ninguna profesión podrá ganar ilimitadamente. Ni siquiera Kobe Bryant. Difunda públicamente los datos fidedignos de los ricos de que disponga -o pasadme la información, por favor.

12. Exija a su Gobierno que el comercio justo internacional se imponga por ley: sólo se importarán productos de aquellos países que demuestren fehacientemente que mejoran las condiciones de vida de sus trabajadores.

13. No acepte la respuesta "No hay dinero". Sí, sí hay dinero. Exija a su Gobierno que investigue el monto de las ganancias privadas durante la 'bonanza' y el destino de ese monto. Exija que ese dinero se confisque y reinvierta de inmediato en beneficio colectivo.

14. Exija a su Gobierno que persiga el dinero donde se esconde. En primer lugar, que se imponga un 'corralito' a los paraísos fiscales: nadie podrá enviar o sacar dinero de ellos (salvo para entregarlo a los poderes públicos) sin incurrir en delito grave. Es un paso previo a la declaración de guerra...

15. Hable sin pelos en la lengua con sus vecinos y amigos: convénzales de lo que le proponemos (si es que usted está convencido, claro).

domingo, 6 de noviembre de 2011

La muerte de un (moto)ciclista

Recientemente falleció un corredor de motocicletas italiano, apellidado Simoncelli. Al parecer (yo no lo he visto, no soy capaz) perdió el equilibrio en una maniobra cuando conducía la moto a toda velocidad entre otros motociclistas que conducían las suyas con la misma prisa o mayor. Al parecer, también, decidió no soltarse del manillar, así que la moto lo arrastró por mal sitio y los otros motociclistas, con serio peligro de sus propias vidas, lo atropellaron hasta matarlo.

Yo, que he vivido épocas de mucha censura y mucha prohibición, no soy prohibicionista de casi nada. Así que tampoco voy a decir que estoy a favor de que se proscriba una actividad, como las carreras de motocicletas, que consiste en consumir gasolina sin ir a ningún lado, contaminar el aire sin producir nada a cambio, provocar un ruido insoportable a kilómetros y, llegado el caso, jugarse el físico hasta, como se ha comprobado una y otra vez, la muerte de los concursantes. Venga, va: si se quieren matar, que se maten...

Pero de no prohibir a fomentar, promocionar y encumbrar, como hacen los medios de comunicación públicos (vamos a limitarnos aquí a los públicos), ya hay un buen trecho. ¿Qué es lo que tiene todo eso de educativo?

Pero, bueno, ¿qué está pasando? A ese mismo piloto de carreras, que en paz descanse, hace cuatro días sus compañeros de fatigas lo denunciaban públicamente, indignados con sus maniobras temerarias - que ya habían propiciado alguna rotura de huesos de sus compañeros, en concreto de un tal Pedrosa. Por lo visto no era raro que un profesional de la velocidad en motocicleta se quejara de la conducción "agresiva" del difunto. Había tirado a uno en Mugello, a otro en Assen, a otro en... Sin ir más lejos, este verano, el 25 de junio, otro de estos corredores de motocicletas llamado Jorge Lorenzo, quien por lo visto tiene jerarquía, afirmaba de Simoncelli (si hay que hacer caso de la publicación Marca): "Es un inconsciente, yo le quitaría la licencia".

En fin, si ya hay que ser bastante inconsciente para dedicarse a lo que se dedican, imagínese usted cómo tenía que ser el fallecido, que en paz descanse, ya digo, para que un compañero de profesión le echara ese piropo. La muerte de Simoncelli no ha sorprendido a los lectores de prensa deportiva: estaba de Dios que iba a matarse... Bueno, pues ese insensato, ese conductor agresivo, a juicio de los expertos, se convirtió, de la noche a la mañana, por el mero hecho de morirse sin soltar la moto o, más bien, a pesar de ello, en un "héroe", un "gran profesional", un personaje carismático y extraordinario y no sé cuántas cosas más, según los medios de comunicación que se financian con el dinero público. Se lo escuché personalmente a un locutor titular de Radio Nacional de España, casi le costaba contener la emoción que sentía.

¿Se imaginan?: "Ese muchacho se estaba ahogando, pero decidió no salir a la superficie. Es un héroe,", o "Ese chico es un ejemplo: el piano se le venía encima, pero se puso farruco y no se apartó". El recorrido que ha de hacer el sentido común es excesivo, ¿no?

Esta línea editorial sólo puede explicarse, entiendo, porque este tipo de promociones forman parte de la política de empleo del Gobierno. Como faltan empleos para todos los que somos y/pero, no habiéndolos, debe haberlos porque sí, porque hay que emplearse o joderse, últimamente observo que las ideas para que la gente se gane la vida (y, por lo tanto, la pierda) se ajustan a un patrón: de cualquier tara se hace una profesión de moda.

Así, de un inconsciente se puede siempre hacer un inconsciente profesional, y ya tenemos un superferolítico corredor de motocicletas (o de motos de agua, pongo por caso). La economía se ha enriquecido con esta visión. Con un buen máster, de un chanchullero de la hostia se puede sacar un chanchullero de la hostia profesional, y ya tenemos un banquero astuto, un trader osado o un broker consumado. Según esta agenda oculta del Gobierno para el empleo de la que hablamos, para obtener un CEO profesional de primera fila o un sales manager de primera fila profesional o cualquiera otra de todas esas nuevas profesiones que se anuncian en la Business School del barrio, uno profesional-profesional, no se necesita más que un tarado bien profesionalizado.

En último extremo, si desgraciadamente uno no tiene verdaderas taras que profesionalizar, siempre se puede uno emplear como estafador de ancianos profesional, trabajando para una variedad de empresas legales dedicadas a sacarles muy profesionalmente los ahorrillos a esos inútiles a quienes ya se les ha pasado el arroz y no quieren el dinero para nada.

Y bien, esta política de empleo (producir, por ejemplo, insensatos profesionales a quienes, cuando se matan, hay que encomiar como héroes para que los niños quieran imitarles), ¿no es un poco forzada? A ver, vuelva usted a leer el paréntesis. Claro que a lo mejor no, y soy yo al que le chirrían las bujías.

martes, 4 de octubre de 2011

Castellano doblado

Queridos amigos, sé que algunos echáis de menos mis salidas de tono, pero en estos tiempos de asombro absoluto apenas se me ocurre otra cosa que no sea "¡A las barricadas!"
En todo caso, no dejo de escribir: os remito al siguiente enlace donde encontraréis un artículo mío publicado por Punto y Coma, revista de los traductores de castellano de las instituciones europeas. Se titula "Castellano doblado. Interferencias del inglés en el castellano contemporáneo". En espera de que escriba un buen artículo para despacharme a gusto sobre la llamada "educación bilingüe" en España (y en el mundo), quienes tenéis interés por el lenguaje y sus víctimas colaterales podéis echarle un vistazo. Seguro que no os defraudará.

http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/122/pyc1224_es.htm

martes, 9 de agosto de 2011

Mamelucos financieros


A Manolo S.


Amenazas de los mercados. Ataques de las agencias de calificación. Ofensiva de los especuladores financieros: el lenguaje de los titulares periodísticos no es totalmente metafórico. Es verdad que no se ven pasar cadáveres, ni hay desfiles de lisiados por la calle de Alcalá – pero hay en marcha una guerra en toda regla.

Es una guerra con el aire de una invasión: los puestos de trabajo desaparecen, la precariedad laboral cunde como una mancha de aceite; los desahucios por impago se suceden; las condiciones y las esperanzas de vida se deterioran y, junto a todas esas calamidades, la soberanía nacional para hacerles frente se ha perdido.

El portavoz oficial de los invasores, el Wall Street Journal, proclama: “España ha dejado de ser dueña de su destino”.

El gobierno, muerto de miedo, se limita a cumplir de buena o mala gana las obligaciones que los invasores le imponen cañonazo tras cañonazo: rescates bancarios, recortes de los servicios sociales, reducción del sueldo a los funcionarios y, simultáneamente, de los impuestos a los pudientes y las empresas, incremento inverso de impuestos indirectos, desmantelamiento de los sindicatos y la fuerza de negociación laboral, etc, etc, etc.

De manera inexplicable, paralizado como si una pistola le apuntase a la sien, el gobierno se muestra incapaz de actuar como corresponde: incrementar los impuestos directos a las mayores fortunas y las grandes empresas, perseguir con toda la saña del mundo el fraude fiscal, coordinar con otros gobiernos perjudicados el asalto a los paraísos fiscales. Ni siquiera está dispuesto a dar la orden lógica: “Ciudadanos, saquen ustedes todo su dinero de los bancos y adquieran deuda pública.” De ese modo, al menos estaríamos como en Japón, cuya deuda es mucho mayor que la nuestra, pero está en manos de los ahorradores nacionales. Si sus acreedores son los ciudadanos, el Estado estará endeudado, pero tiene garantizada una mínima independencia.

Pero, no: incapaz de plantar cara a los señores de la economía o a los bancos privados, sin valor para denunciar a los mercados de capital internacional, el poder público incluso ha hecho desaparecer de nuestros televisores (¡en momentos como estos¡) la publicidad en otro tiempo tan frecuente que invitaba a las familias a invertir en los bonos y letras del Tesoro, en la deuda pública.

Durante el último teatrillo parlamentario conocido como “el debate sobre el estado de la nación”, el presidente Zapatero respondió a quienes le hacían tímidos reproches desde la tribuna del hemiciclo sobre su obediencia servil a los poderes fácticos tachándolos de ilusos y alegando con condescendencia que, si ellos estuvieran en la responsabilidad del poder, como él, tendrían un “sentido de la realidad” que les impondría, como a él, las medidas que tomar. Resultaba pasmoso contemplar al señor presidente del gobierno reconociendo con una amable sonrisa que su consejo de ministros no es más que una correa de transmisión de deseos ajenos. En fin, si el sentido de la realidad le dice a Zapatero que el gobierno no puede gobernar, ¿por qué no lo explica sin risitas y dimite?

Sometidos por el invasor y en manos de un gobierno títere, ¿quién nos defiende?

La cabeza se vuelve instintivamente hacia el ejército. Pero, ¿dónde está el ejército? Según parece, persiguiendo fantasmas por las montañas de Afganistán. Bonita maniobra de distracción: ¿qué demonios hace allí mientras el enemigo pisotea sin contemplaciones nuestro país?, ¿es que no se han enterado de lo que ocurre?

Si tenemos cuerpos de ejército especializados en la guerra convencional, en la atómica, la bacteriológica o la química, ¿dónde está el cuerpo de ejército español especializado en guerra financiera?

¿Dónde anda el comando preparado para asaltar la sede de Moody’s o de S&P’s o de Fitch, para investigar sus archivos y hundir en sus propios papeles a esos acorazados mercenarios que nos bombardean cada día? ¿En qué piensa la ministra de Defensa – a la que me imagino horrorizada: “¡Oh, dios mío! ¿Atacar en Nueva York?”

Y si llegamos a la triste conclusión de que en esta guerra nuestro gobierno está en manos del invasor y el ejército está incapacitado para defendernos, ¿qué debe hacer, en fin, el pueblo?

En 1808, con el rey y la nobleza cómplices o cautivos, el gobierno entreguista y el ejército maniatado frente a la invasión, fue el pueblo el que, consciente de lo que todas las instituciones parecían ignorar, se levantó contra la ambición de Napoleón. Fueron los líderes populares y las guerrillas las que llevaron el peso de una lucha de desgaste que se ganó.

¿Dónde están los Daoiz y Velarde contemporáneos, dónde están las Manuela Malasaña o Clara del Rey?, ¿quiénes se enfrentan hoy a los mamelucos financieros dispuestos a aplastar la independencia y la soberanía del pueblo?, ¿dónde están los héroes cuyos nombres llevarán las calles de Madrid el próximo siglo?

Tal vez el movimiento 15-M, que comparte mayo y Puerta del Sol con aquel levantamiento, ocupe un lugar en esa memoria. Su actividad, lejos de haber languidecido bajo la presión policial, se ha diversificado e incluso revigorizado: están activos en muchos frentes, arrastrando cada vez a más gente, integrando colectivos cada vez más especializados.

Pero, ¿será suficiente para acabar con la invasión? Su buenismo (como diría la rata de Tertsch), su pacifismo, su consensualismo, ¿podrán hacer frente a la maldad de unos poderes que disponen a su arbitrio de las fuerzas represivas? Puede detenerse un desahucio, o más bien puede retrasarse, pero, ¿puede detenerse y anularse la maquinaria que los produce?

Una guerra es un pulso de miedos: el que ejercen los mercados sobre nuestras autoridades resulta más que evidente – se les da todo cuanto piden y nada parece suficiente para calmarlos. ¿Quién ejercerá el miedo que contrapese el entreguismo, quien demostrará que la traición no sale gratis, quién responderá en nombre de la gente?

Esta es una cuestión que se plantean ya muchos en Europa aunque, desgraciadamente, semejante horizonte de resistencia no parece haber sido previsto por esos tipos encaramados al poder y dispuestos a seguir haciendo sacrificios humanos en el altar de la diosa Economía. Sometida a un grado tal de violencia social e institucional, la respuesta de la población es efectivamente imprevisible, ya que no en cuanto a sus causas, sí en sus consecuencias, y puede adquirir formas preocupantes, cada vez más incontroladas, en las que pesquen a río revuelto los violentos sin compromiso mientras proveen de pretextos al Estado para intensificar la espiral represiva y su transición del fascismo económico al político, puro y duro, bajo la etiqueta de “seguridad”.

La responsabilidad de esas olas de violencia contra objetivos a veces aleatorios, como está sucediendo ya en Inglaterra, deberá atribuirse no solamente a quienes saquean a la sociedad en su exclusivo beneficio, arrojando el resto al estercolero, sino, sobre todo, a quienes los toleran, los comprenden o les sirven de amparo ideológico, jurídico y político.

Pero, en interés de la lucha, las formas de respuesta no deben redundar en beneficio de los intereses del invasor. Deben realmente ponerlo en jaque.

En 1808 en España había guerrillas y guerrilleros locales, verdaderos artífices de la erosión paulatina e irreversible del poder napoleónico. ¿Dónde está “El Empecinado” hoy, dónde están Espoz y Mina o Julián Sánchez “El Charro”? Por desgracia los que a la fecha podrían equipararse recuerdan al Castroforte del Baralla que imaginara Gonzalo Torrente Ballester: en su novela La saga-fuga de J. B. este pueblecito levitaba cuando sus habitantes estaban ensimismados con sus problemas. Alguien debería explicarles a los castroforteños que, en esto, su pueblo es víctima en la misma medida que el pueblo de Madrid. Quizá así pudieran salir de su ensimismamiento, dejar de levitar y, en lugar de resignarse a desmantelar estructuras de resistencia popular consolidadas durante generaciones, podrían reorientar sus estrategias en beneficio de un objetivo más amplio y generoso, más acuciante, más solidario y menos parroquial.

La respuesta a la invasión de dragones financieros, si quiere triunfar, debe ser colectiva y total. Nadie con un mínimo atisbo de conciencia social puede quedar excluido. En la lucha que tenemos por delante, necesitamos gente aguerrida.