miércoles, 13 de enero de 2010
El guerrero pacifista
Querido Jon, he leído con detalle el discurso que le escribiste a Barak para Oslo. Tengo que admitir que es hábil, muy hábil. Y valiente: nada de andarse por las ramas o hacer concesiones a la situación, nada de silbar hacia el techo y sacar a relucir la habitual cháchara de ocasión. No. Como era propio de ti, Jon Favreau, el mejor de tu clase en esa universidad de los jesuitas donde estudiaste, has cogido el toro por los cuernos desde el primer minuto y te has ido sin complejos a sacar pecho con lo imposible de la situación. Por si al jurado le quedaba alguna duda sobre a quién le había concedido el Premio Nobel de la Paz, le has hecho decir a Barak, literalmente: “Soy el general en jefe de un ejército en medio de dos guerras. Estoy al frente de la única superpotencia militar de la Tierra.”
Y a continuación de semejante presentación te has puesto a hacer un discurso filosófico que volviese razonable el absurdo. Chapeau. Hay que tenerlos cuadraditos…
Has hecho que Barak se presentara sin disimulos: soy un guerrero. Y después, para que sus anfitriones no sintiesen demasiado el ridículo que estaban haciendo, le has obligado a añadir: pero pacifista. O más bien al revés: sí, de hecho ha sido al revés – Obama decía, soy pacifista… pero un guerrero. Una vez, y otra vez y otra. Y así ha avanzado todo el discurso, en zigzag, con un contoneo de vaivén, un swing con una bonita sucesión de mundos soñados e irreales, en los que el pacifista premiado podía exhibir su corazón lleno de paz y amor, contrapunteados por la fórmula recurrente, as yet, as yet… “y sin embargo”, “y sin embargo”, tras la que Barak el guerrero nos devolvía a la dura realidad, una realidad plagada de violencia por todos los rincones, mientras enseñaba con fiereza los dientes. En esos momentos me recordaba a Hermann Tertsch despotricando contra el ‘buenismo’.
Tienes un sentido excelso de la construcción, Jon. Para hacer posible que los noruegos pudieran aplaudir el final del tétrico discurso un poco aliviados, en la conclusión inviertes el péndulo y la adversativa se plantea al contrario: “Podemos admitir que la opresión siempre estará con nosotros, y sin embargo luchar por la justicia, que habrá guerra, y sin embargo luchar por la paz.”
Hasta aquí, Jon, aplausos a la audacia, y a la pericia, quizás en el mismo sentido en el que debes interpretar la ovación con que los asistentes premiaban tu exhibición de contrasentido por boca del presidente. Puede que los noruegos sean cínicos, pero a lo mejor no son tontos del todo. Como yo, tal vez también ellos aplaudían asombrados con la retórica y muertos de miedo con el mensaje.
Tú ya sabes que yo me divierto comparando los discursos que cocináis en la Casa Blanca con los que se urdían en la Curia y el Palatino hace un par de miles de años. Así que sólo diré de éste que me parece una hábil interpretación del ya clásico Si vis pacem, para bellum (si amas la paz, prepárate para la guerra), gran paradoja amada por los pacifistas que no son, ea, pacíficos.
Esa gente suele tener, como tu guerrero, un argumentario bien afilado por la erosión de siglos. La pieza clave de ese argumentario consiste en la naturalización de la violencia y la guerra – la guerra es como la lluvia o el granizo, como la explosión de los volcanes, una de las plagas de la naturaleza, de la que no vale lamentarse, sino protegerse. El eslabón ineludible de esa cadena lógica destinada a avergonzar al iluso y emocional militante por la paz es antihistórico, como decía Barak desde prontito: “La guerra ha estado aquí desde el primer hombre”. “No erradicaremos la violencia jamás”, añade más abajo. La guerra se pierde en el pasado y se proyecta hacia el futuro como un horizonte ilimitado: no es un producto de una determinada etapa de la historia humana. El silogismo sale solo: si la violencia y la guerra son inevitables, hay que prepararse para ellas. “El Mal existe en el mundo”, hay que combatirlo. Siempre habrá que combatirlo: siempre serán necesarios los guerreros del bien.
Las naturalizaciones organizan programas de futuro basados en luchas imposibles: se nos propone perseguir lo inalcanzable. Siempre aspiraremos a la paz, nunca la tendremos; siempre anhelaremos la moral (y a la justicia y a la libertad) y nunca la alcanzaremos. Esos programas nos preparan para aceptar la guerra, la inmoralidad, la injusticia y la tiranía como medios para conseguir sus opuestos. Es como buscar el pleno empleo a través del trabajo precario, y otras bonitas paradojas.
Pero todo este discurso tuyo, todito, va de paradojas…
Tu sabías, Jon, que incluso aceptando el blablablá sobre la existencia eterna de los malvados y la necesidad intrínseca de la violencia para ponerlos en su sitio, aún quedaba un pequeño problema, un eslabón débil en la cadena argumental de tu discurso. La principal pega a ‘la guerra es necesaria’, reside en la cuestión: ‘Ya, pero, ¿quién la declara?’ ¿Quién decide qué guerras hay que guerrear o, dicho de otro modo, quién le ha dado a EE UU el derecho a convertirse en el guerrero justiciero del mundo y a decidir por su cuenta de quién tiene que defendernos? Tu sabías, Jon, que el chismoso de turno preguntaría: ‘¿No teníamos ya instituciones internacionales cuyo objetivo era precisamente analizar, enjuiciar y gestionar esos conflictos?’
Consciente de la necesidad de argumentar al respecto, primero reiteras esa atávica justificación: nosotros nunca atacamos, sólo nos defendemos. Pero como, por mucho que la teoría defensiva se estire, no puede explicar todas las intervenciones militares de tu musculado país, después de desacreditar a los organismos internacionales a cuyo servicio debería ponerse su fuerza, alegando que no son suficientes (como efectivamente prueba el hecho de que no han sido capaces de pararle los pies a tu país), le has hecho decir a Obama que, en atención a esa insuficiencia, tu país se ha dedicado durante sesenta años a desangrar generosamente a sus propios chicos para garantizar la paz en el mundo y defender la democracia - una idea que, pensaste, Barak puede decir tranquilamente en Oslo, donde no hay chilenos ni palestinos ni vietnamitas, ni siquiera españoles, portugueses o griegos.
Por supuesto, nunca habéis actuado ciega y burdamente en nombre de vuestros intereses, ¿a quién se le ocurre?, sino del ‘egoísmo ilustrado’ (enlightened self-interest), caballeroso principio que se parece mucho a esa otra idea de Adam Smith, tan chic y tan paradójica, sobre los beneficios colectivos del interés personal, fundamento filosófico y antropológico del capitalismo.
El compromiso con los derechos humanos lo remachas, pero tampoco es quijotesco. Parece un cambio honesto con respecto a Bush que debiera aliviarnos, pero, en realidad, la maniobra sirve hábilmente para atornillar su utilidad como excusa de cara a las intervenciones en curso y para otras nuevas en el futuro: nuestro compromiso con los derechos humanos y la democracia son mayores que antes, dices, las “protegeremos” más. Temblemos, pues, porque a nuestro ilustrado guerrero egoísta “la inacción le desgarra la conciencia”. Además de justiciero, es hiperactivo…
Acabo.
Una parte verdaderamente escalofriante de tu discurso, Jon, es aquella en la que el Jefe reparte tareas para los lacayos (los aliados, a obedecer y a domar a sus opiniones públicas; las inmaduras instituciones internacionales, como sacerdotes feciales del nuevo imperio, a legitimar lo que el egoísmo ilustrado de USA tenga a bien emprender) y, sobre todo, sobre todo, serias amenazas para los díscolos: ‘Tiene que haber consecuencias’, se le dice a Irán a próposito de sus cabreantes pretensiones de hacerse con la bomba atómica. ‘Tiene que haber consecuencias’... Hoy, cuando me entero de que un profesor de la Universidad de Teherán, un colega, al fin y al cabo, especialista en energía nuclear, ha sido asesinado con una bomba, ya te puedes imaginar, querido Jon, lo que estoy pensando de tus paradojas.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Perros de la Patagonia
Se mueven solos o en pandillas de distintas razas y tamaños detrás de un líder. Él y sus secuaces trotan de acera en acera meneando mansamente la cola. Los de ciudad son felices en comparación con los del campo: tienen más basuras que escarbar. En el campo a lo sumo van en parejas. Son prudentes: se apartan de tu camino y te observan, se desplazan con enorme sigilo y agilidad. Nunca ladran. Tienen más miedo de ti que tú de ellos.
No puedes mirarles. Si tu mirada se cruza con la suya, entonces menean la cola con timidez, estiran las patas delanteras y te siguen, decididos a dejarse apadrinar. Si pones los ojos en ellos, deciden que eres tú quien va a saciar su hambre de comida y de afecto. Y se pegan a tus talones andando muy silenciosos, sin que te des cuenta. Cuando te vuelves y los descubres, se paran y vuelven a alzar la vista – una mirada acuosa, sumisa, nada intimidante incluso en perros grandes como osos.
Y, sin embargo, entre ellos pueden ser fieros. Se disputan a ‘su’ persona, o sea, a ti o a mí, enseñándose los dientes y gruñendo. Seres débiles contra seres débiles. Uno piensa que, todos juntos, serían un ejército formidable.
Hay algo commovedor en esos perros callejeros que pululan a la intemperie por la Patagonia, en el extremo sur del hemisferio sur, tan llenos a la vez de necesidad y de miedo a la gente. Tan humanos…
lunes, 14 de diciembre de 2009
Bolonia para cinéfilos
"Licenciado” es una palabra con una larga tradición en castellano. No sólo en España, sino en el mundo de habla hispana (lo cual da idea de su antigüedad), hasta el punto de que en México se ha convertido prácticamente en un tratamiento: Lic. Al menos por aquí nadie iba diciendo “me he graduado en tal o cual cosa”, sino “me he licenciado” o “estoy licenciado”, y eso mismo rezaban en gruesas letras los encabezamientos de los títulos expedidos por el dictador, primero, y por su majestad el rey, después.
Siendo así, si “para nosotros” el “graduado” no era un catalejo sino el “licenciado”, ¿por qué no se titulaba la película El licenciado?
Se trataba entonces de una mala traducción, sin paliativos, una versión caprichosa y pillada por los pelos que resultaba grotesca y enigmática a la vez, difícilmente explicable por ignorancia y quizá inspirada por algún comercial de la distribuidora o de la productora Embassy Pictures Corporation, el cual, allá por 1969, en lo más crudo del crudo invierno franquista, tuvo una corazonada de gran trascendencia en la historia cultural de este país: seguramente a sueldo de una empresa americana, aquel precursor pensaba que había que hacer que las cosas sonasen a inglés. De ese modo adquirían misterio e interés para un público que, si no leía ABC, no tendría más remedio que ir a ver la película para enterarse de lo que de verdad quería decir el “graduado”, el papel del envidiado jovencito (Dustin Hoffman) a quien se tiraba la Señora Robinson, la suculenta Ann Bancroft.
Y hasta puede que aquel comercial visionario, replicando a algún colega a quien no le pareciera tan buena idea, le apostara: “Algún día, “licenciarse” se dirá “graduarse”. Si no, al tiempo.”
Cuarenta años después, el comercial al servicio del imperio ha conseguido que los hechos se amolden a su antojo: que, para nosotros, “el graduado” signifique “el graduado” y ya nunca más “el licenciado”. El lenguaje ha obrado el conjuro, las palabras han parido hechos. Se ha conseguido un trabajo fáustico más que hercúleo: en lugar de adecuar la traducción a la realidad, la realidad entera se ha acomodado a una mala traducción. El órgano ha creado la función, ¡y a qué escala! Que el verbo “graduarse” haya llegado finalmente a significar lo que predijo el tipo que no sabía traducir es, quizá, si juzgamos la dimensión de la pleitesía, el más humillante y prodigioso logro de la influencia de la lengua inglesa y la cultura anglosajona sobre la lengua castellana. La historia de esa imposición, perpetrada por las élites políticas, académicas e intelectuales de este país (y, hay que decirlo, de toda Europa) puestas de rodillas, se llama Tratado de Bolonia.
Ese tratado, que entra en vigor este mismo año 2009 en que nos encontramos, traza un plan de organización de la enseñanza superior, calcado hasta las comas de la organización universitaria americana, según el cual ya no hay “licenciaturas”, sino “grados”. Tampoco hay doctorados, sino “másteres”: inducido por un instinto comercial y cultural propio de empleado de una distribuidora cinematográfica, todo su lenguaje resulta de una mala traducción generalizada del inglés, y a veces simplemente de una “intraducción” del inglés. Como consecuencia, a partir de 2014, cuando salga de la universidad la primera hornada de estudiantes del nuevo plan (que reduce en un año la duración de las carreras), ya no habrá licenciados, sino, precisamente y sin más enigmas, graduados. Ellos sí que podrán identificarse del todo con Dustin Hoffman y hasta sentir casi casi hastío y pena después de refocilarse con Ann Bancroft, yeah.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Caña al 68
En la batalla de la educación y otras batallas, una de las consignas clave creadas en los laboratorios semiológicos neoconservadores es el asalto despiadado a lo que llaman el ‘espíritu del
Verbigracia: publica El País en las páginas de Sociedad una noticia bajo el inquietante titular: “Los padres progres dedican menos tiempo a educar a los hijos”[http://www.elpais.com/articulo/sociedad/familias/progres/dedican/tiempo/educar/hijos/elpepusoc/20091127elpepusoc_30/Tes], que me parece una bonita manera de contribuir a enfangar el buen nombre de ‘progre’ y empujar un poquito más el agua a cierto molino… La noticia desglosa un informe promovido por
En la noticia se da cuenta de que el informe ha clasificado a la población catalana (puesto que la muestra se ha tomado exclusivamente en Cataluña) en cuatro categorías de familias, a saber: “La primera, extravertida y progresista; la segunda, introvertida y tradicional; la tercera, conflictiva, y la cuarta armónica y convivencial.” Por qué estos cuatro tipos de los miles de posibles tipos en que puede categorizarse la población de padres catalanes, y por qué esos adjetivos, habría que preguntárselo a los autores del informe. Y también cómo han hecho para reconocer como miembros de cada grupo a los que han rellenado sus cuestionarios – descartando desde luego la autoidentificación: es posible que uno se declare conflictivo, pero ¡nadie en su sano juicio se describe espontáneamente como ‘armónico y convivencial’!
En realidad las categorias se organizan en dos ejes de oposición claramente demarcados (tradicional-progresista, conflictivo-armónico), que no veo por qué no podrían solaparse: ¿es que no hay padres tradicionales y conflictivos, ni se conciben progres y armónicos?, ¿o viceversa?
Si uno acude al portal de
Desde prontito, vamos, desde el titular, se ve que la andanada va contra los pobres ‘progres’. Dos largos tercios del artículo se extienden sobre sus deficiencias como progenitores. Pero la idea de que los padres progres (“en gran parte profesionales, técnicos, empresarios y comerciantes que rechazan la pena de muerte, defienden el aborto y la eutanasia, la legalización de la marihuana y trabajan más fuera de casa”) delegan más que cualquier otro grupo la educación de sus hijos, deja dudas en sí misma: ¿seguro?, ¿seguro que abandonan más a sus hijos que los llamados conflictivos? Y, a fin de cuentas, delegar ¿es bueno o es malo? En fin, ¿no sería mejor que los padres conflictivos, sean quienes sean, dejasen en paz a sus hijos, no intentasen educarlos personalmente y delegasen más su educación en los profesionales de la escuela? Ya lo decía Platón: gran parte del trabajo que hace la escuela consiste precisamente en salvar a los hijos de sus padres…
En cualquier caso, una vez que la dejación de funciones educativas ha sido sancionada como negativa, lo extraño es la manera en que se caracteriza esta aparente traición al instinto primordial de la paternidad, esa degeneración: “En este grupo de familias progres ‘hay un notable desestimiento de la educación de los hijos, que se delega en la escuela, en personal auxiliar domiciliario’ o en clases particulares de refuerzo”, escribe el periodista citando a Elzo. Bueno, alguna sutileza ferlosiana debe haber respecto a la palabra ‘educación’, porque resulta que los mismos que no se conforman con la escuela obligatoria y envían a sus hijos a ‘clases de refuerzo’ incurren en grave ‘desestimiento’.
Pero, ¿y las demás categorías familiares?, ¿qué les ofrecen a sus hijos para que este grupo de sociólogos de Deusto los encuentre más comprometidos con su atención y educación? ¿Qué les darán, por ejemplo, los conflictivos a sus hijos? La verdad es que una vez acabado con el trabajo de moler el buen nombre de nuestro progre, el artículo casi ya agoniza. En breves párrafos, el periodista retrata a cada uno de sus grupos y sus métodos, y uno se pregunta qué demonios será lo que hace a los padres progres peores que el resto en la atención de sus hijos, cuando lee que los conflictivos, aparte de alguna bofetada de más, les dan “poca confianza en sí mismos.”
Según el informe, los grupos familiares que mejor parados salen en la cuestión que motivó el estudio son los tradicionales y los ‘armónicos’. ¿Qué tienen estos dos tipos para que los sociólogos se hayan hecho amigos suyos? Por su parte, los tradicionales e introvertidos tienen, literalmente, “‘los valores de siempre’, autoridad fuera y dentro de la familia.”
Esto explica su ventaja sobre los padres progres y extravertidos, esos irresponsables, quienes “Quizá son así porque estamos hablando de padres de familia que vivieron la transición y la época de prohibido prohibir. Estas familias suelen tener, añade Elzo, -escribe el periodista- ‘pocas muestras de afecto’ para con los hijos.”
Pogres-prohibido prohibir-no quieren a sus hijos. ¿Se puede ser más claro? No sé si más claro, pero sí más bestia. ¿Cómo querrán los demás a sus hijos, cómo les demostrarán su afecto? He llegado a pensar que podía tratarse de un gazapo o errata cuando he leído el método aplicado por los padres ‘armónicos y convivenciales’, esa hermosa categoría a la cual así sólo, por el nombre, ya le gustaría a uno pertenecer y que, según el artículo, tiene el mayor éxito en lo relativo a la educación de sus hijos, además de ser los que más disfrutan con sus chavales. De ellos se afirma que “Suelen ser estos padres los que más usan el castigo como correctivo.”
Me he ido al estudio original en catalán para comprobar que la transcripción de Sebastián Tobarra, el periodista que firma el artículo, es correcta. Y lo es. Eso se dice, entre otras cosas maravillosas, de estas familias ‘armónicas y convivenciales’ (son religiosos, no están a favor de la eutanasia a quien la pida, ni del aborto sin restricciones, ni están a favor de la legalización de la marihuana) en cuya casa todo es orden y concierto. En el contexto interno del estudio, el uso del castigo como ‘correctivo’ se opone al uso del castigo como represión, pero, por mucho que lo ideal sea convivencia y diálogo, en lo tocante a método ya vamos entendiendo lo que funciona: una dosis adecuada de bofetada, autoridad y castigo.
Y así será si lo dice la sociología, pero lo que a mí me preocupa es la lección que puedan sacar los chavales, teniendo en cuenta que, si no me equivoco, una gran parte de los padres progres y desafectos actuales se criaron en hogares religiosos y tradicionales en los que abundaba la bofetada, la autoridad y el castigo...
lunes, 9 de noviembre de 2009
Los límites de la organización
A lo que vamos. El periodista le pregunta al director o presidente cuáles son los lugares de la tierra que más problemas dan a su organización. El director responde con una lista de países (Venezuela, Cuba, China, Irán) donde, dice, la seguridad física de los periodistas ni siquiera está garantizada. No es que se les persiga, se les encierre, se les expulse. Es que pueden agredirlos, matarlos. Estos países son, decía, los que más problemas plantean a RSF, donde tiene que invertir el grueso de sus esfuerzos y energías.
Hasta aquí no había yo tenido ninguna mala vibración con las palabras del director. Si acaso, condolencia. Pero lo que añadió sí que me afectó ciertamente: dijo que en esos lugares, y como resultado de la represión que ejerce el Gobierno, la Verdad, la Objetividad y la Independencia, que son los pilares del periodismo, se encontraban seriamente en peligro. Lo dijo como quien dice que, en el fondo, esa defensa de la veracidad periodística es la auténtica razón última de su existencia como organización y norte de todos sus móviles.
Pensé enseguida que el director de RSF había sufrido un peligroso lapsus: confundir a los profesionales con la profesión. Yo no tenía nada que objetar al propósito organizativo de RSF, como gremio profesional, de defender el pellejo de sus miembros o de sus apadrinados. Estaría, lógicamente, de parte de la compañía aseguradora que hubiera extendido las pólizas de los corresponsales...
Pero el nexo que se hacía entre estos riesgos, sin duda intolerables e injustos, y la represión de la Verdad me parecía, por decirlo con las palabras adecuadas, un poco periodístico.
Obviamente él estaba preocupado por los profesionales, no especialmente por la profesión. Si realmente hubiera estado preocupado por la profesión y el respeto por sus principios de servicio a la verdad, el director hubiera debido manifestar su inquietud, es más, tendría que haber aprovechado la oportunidad para lanzar una cruzada por la situación de los periodistas en los países donde el concepto de “beneficio” ejerce su tiranía absoluta.
Como dijo un sabio, es más difícil escapar del dinero que de la policía, y la connivencia entre el poder, el dinero y el periodismo es en la gran mayoría de países, incluido el nuestro, la causa fundamental por la cual la Verdad, la Objetividad y la Independencia (¡sobre todo la independencia!) brillan clamorosamente por su ausencia.
¿De qué proteger a los periodistas comprados por el poder, sobornados por alguno de sus lobbies, portavoces de causas millonarias, estrellas de la corte que viven en urbanizaciones de lujo? O, ¿cómo proteger a esos otros miles de loros, obedientes y adocenados, que reproducen sin asomo de crítica las hojas que les pasan los gabinetes de prensa de las empresas, a quienes ni siquiera hace falta pagar mucho para que digan lo que tienen que decir?
Si los principios expresados por su director fueran los decisivos, RSF debería dejar de ser una ONG y convertirse en un sindicato internacional, e invertir el grueso de sus esfuerzos y energías en instruir sobre su condición a tan gran legión de sobateclas dispuestos a trabajar para quien les pague, que se creen libres e informados y ni se han enterado de que son esclavos de la rentabilidad. Tal vez así entendieran los reporteros y periodistas en general que esa explotación pone seriamente en peligro su capacidad para hacer valer la Verdad, la Objetividad y la Independencia.
Querido director, preocuparse por la seguridad de los profesionales o por la dignidad de la profesión: esos son los límites de una organización.
viernes, 16 de octubre de 2009
La peonza sobre la panza
Por muchas vueltas que dé, la peonza siempre acaba tumbada sobre la panza: los problemas de la educación radican esencialmente en que el neoliberalismo (o la globalización o como quiera que se llame esta versión actual y cotidiana del capitalismo) es antieducativo. Como traté de ilustrar en mi post anterior, el sistema no para de enviar mensajes contradictorios con lo que se pretende enseñar en las escuelas.
El resultado es un mundo teórico de elogio al arte y la belleza y otro real de exaltación del feísmo y lo siniestro; uno virtual que predica la colaboración y la honradez y otro pragmático, donde la inteligencia se asimila a la avaricia y la impunidad, y que enseña la habilidad negociadora; uno escolar y paternalista que santifica la higiene y otro empresarial y laboral que aboca al suicidio.
La propia escuela vive esta esquizofrenia, atrapada entre su propensión servil a formar jóvenes para el llamado “mundo real” y sus antieducativas exigencias, por un lado, y su lealtad a los viejos principios de
Muchos de los problemas actuales del Sistema Educativo surgen de este conflicto, que podría adquirir proporciones históricas si resulta ser un enfrentamiento entre dos épocas, con el triunfo final de una era anti-ilustrada, cínica y cruel.
Y no solamente es un problema de la escuela pública y su infradotación, a la que tantas miserias pueden achacarse. En Pozuelo hemos visto la clase de terrible puerilidad que es capaz de generar la escuela privada: acorralados y agredidos por los hijos de sus jefes, los policías pudieron conocer la crueldad extrema de los niños pijos. Mientras les filmaban con sus móviles de última generación, los chicos del municipio más rico de España arrojaban toda clase de objetos a los números policiales, incluidos improperios más duros que los adoquines. El autor de una filmación que pudo verse en televisión, se burlaba de uno de estos policías acorralados gritando sin parar, como un energúmeno: “¡¡Nadie…, que no te quiere nadie, colega, que no te quiere nadie, que a ti no te quiere nadie…!!”
¿Se le puede decir algo con peor baba a un ser humano?
lunes, 21 de septiembre de 2009
Mirar con los párpados cerrados
Con la pijoborroka de Pozuelo como detonante, Esperanza Aguirre ha decidido que el problema está en la educación. Y de las mil cuestiones que podría considerar a ese propósito, su subconsciente le traiciona: sólo le interesa la autoridad. Hay que volver a dotar a los profesores de autoridad, si hace falta, nombrándolos “autoridad pública”. Se lo he oído explicar: “Hay que acabar con el espíritu del 68, que es el espíritu de la permisividad excesiva”. También les he oído eso mismo a otros portavoces de las ideologías dizque liberales. Algo bueno tiene que tener el 68 (aunque quizá no tanto como el 69) si realmente les fastidia tanto. Aunque no creáis que sólo se quejan los que reciben catequesis en
Con cierta periodicidad, pero inexorablemente, se organiza un concierto de rock duro, durísimo, junto a los endebles muros de ladrillo de la facultad de ciencias políticas en la que trato de enseñar algo. Cuando esto sucede no queda más remedio que salir del despacho o del aula, dejar cualquier actividad en que la mente pueda hallarse involucrada, y refugiarse en la cafetería en espera de que amaine la tempestad rockera. Entre mis colegas de la facultad, la indignación es rampante, incapaces de aceptar que algo así pueda suceder en el sagrado recinto universitario. Gente habituada a elaborar doctrina, no se cortan a la hora de explicar el fenómeno. La apesadumbrada cantinela de estas teorías (reproducida, no lo olvidemos, en boca de profesores de ciencias sociales en la universidad más grande de España y que, en buen número, mamaron con mayor o menor fruición de las tetas ideológicas de mayo del 68) es, sí, habéis acertado, la de la “falta de autoridad” de los tiempos que corren. Sic transit gloria mundi: amigos de
Para variar, yo suelo mear fuera del tiesto. Tengo mucha familia trabajando en la educación, en los niveles considerados “peligrosos”, léase secundaria. Y seguro que a mis hermanos y al resto de los profesores no les vendrá mal ser ascendidos a “autoridad pública”. Pero, la verdad, creo que otra vez se otea el horizonte con los párpados cerrados. El comportamiento fascista y violento de un sector llamativo de la adolescencia y la juventud no tiene nada que ver con una pretendida ausencia de autoridad. La percepción me dice que, más que falta, esta sociedad postmoderna está sobrada de autoridad y de autoridades: ¡donde quiera que uno mire hay un vigilante privado pistola en ristre! Yo no veo un mundo de libertinaje bacanal, sino más bien al contrario, uno de control y tentetieso. Jodido como estoy, igual que mis colegas, con la idea de que no me dejen estudiar ni dar clase durante unas horas al buen tuntún, mi explicación de éste y otros comportamientos inexplicables de la juventud no tiene nada que ver con la falta de autoridad, si no, más bien, con una ausencia objetiva de modelos coherentes, empezando por sus propios padres, y con una pasmosa falta de CRITERIO que afecta a los mensajes didácticos de nuestra jovial sociedad abierta.
¿Agresividad en los jóvenes? Ah, ¿pero no es buena la agresividad? En los programas deportivos se elogia mucho, y en los másteres de negocios se recomienda con entusiasmo. Da la impresión de que la señora sociedad competitiva quiere corderitos mansos y reprimidos – que deben convertirse en fieros leones exactamente cuando y donde se les ordene, ni un minuto antes, ni en ningún otro lugar. Hay algo antinatural en eso…
¿Ruido? ¿Cómo explicar la inoportunidad del ruido guitarrero en un país que celebra el estruendo fallero como asunto sublime y prioridad de la industria turística?, ¿cuyas calles atruenan los mismo en verano que en Semana Santa o Carnaval? ¿Cómo explicar las bondades del silencio, cómo trazar en la mente de nuestros jóvenes esa fina línea que separa la posibilidad de reventar las orejas al vecino con la bendición de la autoridad, de su inconveniencia o imposibilidad?
¿Violencia? Y ¿cómo combatir la violencia en una generación embebida en películas y videojuegos que chorrean sangraza? ¿Cómo explicar y dignificar las conductas pacíficas mientras se toleran y promocionan un cine y unos espectáculos que banalizan la crueldad - en ocasiones con la cínica coartada de “denunciarla”? ¿Quién va a bajar a Tarantino de la peana?
¿Alcohol? Y ¿cómo desprestigiar el alcohol y su consumo, cuando las fiestas a todas las escalas, de las familiares a las nacionales, están sancionadas y selladas por ríos de alcohol? ¿Consumo moderado?, ¿cuánto es eso?, ¿es igual de “moderado” para el cliente que para el dueño de la empresa de bebidas o el propietario del local de copas?
Pero, en fin, el consumo, ¿es bueno o es malo? Parece bueno cuando se lo estimula para que las variables macroeconómicas puedan levantar cabeza. Pero parece malo cuando se consideran sus efectos sobre la salud del planeta o sobre la personalidad de la gente.
¿Qué más? Resulta muy difícil que la población no se ande matando por las carreteras, por mucha didáctica publicitaria que se gaste el ministerio, si después se arracima a la gente los domingos por la mañana delante de la tele para ver cómo Fernando Alonso intenta tragarse kilómetros más rápido en cada vuelta al circuito de Qatar. Dicen con preocupación que cada vez hay más accidentes en moto, y no me extraña nada, si los medios de comunicación han hecho un negocio de Pedrosa y Lorenzo forzando los planos de equilibrio sobre dos ruedas a toda velocidad. Hay que proteger el país de la desertización, entonces ¿cómo se entiende que se vendan quads y todoterreno con una publicidad masiva que alienta la genial idea de machacar sin complejos la capa vegetal de los parajes naturales?
Esta misma falta de criterio que combate y estimula al mismo tiempo un comportamiento rige la pequeña y la gran política. Pongamos un ejemplo de la grande: las autoridades castristas son unas canallas por no permitir la salida de Cuba en condiciones normales a quien se siente llamado por las voces de la libertad y la prosperidad; pero, al mismo tiempo, pagamos a las autoridades de Senegal, Mauritania y media África para que hagan exactamente eso con sus ciudadanos – impedirles echarse al mar; y los mismos que se indignan por la triste suerte de los balseros cubanos, obligados a sortear un mar lleno de tifones y tiburones para llegar a donde les da la real gana, protestan escandalizados contra los que intentan el mismo viaje y con las mismas intenciones en condiciones muy semejantes, si salen de Dakar o Nuakchot.
Lo que necesitan los jóvenes –y los no tan jóvenes- es, efectivamente, educación: una educación pública, laica y gratuita. Pero sobre todo una educación que no resulte contradicha y ridiculizada a cada paso por el ejemplo de sus mayores y por la todopoderosa publicidad. Punto. Aparte de eso, es importante que entiendan que un profe es importante, y un futbolista, no. Que el objetivo es conocer, comprender y convivir, no competir y ganar dinero. Que “Operación Triunfo” no es, no puede ser y nunca será una alternativa de ningún tipo a las escuelas. Que la saña y la crueldad no molan, que la empatía y la compasión son requisitos indispensables de la convivencia. Que el espíritu del 68 no es malo, sino que lo son sus enemigos declarados: los privilegios, las iniquidades y la represión. Los jóvenes necesitan cositas claras, ideas claras, límites claros.
En algún sitio escribí que la masa social del fascismo suele componerla gente que se reconoce a sí misma ingobernable y que propone y defiende regímenes en sintonía con sus fantasías represivas. En cambio, la gente que no encuentra mayores dificultades en el autocontrol no toleramos fácilmente la autoridad y la imposición, sencillamente porque no sentimos la necesidad de que alguien tenga que ponerle férulas a nuestra vida. Y en buena lógica temblamos cuando los poderosos alegan “falta de autoridad”. Una y otra vez el poder se aprovecha de las pulsiones autoritarias de un sector social amedrentado de sí mismo, ése que dice que quiere gobiernos fuertes, autoridad contundente, ley y orden. No les creáis: el fascismo no se combate con más fascismo.