viernes, 23 de abril de 2010

Las partes del monaguillo

Vivimos tiempos de comunicación alta, gravementemente contaminada, una era lingüísticamente tóxica. Vayan dos ejemplos no muy rebuscados de lo que, con fuerte dolor de oídos, quiero decir.

Asistimos en estos días a una pugna entre dos recuas que han tomado como rehén a una pobre chiquilla de dieciseis años. La prenda: un pañuelo o toquilla llamado ‘hiyab’. Por un lado, un grupo de ultraderechistas e integristas cristianos dispuestos a humillar y ofender a los musulmanes (en su gran mayoría de origen marroquí) a la menor oportunidad; por el otro, una rancia hornada de machistas disfrazados de espiritualidad. Estos espectáculos no son insólitos. Pero lo peor (aparte del sufrimiento de la pobre menor atrapada entre dos bandos de descerebrados), lo que hace que me ponga a escribir al respecto después de haberme resistido a hacerlo en lo que va de mes, es que, en su disputa, tanto los racistas como los sexistas se apropian de argumentos que han sido afinados históricamente por un tercer grupo de tipos a los que ambas pandillas enfrentadas desprecian y han combatido de toda la vida: los progres y ateos. Así, los ultras racistas recurren, para abofetear a todo un colectivo de extracción humilde y extranjera en la persona de una frágil jovencita, a la bandera de la lucha contra la sumisión de la mujer; mientras que los machistas recalcitrantes alegan por su parte la libertad de creencias y achacan a la discriminación religiosa las dificultades que encuentran para imponer a las chicas su discriminación sexual.

De esa triste manera, los antiilustrados reciclan para lavar su suciedad un lenguaje que nació precisamente para librarnos de ellos.

Otro tema: expertos de todas las tallas, edades y capacidades craneanas (el último un tal Solchaga) insisten en la necesidad de que el gobierno tome ‘medidas impopulares’, sic, contra la crisis. No hace falta, en cualquier caso, tener muchos centímetros de diámetro cerebral para comprender por qué han de ser ‘impopulares’: todas y cada una de las que insinúan tienen como objetivo lesionar los intereses de las capas populares y trabajadoras. Como, obviamente, la gente no aprobaría ni una sola de esas medidas si se les pidiera opinión, han de ser por tanto ‘impopulares’. Obsérvese que, por las mismas razones y si usáramos el griego en lugar del latín, serían sencillamente ‘antidemocráticas’. Y, ¿en nombre de qué se solicitan? En nombre, ya se sabe, de los ‘mercados’ y de los ‘inversores’, en nombre de los ‘creadores de empleo’ – todos esos tipos que, en lo fundamental, pretenden ganar dinero sin trabajar. Esa partida de vagos que nos quiere poner a todos a currar de la manera más precaria posible representa, pues, la nueva soberanía del país: manifiestamente, son sus voluntades y no las del pueblo las que han de satisfacerse. ¿Por qué, entonces, se sigue hablando de ‘democracia’ y no de ‘corporocracia’, ‘inversocracia’ o ‘mercadocracia’?

En resumen: desde el púlpito, el predicador habla de libertad, tolerancia, respeto y presunción de inocencia mientras le toca sus partes al pobre monaguillo.


miércoles, 3 de marzo de 2010

La gran industria del empleo

El chantaje, el gran y vil chantaje de los tiempos que corren, consiste en la formulación ‘el problema es que no hay empleo’. ¿Por qué es un problema? Que no hay trabajo para todos es un hecho, un dato de la realidad que ni siquiera las épocas de mayor bonanza han conseguido disipar. No, no hay empleo para todos, nunca lo habrá. Pero la cuestión es, ¿y por qué tendría que haberlo?
La gente no necesita empleo: necesita dinero. Eso es todo. Abra usted la revista Hola! y encontrará una serie interminable de desempleados, o de subempleados, o de empleados ficticios que pasan su tiempo libre (llamado ocio, y no paro) jugando al golf en las islas Caimán. Es gente que no trabaja, y sin embargo no hace cola ante las oficinas de empleo. ¿Por qué? Muy sencillo: porque tiene dinero.

No solamente usted, el sistema entero trabaja para ellos. En buena medida son jugadores de Bolsa cuyo objetivo declarado consiste en hacer con su dinero más dinero sin trabajar. Es decir, cada vez que a usted le exigen trabajar, y trabajar más, en peores condiciones y por más tiempo, lo hacen en nombre de los llamados ‘inversores’, que son esa legión de parásitos adinerados visualizada como entes ‘creadores de empleo’. ¿Lo entiende?
Puesto que no se puede hacer que el dinero vaya allí donde hace falta, hay que
atraerlo, seducirlo. Y no hay movimiento más seductor para el dinero (también llamado ‘capital’) que los trabajos forzados, sin derecho a huelga, sin vacaciones pagadas, sin seguridad social. A todo eso se le llama ‘reforma laboral’. Como moscas a la mierda, nada atrae más a los ‘inversores’ que las empresas que se deshacen de sus ‘costes laborales’.
En última instancia, no hay contoneo más seductor para el dinero de los ociosos que el desfile de trabajadores despedidos.
La inversión en Bolsa no es, pues, un sistema ideal para activar la ‘economía’, si no, como demuestra mejor que nada la actual crisis, un camino directo a la destrucción de puestos de trabajo. Irónicamente, podría decirse que el sistema bursátil ha liquidado de tal manera a los trabajadores, visualizados como enojosos ‘costes laborales’ para las llamadas ‘empresas’, que, con todos en la calle y las manos en los bolsillos, no hay nadie en condiciones de gastar un dinerito que no tiene en ‘consumir’, asunto éste del que depende que la ‘economía’ carbure.
Sin embargo, si usted tiene dinero, si usted tiene suficiente dinero, el problema del paro no existe para usted. En buena lógica: repártase dinero para todos y se acabó con el problema. ¿Qué?, ¿que eso no es posible? Vaya si es posible. Y no sólo es posible, es necesario.

¿Por qué hay que vincular inexcusablemente empleo y dinero para sobrevivir? Pues porque, como pasa con las comisiones bancarias, esas pesetillas que nos proporciona mensualmente nuestro curro (ahora concebido como ‘empleo’) y que nos permiten subsistir a la mayoría, se convierten en fortunas exorbitantes en los bolsillos de quienes promueven, gestionan y explotan nuestros empleos. Hubo tiempos en que las grandes fortunas se hacían conquistando nuevos continentes o traficando con esclavos. Hoy todos somos potenciales pesetillas de la única industria: la gran industria del empleo. Por eso ‘es imposible’ que se nos dé dinero sin trabajar o, lo que es lo mismo, por eso ‘el problema’ que nos ahoga es la falta de empleo, y nuestros salvadores los llamados ‘creadores de empleo’.

Pero, al contrario: hay que empezar a comprender que se debe pagar a la gente por no trabajar. Sí, ha leído usted bien… No es solamente una cuestión de equidad entre quienes salen en el Hola! y quienes no. A estas altura, es ya un acuciante problema de supervivencia: es evidente, a quien quiera ver, que el planeta Tierra agradecerá inmensamente una moratoria inmediata de la actividad humana.
Todo el mundo entiende que, para salvar a las ballenas, hay que dejar de cazarlas; en realidad el asunto es mucho más grave: como resultado de la actividad humana (o sea, del empleo) las especies animales y vegetales se extinguen, las tierras se desertizan, el cielo se contamina, el clima se modifica y con él las condiciones mismas de habitabilidad. La crisis no solamente ha sido resultado de un éxito espectacular, e inesperado, en la reducción de ‘costes laborales’; la llamada ‘crisis’ está siendo también un experimento esperanzador, e igualmente inesperado, en la reducción de ‘costes ecológicos’.
La lógica productivista obliga a la gente a trabajar, pero, como no hay trabajos suficientes para todos (somos más de seis mil millones, y subiendo), los trabajos que se inventan los ‘creadores de empleo’ no solamente son inútiles (como en un gran cuartel lo importante es que la gente haga algo, aunque no sirva para nada), sino directamente contraproducentes. La costa española, y una buena parte de su interior, ha sido destruida de forma irreversible convirtiéndose en un lamentable muladar de hormigón y pasto con agujeros que nadie quiere comprar – con la coartada de que así se ganaban su salario mensual unos miles de albañiles (y algunos, un accidente laboral). ¿No hubiéramos ganado todos si en lugar de hacer su trabajo hubieran cobrado su sueldo por quedarse en casa? No se hizo así porque un puñado de llamados constructores no se hubiera enriquecido sin esa explotación laboral y esa destrucción material y paisajística.

¿Para qué hemos necesitado el trabajo cotidiano de miles de agentes bancarios y bursátiles, si no para provocar una solemne crisis financiera?, ¿para qué trabajan decenas de miles de personas en las fábricas de armamento de todo el mundo, si no para ayudar a sembrar la muerte, la catástrofe y los beneficios económicos de un puñado de tipos sin escrúpulos llamados ‘creadores de riqueza’?
Empleo significa riqueza para unos pocos, subsistencia para algunos más y catástrofe para todos.
Basta. No acepte usted ni una sola ‘receta’ más para ‘salir de la crisis’ que implique una ‘reforma laboral’. ¿Es que todavía no se ha enterado usted de qué significa toda esta farfolla? Le resumo: aumento de trabajo (en intensidad, en tiempo, en dedicación), desaparición de los derechos conquistados durante siglos ya de luchas y reducción de los salarios ‘para estimular el empleo’. ¿Que los ‘creadores de ídem’ quieren pagar todavía menos por enriquecerse?, replique usted entonces que maldita la falta de empleo. Diga usted que es posible que no haya trabajo, pero que está seguro de que hay dinero. Proponga en cambio una ‘reforma capital’ (o ‘dineral’, si usted quiere): saqueemos los llamados ‘paraísos fiscales’, empecemos a repartir los colosales beneficios del desastre capitalista y, cuando nos los hayamos fundido, ya pensaremos en algo. Mientras tanto, es posible que el planeta Tierra (sin comillas) se haya recuperado un poco.

lunes, 1 de febrero de 2010

Corporocracia

Me ahorran otros (por ejemplo http://filipicasmorote.blogspot.com/) tener que detenerme a comentar el hecho: que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, nuestro sagrado norte, ha decidido suspender toda limitación a las aportaciones de lobbies, corporaciones y empresas a las campañas de los partidos políticos. Espero no caer en la preterición si digo que se consuma así, el 21 de enero de 2010, el fin de la democracia bufa en ese país y da comienzo la era de lo que, en justa atribución terminológica, habría que denominar por infausto nombre ‘corporocracia’.

Como es de rigor en mi blog, quisiera, eso sí, comentar brevemente el dicho: el Tribunal Supremo de aquella república corporocrática alega como fundamento legal de su decisión la llamada Primera Enmienda de la Constitución, es decir, la libertad de expresión.

Permitidme hoy que, en primer lugar, me autoplagie: hace algún tiempo, a propósito de un sarcasmo semejante, llamado Berlusconi, escribí:

En otro tiempo se decía simplemente “Dios”, y hay que reconocer que algo hemos avanzado. Pero, en defensa de lo de siempre, los privilegiados se han ido quedando poco a poco con el lenguaje de los críticos, con los eslóganes de sus manifestaciones callejeras y hasta con la calle misma de sus manifestaciones.

Libertad: dícese del derecho del dinero a gozar de sus privilegios. Otros sinónimos: “elegir”, “elección”, “elecciones”.

Quod erat demonstrandum…

Además, quisiera recordaire una cita de Henri-Dominique Lacordaire, cristiano comprometido, en el señalado año de 1848: ‘Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el siervo, es la libertad la que oprime y la ley la que redime’.

En el abismo del subconsciente colectivo, el Dragón (Dracón) ayudó al pueblo a escribir las leyes para protegerse de la libérrima interpretación del poderoso. Estamos deshaciendo ese camino.

miércoles, 13 de enero de 2010

El guerrero pacifista

Dedicado a Jonathan Favreau, el 'negro' de Obama.

Querido Jon, he leído con detalle el discurso que le escribiste a Barak para Oslo. Tengo que admitir que es hábil, muy hábil. Y valiente: nada de andarse por las ramas o hacer concesiones a la situación, nada de silbar hacia el techo y sacar a relucir la habitual cháchara de ocasión. No. Como era propio de ti, Jon Favreau, el mejor de tu clase en esa universidad de los jesuitas donde estudiaste, has cogido el toro por los cuernos desde el primer minuto y te has ido sin complejos a sacar pecho con lo imposible de la situación. Por si al jurado le quedaba alguna duda sobre a quién le había concedido el Premio Nobel de la Paz, le has hecho decir a Barak, literalmente: “Soy el general en jefe de un ejército en medio de dos guerras. Estoy al frente de la única superpotencia militar de la Tierra.”
Y a continuación de semejante presentación te has puesto a hacer un discurso filosófico que volviese razonable el absurdo. Chapeau. Hay que tenerlos cuadraditos…
Has hecho que Barak se presentara sin disimulos: soy un guerrero. Y después, para que sus anfitriones no sintiesen demasiado el ridículo que estaban haciendo, le has obligado a añadir: pero pacifista. O más bien al revés: sí, de hecho ha sido al revés – Obama decía, soy pacifista… pero un guerrero. Una vez, y otra vez y otra. Y así ha avanzado todo el discurso, en zigzag, con un contoneo de vaivén, un swing con una bonita sucesión de mundos soñados e irreales, en los que el pacifista premiado podía exhibir su corazón lleno de paz y amor, contrapunteados por la fórmula recurrente, as yet, as yet… “y sin embargo”, “y sin embargo”, tras la que Barak el guerrero nos devolvía a la dura realidad, una realidad plagada de violencia por todos los rincones, mientras enseñaba con fiereza los dientes. En esos momentos me recordaba a Hermann Tertsch despotricando contra el ‘buenismo’.
Tienes un sentido excelso de la construcción, Jon. Para hacer posible que los noruegos pudieran aplaudir el final del tétrico discurso un poco aliviados, en la conclusión inviertes el péndulo y la adversativa se plantea al contrario: “Podemos admitir que la opresión siempre estará con nosotros, y sin embargo luchar por la justicia, que habrá guerra, y sin embargo luchar por la paz.”
Hasta aquí, Jon, aplausos a la audacia, y a la pericia, quizás en el mismo sentido en el que debes interpretar la ovación con que los asistentes premiaban tu exhibición de contrasentido por boca del presidente. Puede que los noruegos sean cínicos, pero a lo mejor no son tontos del todo. Como yo, tal vez también ellos aplaudían asombrados con la retórica y muertos de miedo con el mensaje.
Tú ya sabes que yo me divierto comparando los discursos que cocináis en la Casa Blanca con los que se urdían en la Curia y el Palatino hace un par de miles de años. Así que sólo diré de éste que me parece una hábil interpretación del ya clásico Si vis pacem, para bellum (si amas la paz, prepárate para la guerra), gran paradoja amada por los pacifistas que no son, ea, pacíficos.
Esa gente suele tener, como tu guerrero, un argumentario bien afilado por la erosión de siglos. La pieza clave de ese argumentario consiste en la naturalización de la violencia y la guerra – la guerra es como la lluvia o el granizo, como la explosión de los volcanes, una de las plagas de la naturaleza, de la que no vale lamentarse, sino protegerse. El eslabón ineludible de esa cadena lógica destinada a avergonzar al iluso y emocional militante por la paz es antihistórico, como decía Barak desde prontito: “La guerra ha estado aquí desde el primer hombre”. “No erradicaremos la violencia jamás”, añade más abajo. La guerra se pierde en el pasado y se proyecta hacia el futuro como un horizonte ilimitado: no es un producto de una determinada etapa de la historia humana. El silogismo sale solo: si la violencia y la guerra son inevitables, hay que prepararse para ellas. “El Mal existe en el mundo”, hay que combatirlo. Siempre habrá que combatirlo: siempre serán necesarios los guerreros del bien.
Las naturalizaciones organizan programas de futuro basados en luchas imposibles: se nos propone perseguir lo inalcanzable. Siempre aspiraremos a la paz, nunca la tendremos; siempre anhelaremos la moral (y a la justicia y a la libertad) y nunca la alcanzaremos. Esos programas nos preparan para aceptar la guerra, la inmoralidad, la injusticia y la tiranía como medios para conseguir sus opuestos. Es como buscar el pleno empleo a través del trabajo precario, y otras bonitas paradojas.
Pero todo este discurso tuyo, todito, va de paradojas…
Tu sabías, Jon, que incluso aceptando el blablablá sobre la existencia eterna de los malvados y la necesidad intrínseca de la violencia para ponerlos en su sitio, aún quedaba un pequeño problema, un eslabón débil en la cadena argumental de tu discurso. La principal pega a ‘la guerra es necesaria’, reside en la cuestión: ‘Ya, pero, ¿quién la declara?’ ¿Quién decide qué guerras hay que guerrear o, dicho de otro modo, quién le ha dado a EE UU el derecho a convertirse en el guerrero justiciero del mundo y a decidir por su cuenta de quién tiene que defendernos? Tu sabías, Jon, que el chismoso de turno preguntaría: ‘¿No teníamos ya instituciones internacionales cuyo objetivo era precisamente analizar, enjuiciar y gestionar esos conflictos?’
Consciente de la necesidad de argumentar al respecto, primero reiteras esa atávica justificación: nosotros nunca atacamos, sólo nos defendemos. Pero como, por mucho que la teoría defensiva se estire, no puede explicar todas las intervenciones militares de tu musculado país, después de desacreditar a los organismos internacionales a cuyo servicio debería ponerse su fuerza, alegando que no son suficientes (como efectivamente prueba el hecho de que no han sido capaces de pararle los pies a tu país), le has hecho decir a Obama que, en atención a esa insuficiencia, tu país se ha dedicado durante sesenta años a desangrar generosamente a sus propios chicos para garantizar la paz en el mundo y defender la democracia - una idea que, pensaste, Barak puede decir tranquilamente en Oslo, donde no hay chilenos ni palestinos ni vietnamitas, ni siquiera españoles, portugueses o griegos.
Por supuesto, nunca habéis actuado ciega y burdamente en nombre de vuestros intereses, ¿a quién se le ocurre?, sino del ‘egoísmo ilustrado’ (enlightened self-interest), caballeroso principio que se parece mucho a esa otra idea de Adam Smith, tan chic y tan paradójica, sobre los beneficios colectivos del interés personal, fundamento filosófico y antropológico del capitalismo.
El compromiso con los derechos humanos lo remachas, pero tampoco es quijotesco. Parece un cambio honesto con respecto a Bush que debiera aliviarnos, pero, en realidad, la maniobra sirve hábilmente para atornillar su utilidad como excusa de cara a las intervenciones en curso y para otras nuevas en el futuro: nuestro compromiso con los derechos humanos y la democracia son mayores que antes, dices, las “protegeremos” más. Temblemos, pues, porque a nuestro ilustrado guerrero egoísta “la inacción le desgarra la conciencia”. Además de justiciero, es hiperactivo…
Acabo.
Una parte verdaderamente escalofriante de tu discurso, Jon, es aquella en la que el Jefe reparte tareas para los lacayos (los aliados, a obedecer y a domar a sus opiniones públicas; las inmaduras instituciones internacionales, como sacerdotes feciales del nuevo imperio, a legitimar lo que el egoísmo ilustrado de USA tenga a bien emprender) y, sobre todo, sobre todo, serias amenazas para los díscolos: ‘Tiene que haber consecuencias’, se le dice a Irán a próposito de sus cabreantes pretensiones de hacerse con la bomba atómica. ‘Tiene que haber consecuencias’... Hoy, cuando me entero de que un profesor de la Universidad de Teherán, un colega, al fin y al cabo, especialista en energía nuclear, ha sido asesinado con una bomba, ya te puedes imaginar, querido Jon, lo que estoy pensando de tus paradojas.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Perros de la Patagonia

Están por todas partes, pero nadie me había hablado de ellos. Son eso omnipresente que todos ven y de lo que todos callan. Peludos, lanudos, greñudos, blancos o negros, pero siempre bien arropados – supongo que es la única manera de sobrevivir al clima. Libres, sin collar, sin dueño.
Se mueven solos o en pandillas de distintas razas y tamaños detrás de un líder. Él y sus secuaces trotan de acera en acera meneando mansamente la cola. Los de ciudad son felices en comparación con los del campo: tienen más basuras que escarbar. En el campo a lo sumo van en parejas. Son prudentes: se apartan de tu camino y te observan, se desplazan con enorme sigilo y agilidad. Nunca ladran. Tienen más miedo de ti que tú de ellos.
No puedes mirarles. Si tu mirada se cruza con la suya, entonces menean la cola con timidez, estiran las patas delanteras y te siguen, decididos a dejarse apadrinar. Si pones los ojos en ellos, deciden que eres tú quien va a saciar su hambre de comida y de afecto. Y se pegan a tus talones andando muy silenciosos, sin que te des cuenta. Cuando te vuelves y los descubres, se paran y vuelven a alzar la vista – una mirada acuosa, sumisa, nada intimidante incluso en perros grandes como osos.
Y, sin embargo, entre ellos pueden ser fieros. Se disputan a ‘su’ persona, o sea, a ti o a mí, enseñándose los dientes y gruñendo. Seres débiles contra seres débiles. Uno piensa que, todos juntos, serían un ejército formidable.
Hay algo commovedor en esos perros callejeros que pululan a la intemperie por la Patagonia, en el extremo sur del hemisferio sur, tan llenos a la vez de necesidad y de miedo a la gente. Tan humanos…

lunes, 14 de diciembre de 2009

Bolonia para cinéfilos

Cuando se presentó en España, en el año 1969, el título de la película El graduado, versión (censurada) de la cinta de Mike Nichols The Graduated, no era precisamente evidente en un país donde el verbo “graduar” apenas se usaba para otra cosa que para hablar de las gafas de ver y otros artefactos de la óptica. El 22 de abril de aquel remoto año, en tiempos en que imperaba la visión de Martín Vigil sobre la adolescencia, el diario ABC publicaba una crónica sobre su estreno en el cine Gran Vía en la que elogiaba esta historia “moderna”, calentorra y ñoña porque aleccionaba sobre el hastío y pena que termina produciendo el sexo desordenado. Bajo el titular “El adolescente ‘made in USA’”, el crítico (Antonio de Obregón) escribía: “Habíamos oído hablar mucho de ‘El graduado’. Para nosotros: el licenciado, el que termina sus estudios universitarios y se enfrenta a la vida.”
"Licenciado” es una palabra con una larga tradición en castellano. No sólo en España, sino en el mundo de habla hispana (lo cual da idea de su antigüedad), hasta el punto de que en México se ha convertido prácticamente en un tratamiento: Lic. Al menos por aquí nadie iba diciendo “me he graduado en tal o cual cosa”, sino “me he licenciado” o “estoy licenciado”, y eso mismo rezaban en gruesas letras los encabezamientos de los títulos expedidos por el dictador, primero, y por su majestad el rey, después.
Siendo así, si “para nosotros” el “graduado” no era un catalejo sino el “licenciado”, ¿por qué no se titulaba la película El licenciado?
Se trataba entonces de una mala traducción, sin paliativos, una versión caprichosa y pillada por los pelos que resultaba grotesca y enigmática a la vez, difícilmente explicable por ignorancia y quizá inspirada por algún comercial de la distribuidora o de la productora Embassy Pictures Corporation, el cual, allá por 1969, en lo más crudo del crudo invierno franquista, tuvo una corazonada de gran trascendencia en la historia cultural de este país: seguramente a sueldo de una empresa americana, aquel precursor pensaba que había que hacer que las cosas sonasen a inglés. De ese modo adquirían misterio e interés para un público que, si no leía ABC, no tendría más remedio que ir a ver la película para enterarse de lo que de verdad quería decir el “graduado”, el papel del envidiado jovencito (Dustin Hoffman) a quien se tiraba la Señora Robinson, la suculenta Ann Bancroft.
Y hasta puede que aquel comercial visionario, replicando a algún colega a quien no le pareciera tan buena idea, le apostara: “Algún día, “licenciarse” se dirá “graduarse”. Si no, al tiempo.”
Cuarenta años después, el comercial al servicio del imperio ha conseguido que los hechos se amolden a su antojo: que, para nosotros, “el graduado” signifique “el graduado” y ya nunca más “el licenciado”. El lenguaje ha obrado el conjuro, las palabras han parido hechos. Se ha conseguido un trabajo fáustico más que hercúleo: en lugar de adecuar la traducción a la realidad, la realidad entera se ha acomodado a una mala traducción. El órgano ha creado la función, ¡y a qué escala! Que el verbo “graduarse” haya llegado finalmente a significar lo que predijo el tipo que no sabía traducir es, quizá, si juzgamos la dimensión de la pleitesía, el más humillante y prodigioso logro de la influencia de la lengua inglesa y la cultura anglosajona sobre la lengua castellana. La historia de esa imposición, perpetrada por las élites políticas, académicas e intelectuales de este país (y, hay que decirlo, de toda Europa) puestas de rodillas, se llama Tratado de Bolonia.
Ese tratado, que entra en vigor este mismo año 2009 en que nos encontramos, traza un plan de organización de la enseñanza superior, calcado hasta las comas de la organización universitaria americana, según el cual ya no hay “licenciaturas”, sino “grados”. Tampoco hay doctorados, sino “másteres”: inducido por un instinto comercial y cultural propio de empleado de una distribuidora cinematográfica, todo su lenguaje resulta de una mala traducción generalizada del inglés, y a veces simplemente de una “intraducción” del inglés. Como consecuencia, a partir de 2014, cuando salga de la universidad la primera hornada de estudiantes del nuevo plan (que reduce en un año la duración de las carreras), ya no habrá licenciados, sino, precisamente y sin más enigmas, graduados. Ellos sí que podrán identificarse del todo con Dustin Hoffman y hasta sentir casi casi hastío y pena después de refocilarse con Ann Bancroft, yeah.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Caña al 68

En la batalla de la educación y otras batallas, una de las consignas clave creadas en los laboratorios semiológicos neoconservadores es el asalto despiadado a lo que llaman el ‘espíritu del 68’. Nicolas Sarkozy o Esperanza Aguirre se recrean con fruición en ese ensañamiento. El objetivo que se persigue con cabezonería digna de terapia no es otro que desarmar cualquier atisbo de espíritu libertario en la sociedad. El clamor por la ‘falta de autoridad’ en la escuela y la guerra contra la ‘permisividad’ es parte fundamental de esa estrategia que nos prepara para el autoritarismo.

Verbigracia: publica El País en las páginas de Sociedad una noticia bajo el inquietante titular: “Los padres progres dedican menos tiempo a educar a los hijos”[http://www.elpais.com/articulo/sociedad/familias/progres/dedican/tiempo/educar/hijos/elpepusoc/20091127elpepusoc_30/Tes], que me parece una bonita manera de contribuir a enfangar el buen nombre de ‘progre’ y empujar un poquito más el agua a cierto molino… La noticia desglosa un informe promovido por la Fundación Bofill entre cuyos expertos figura Javier Elzo, de la Universidad de Deusto. Con el nombre de Elzo me han familiarizado mis años de clase en la Facultad de Políticas y Sociología, pero al lector lego se le exige respeto sólo por su nombre, puesto que no se ofrece la menor referencia de su currículum.

En la noticia se da cuenta de que el informe ha clasificado a la población catalana (puesto que la muestra se ha tomado exclusivamente en Cataluña) en cuatro categorías de familias, a saber: “La primera, extravertida y progresista; la segunda, introvertida y tradicional; la tercera, conflictiva, y la cuarta armónica y convivencial.” Por qué estos cuatro tipos de los miles de posibles tipos en que puede categorizarse la población de padres catalanes, y por qué esos adjetivos, habría que preguntárselo a los autores del informe. Y también cómo han hecho para reconocer como miembros de cada grupo a los que han rellenado sus cuestionarios – descartando desde luego la autoidentificación: es posible que uno se declare conflictivo, pero ¡nadie en su sano juicio se describe espontáneamente como ‘armónico y convivencial’!

En realidad las categorias se organizan en dos ejes de oposición claramente demarcados (tradicional-progresista, conflictivo-armónico), que no veo por qué no podrían solaparse: ¿es que no hay padres tradicionales y conflictivos, ni se conciben progres y armónicos?, ¿o viceversa?

Si uno acude al portal de la Fundació Jaume Bofill puede encontrar sendos archivos pdf con el texto íntegro del estudio, titulado ‘Modelos educativos familiares en Cataluña’, y con el que se ofreció a los periodistas en rueda de prensa, ceremonia con la que se inicia el proceso de inyección de ideas en el circuito de la llamada opinión pública [http://www.fbofill.cat/intra/fbofill/documents/Models_educatius_RP.pdf]. Aparte de las dudas que acabo de apuntar sobre las decisiones arbitrarias de los encuestadores, no voy a entrar a juzgar aquí la solidez sociológica del trabajo (¿quién soy yo?). Hablo de él tal como me llega a los ojos en las páginas de los medios de comunicación…

Desde prontito, vamos, desde el titular, se ve que la andanada va contra los pobres ‘progres’. Dos largos tercios del artículo se extienden sobre sus deficiencias como progenitores. Pero la idea de que los padres progres (“en gran parte profesionales, técnicos, empresarios y comerciantes que rechazan la pena de muerte, defienden el aborto y la eutanasia, la legalización de la marihuana y trabajan más fuera de casa”) delegan más que cualquier otro grupo la educación de sus hijos, deja dudas en sí misma: ¿seguro?, ¿seguro que abandonan más a sus hijos que los llamados conflictivos? Y, a fin de cuentas, delegar ¿es bueno o es malo? En fin, ¿no sería mejor que los padres conflictivos, sean quienes sean, dejasen en paz a sus hijos, no intentasen educarlos personalmente y delegasen más su educación en los profesionales de la escuela? Ya lo decía Platón: gran parte del trabajo que hace la escuela consiste precisamente en salvar a los hijos de sus padres…

En cualquier caso, una vez que la dejación de funciones educativas ha sido sancionada como negativa, lo extraño es la manera en que se caracteriza esta aparente traición al instinto primordial de la paternidad, esa degeneración: “En este grupo de familias progres ‘hay un notable desestimiento de la educación de los hijos, que se delega en la escuela, en personal auxiliar domiciliario’ o en clases particulares de refuerzo”, escribe el periodista citando a Elzo. Bueno, alguna sutileza ferlosiana debe haber respecto a la palabra ‘educación’, porque resulta que los mismos que no se conforman con la escuela obligatoria y envían a sus hijos a ‘clases de refuerzo’ incurren en grave ‘desestimiento’.

Pero, ¿y las demás categorías familiares?, ¿qué les ofrecen a sus hijos para que este grupo de sociólogos de Deusto los encuentre más comprometidos con su atención y educación? ¿Qué les darán, por ejemplo, los conflictivos a sus hijos? La verdad es que una vez acabado con el trabajo de moler el buen nombre de nuestro progre, el artículo casi ya agoniza. En breves párrafos, el periodista retrata a cada uno de sus grupos y sus métodos, y uno se pregunta qué demonios será lo que hace a los padres progres peores que el resto en la atención de sus hijos, cuando lee que los conflictivos, aparte de alguna bofetada de más, les dan “poca confianza en sí mismos.”

Según el informe, los grupos familiares que mejor parados salen en la cuestión que motivó el estudio son los tradicionales y los ‘armónicos’. ¿Qué tienen estos dos tipos para que los sociólogos se hayan hecho amigos suyos? Por su parte, los tradicionales e introvertidos tienen, literalmente, “‘los valores de siempre’, autoridad fuera y dentro de la familia.”

Esto explica su ventaja sobre los padres progres y extravertidos, esos irresponsables, quienes “Quizá son así porque estamos hablando de padres de familia que vivieron la transición y la época de prohibido prohibir. Estas familias suelen tener, añade Elzo, -escribe el periodista- ‘pocas muestras de afecto’ para con los hijos.”

Pogres-prohibido prohibir-no quieren a sus hijos. ¿Se puede ser más claro? No sé si más claro, pero sí más bestia. ¿Cómo querrán los demás a sus hijos, cómo les demostrarán su afecto? He llegado a pensar que podía tratarse de un gazapo o errata cuando he leído el método aplicado por los padres ‘armónicos y convivenciales’, esa hermosa categoría a la cual así sólo, por el nombre, ya le gustaría a uno pertenecer y que, según el artículo, tiene el mayor éxito en lo relativo a la educación de sus hijos, además de ser los que más disfrutan con sus chavales. De ellos se afirma que “Suelen ser estos padres los que más usan el castigo como correctivo.”

Me he ido al estudio original en catalán para comprobar que la transcripción de Sebastián Tobarra, el periodista que firma el artículo, es correcta. Y lo es. Eso se dice, entre otras cosas maravillosas, de estas familias ‘armónicas y convivenciales’ (son religiosos, no están a favor de la eutanasia a quien la pida, ni del aborto sin restricciones, ni están a favor de la legalización de la marihuana) en cuya casa todo es orden y concierto. En el contexto interno del estudio, el uso del castigo como ‘correctivo’ se opone al uso del castigo como represión, pero, por mucho que lo ideal sea convivencia y diálogo, en lo tocante a método ya vamos entendiendo lo que funciona: una dosis adecuada de bofetada, autoridad y castigo.

Y así será si lo dice la sociología, pero lo que a mí me preocupa es la lección que puedan sacar los chavales, teniendo en cuenta que, si no me equivoco, una gran parte de los padres progres y desafectos actuales se criaron en hogares religiosos y tradicionales en los que abundaba la bofetada, la autoridad y el castigo...