sábado, 21 de mayo de 2011

El himno de Sol

Amigos, durante casi un par de meses os he tenido olvidados, he estado callado, incapaz de escribir nada, alelado, posiblemente superado por una realidad extrañamente acelerada. Pero ante los acontecimientos que vive la ciudad en la que trabajo, y de la que por fin puedo sentirme orgulloso como un niño, no puedo por menos que ponerme al teclado.

Toda esa gente de la Puerta del Sol, que no se siente representada por la oferta electoral, nos ha dado ya algo que no han sido capaces de darnos los insignificantes dirigentes de esta sociedad: una causa.

Y sin embargo no voy a decir nada de particular: bastante he venido largando ya en este blog durante los últimos meses y años. Tiempo habrá en lo sucesivo para ir desgranando poco a poco el montón de lecciones que está dando a todos los enteradillos ese movimiento.

Hoy solo quiero hacer mi pequeña contribución a la causa, que no serán palabras ni ideas, sino música: ahí va el himno de Sol. Pincha aquí debajo y escucha, inevitablemente, IN-SOL-ACIÓN (pronúnciese EN SOL, ACCIÓN).

http://www.youtube.com/watch?v=8CTiFP8lx9k


jueves, 24 de marzo de 2011

Los nuevos alquimistas

Los antiguos alquimistas tenían (por emplear el lenguaje de rigor en la empresa contemporánea) una visión: transformar el plomo en oro. La idea, luminosa, podría condensar en su misma formulación la misión (otro término al día) de todo el capitalismo. Para sacar de la pobreza riqueza, de la vulgaridad excelencia, de la grisalla lustre, de la nada todo, los alquimistas habían recurrido a los modernos conocimientos que proporcionaba la metrología, la ciencia de las medidas y los pesos.

Con esos tools positivistas en la mano, los alquimistas creían firmemente que, para obrar lo que cualquiera en su sano juicio consideraría arte de birle-birloque, no había más que poner en marcha (implementar sería más apropiado) el “sencillo” método de alterar el peso específico del metal, modificar en el sentido adecuado las números y las comas que conforman, cualquiera diría que aleatoriamente, esa cifra mágica cuya existencia es hoy día seriamente contestada por la ciencia pero que, a la fecha, poseía para quienes creían en ella la consistencia severa y majestuosa de la realidad. De ese empírico modo, se conseguiría el milagro, y la humanidad entera se habría convertido en Midas.

¿No tiene ese mismo aire de fe alquimista la idea circulante de que una institución, una economía e incluso un país entero, no son más que un conjunto de programas, medidas, regulaciones y normativas cuya reforma en cierto sentido dará como resultado otra institución, otra economía e incluso otro país, predeterminados y apetecidos, más (como corresponde a la visión de los nuevos Midas) ricos, más eficientes, más dinámicos y competitivos?

Tomemos por ejemplo la Universidad. Toda su reforma actual ha sido desencadenada por un par de folios, firmados por los ministros de Educación de los países de la Unión Europea allá por 1999 y conocidos como “Declaración de Bolonia”. Uno puede acordarse perfectamente del estilo de los viejos alquimistas, de sus principios y sus bienintencionadas supersticiones (esa fe positivista, ay, ay, ay) cuando lee que, según la letra de esa declaración, “la validez y eficacia de una civilización puede medirse”.

Sí, señores, eso firman y afirman, quizá al final de un cóctel, los ministros de educación de los países más civilizados de la tierra con rotundidad científica: que una civilización (sea eso lo que sea) puede ser medida – como quien afirma tranquilamente, “la especificidad de un metal puede medirse”.

Dejaré unos instantes para la estupefacción y, tras la comprensible estupefacción, la también comprensible curiosidad. ¿En qué consiste, se preguntará impaciente el lector, el peso específico de las civilizaciones y, más interesante aún, cuál es el sistema de medidas que nos permita valorar la calidad de cada una de ellas? ¿Cómo demonios puede mesurarse objetivamente una civilización? Orgullosa de su descubrimiento, la Declaración de Bolonia satisface, a renglón seguido, esa legítima curiosidad: “a través del atractivo que tenga su cultura para otros países”.

No me detendré ahora a discutir teóricamente la validez de esta sorprendente segunda premisa, pero, dadas ambas, la posibilidad de medición y la unidad de medida, la conclusión se impone por sí sola. Por consiguiente: “necesitamos asegurarnos de que el sistema de educación superior Europeo adquiera un grado de atracción mundial igual al de nuestras extraordinarias tradiciones culturales y científicas” – firman y afirman los ministros describiendo así su alta misión, con la alegría que da la seguridad de hacerse rico racional y científicamente en un pispás, como quien dice: “cambiemos el peso específico del plomo hasta hacerlo igual al del oro.”

No discutiré teóricamente, ya digo, la unidad de medida elegida, pero hay ejemplos… Algunos ya han tenido oficialmente éxito. Así, el hecho de que un hijo de Gadafi, irresistiblemente atraído por el prestigio de la London School of Economics, haya comprado allí su carrera entera y su doctorado (con una tesis defendiendo la democracia, como dios manda) prueba, siempre según la Declaración de Bolonia, el grado de civilización de Gran Bretaña.

Para alcanzar, como poco, ese grado de civilización, también las universidades españolas deben someterse a la transubstanciación o metahipóstasis de su peso específico. Si se aplica correctamente el método prescrito, la Universidad Complutense de Madrid, pongamos por caso, se convertirá en Harvard, sostienen farrucos los nuevos alquimistas.

Así que para obrar la nueva transformación del plomo en oro, hemos tomado alambiques, retortas, probetas y catafractos, sí, pero sobre todo, máquinas fotocopiadoras: para asegurarse de que la plúmbea UCM se convertirá en la dorada Harvard se han fusilado los niveles, la duración e incluso los nombres del currículum norteamericano, se ha copiado simiescamente el tono y la meticulosidad de sus programaciones, los objetivos de sus asignaturas, su número de créditos y hasta la misma palabra “crédito”, las referencias de consulta básicas, el tiempo estimado del trabajo del estudiante - se ha conseguido, en fin, ponderar la duración racional del pipí de profesores y alumnos entre clase y clase con la misma metódica precisión con que se bareman estos asuntos en la School of Law de Harvard.

Ahora sólo hay que trabajar mucho y confiar en que los hijos del jeque de Kuwait, o los herederos del sultán de Brunei, o los tiburones rusos o los delfines chinos vendrán a reunirse a Madrid (e intentar comprar aquí sus carreras), en lugar de ir a Boston o a Cambridge, Massachussetts.

Pero creer semejante cosa, creer sencillamente que vendrán, ineluctablemente atraídos porque ya tenemos los mismos programas con los mismos nombres, los mismos métodos de evaluación y porcentaje en la calificación final, los mismos cronogramas de actividades e incluso el mismo implacable sistema de inspección interna, es, efectivamente, fe de alquimistas, delirio de Midas ofuscados por la ambición, cosa de quienes no entienden nada de nada.

A Midas, la mitología le colocó al final de sus peripecias una grandes orejas de burro. ¿Cómo calificar como se merece semejante abstracción de todo, ese desprecio exhibido por las autoridades educativas hacia los hombres y la historia, hacia la cultura, las costumbres, el clima, el grado de especiado de las comidas y, sobre todo, (tal y como se les enseñaría a los nuevos alquimistas en cualquiera de las facultades de ciencias humanas o sociales que con tanto empeño pretenden sepultar) una ignorancia tan despampanante de las relaciones de poder?

Entiéndase: no es la posibilidad de un cambio en las instituciones o las organizaciones, sino el sentido ideológico de ese cambio y la superstición sobre los medios para producirlo lo que me tienen estremecido y asombrado. Descartemos a los ideólogos, de acuerdo, hablemos de los ilusos. Creer (o poco menos) que si aplicamos las reformas que Angela Merkel ha impuesto en Alemania (la jubilación a los 67 años, la vinculación del aumento de salarios a la productividad, el control del déficil público, etc, etc) España se convertirá en Alemania, supone tomar palabras como “flexibilidad” o “dinamismo” por fuerzas de la historia en lugar de burdos eufemismos. Eso sí que es creer en la transubstanciación de los metales por alteración del peso específico. ¡Pero esta vez los creyentes están en el gobierno! Estamos en manos de alquimistas, ¡corramos a los refugios!

Desde allí escribo… A título de mera crítica programática, me permitiré introducir una pequeña variable etno-económica en los parámetros considerados por el programa de reformas. De acuerdo con esta modesta corrección, España fabricará tantos Mercedes como Alemania, y con la misma tecnología o mejor, el día en que Alemania produzca a su vez la interminable serie de Velázqueces, Goyas o Picassos que ha producido España – o más.

Como se ha podido comprobar al aplicarse sobre naciones y pueblos, aunque basta con echarle un ojo a los procesos sugeridos, la transubstanciación o metahipóstasis económica (da igual) es dolorosa: ¿por qué tendríamos que intentarla nosotros? ¡Que transubstancien ellos! ¿Es que acaso la economía alemana es más rentable que la nuestra? ¿Según qué idea de economía?

Ciñámonos a los precios del mercado, por favor. Habida cuenta de que el precio de un solo picasso equivale a varios miles, e incluso varias decenas de miles, de Mercedes o BMWes, yo diría que hay aquí un error de bulto en la valoración económica de cada economía. Mi impresión es que deberíamos ser nosotros los que propusiéramos a Carita-de-ángel Merkel las medidas adecuadas. Sin ánimo de agotar todas las posibles rrreformas que implementarrr, he estado pensando algunas sugerencias para que los alemanes consigan mejorar su hoja de resultados:

1) Dormir la siesta al menos 5 días por semana y en condiciones más relajadas (pijama, orinalín, persianas bajadas, manos sobre la panza, etc.)

2) Ilegalizar la cerveza e imponer el vino como bebida nacional por medio de una activa campaña publicitaria costeada con dinero de los cerveceros.

3) Agarrar alguna vez un pincel (en lugar de pasarse todo el rato con una llave inglesa o un electrodo).

4) Previo pago del correspondiente impuesto especial para extranjeros, hacerse de Sanlúcar de Barrameda, Figueras o Cilloruelo.

Y ahora, en serio: ¿qué es lo que impide que un objetivo económico de orden superior (cual es la transformación de Alemania en un pueblo de pintores geniales, borrachos y juerguistas, cuyos cuadros valgan más caros que los diamantes) no se vea seguido de las medidas y pasos necesarios para su consecución? Desde luego, no es la lógica…

domingo, 13 de febrero de 2011

Desenmarcado

“El último que descubre el agua es el pez”: ese antiguo aforismo me venía de manera recurrente a la cabeza mientras leía Out of the frame (Pluto Press, N. York 2010), el texto autobiográfico que acaba de publicar Ilan Pappe. Pappe (Haifa, 1954) es un profesor israelí de historia que ha tenido que emigrar a Inglaterra en busca, en sus propias palabras, de un “refugio académico más seguro”. La vida en su país de origen se había vuelto imposible desde que sus trabajos de investigación desvelaran el proceso de limpieza étnica llevado a cabo por las autoridades israelíes a lo largo de 1948, que supuso la expulsión planificada de los palestinos de sus pueblos y aldeas o, si se resistían, masacres como la de Tantura, un pueblecito costero donde más de 200 hombres fueron ejecutados a sangre fría.

Ilan Pappe, que durante su juventud había nadado con naturalidad en el acuario sionista y había participado, por obligación pero sin remordimiento, en las actividades bélicas de su país, comenzó a principios de los años 80 a descubrir “el agua”, es decir, a sentir la ofuscadora atmósfera ideológica en la que respiraban él y sus compatriotas. Una ideología “racista y bastante perversa de la moralidad y de la vida”, como él mismo la define. Su proceso de intelección de la cuestión Israel/Palestina en el marco de la “nueva historia” israelí; su descubrimiento de la perversidad de una doctrina que, nacida de un impulso noble se condenó moralmente en cuanto se propuso apropiarse de la tierra de otros para sus fines; su comportamiento a partir de ese momento inicial de lucidez en su calidad de activista y conferenciante anti-sionista, que le llevó a enfrentarse irremisiblemente con todo su entorno – todo eso da muestra del coraje extraordinario de este hombre “desenmarcado”.

Su peripecia personal ilustra la grandeza del traidor cuando la traición es un acto de conciencia en el que uno arriesga todo lo que tiene. Sobre todo, si tu tribu es la más poderosa… En esas condiciones, la traición es el acto más difícil, más generoso y más noble. En un mundo en que la menor crítica a Israel es seguida por un temporal de acusaciones de antisemitismo, Pappe nos sirve de escudo moral cuando afirma con serenidad que es precisamente su condición de judío y la idea de decencia que esa herencia cultural le aporta las que le sostienen en su enfrentamiento con quienes han usurpado los emblemas y atributos de su tribu.

El libro lleva por subtítulo “La lucha por la libertad académica en Israel”, y se comprende. La actitud miserable de la Universidad de Haifa, donde Pappe trabajaba, y, en general, de la comunidad universitaria israelí sirven de tristísimo contraejemplo: una institución que, al servicio incondicional del poder, traiciona sus principios, su misión fundamental de investigar y difundir la verdad por la verdad, encabezada por profesores y académicos dispuestos a condicionar los límites de su propio conocimiento al consenso oficial y a la promoción personal.

Al explicar la causa de Israel desde el único ángulo profano posible, el del colonialismo, Ilan Pappe ha desafiado todas las “narrativas” no teológicas de la cuestión generadas en su propio bando (es posible que la decisión divina sea un argumento que pueda circular por los kibbutz, pero no por las universidades). Al mismo tiempo, reconoce que la narrativa de la verdad es también la de la justicia y pertenece a su víctima, los palestinos. No se trata de una simple denuncia de atrocidades. Pappe señala con el dedo a los profesores israelíes, empeñados en reescribir la historia de Palestina enterrando cualquier posible alegación de los desposeídos, y exclama: “¡El emperador está desnudo!”

Leyendo las páginas de este Out of the Frame se comprende mejor por qué el caso de Israel y el sionismo funcionan como símbolo por excelencia de los dilemas y de las vacilaciones y de las crueldades del mundo desarrollado contemporáneo. La escandalosa traición de las universidades a su objetivo irrenunciable colaborando de manera entusiasta en el falseamiento de la historia de Palestina y su imperdonable damnatio memoriae, la rendición de esa última trinchera de la verdad y su servilismo al poder y el dinero (la “estabilidad” y la “economía”), son ciertamente parte de nuestro propio y muy occidental drama académico.

La lectura que hace Pappe del desapego democrático de Israel en nombre de la mitología sionista y del miedo inducido al islamismo es también un trasunto muy específico pero clarísimo de la dimisión democrática de nuestras sociedades, dispuestas a vender su alma a cualquier mercachifle o caudillito que garantice su ventaja y disipe su pánico a perderla. La libertad de expresión en “la única democracia de Oriente Medio” sirve de bien poco cuando existe un vergonzoso pacto de silencio. La actitud insolidaria de los israelíes con la lucha árabe por la democracia deja en evidencia la responsabilidad de una sociedad ocupante a quien le va mejor si sus vecinos son aplastados por dictaduras sangrientas.

Para combatir el racismo y la dictadura israelí, Pappe propone decididamente una activa campaña de deslegitimación del sionismo, así como el boicot contra su país siguiendo el paradigma de la lucha internacional contra el apartheid en Sudáfrica. En ese boicot a las empresas israelíes y a los intercambios académicos, militares o de cualquier otro orden con ese país (al que Pappe describe como “un ejército con un Estado”), deberían incluirse toda aquella institución o personalidad que colabore de una u otra manera con el avance de las posiciones israelíes.

Mi sugerencia es que anotemos cuidadosamente los nombres de quienes ahora farfullan pseudoargumentos a favor del Estado racista, miembros de un lobby muy bien retribuido, porque quizá dentro de no tan poco jurarán que en su vida fueron aliados de un poder desmochado - y les hagamos pagar a la menor oportunidad el precio íntegro de su vileza.

viernes, 4 de febrero de 2011

Diccionario para entender la sublevación árabe

“Estabilidad”, dícese de nuestra conveniencia. (Aznar: “¿Democracia en Egipto? Ante todo hay que pensar en la estabilidad.”)

“Nuestra” conveniencia: la de las petroleras y la del sionismo. Véase también “la única democracia de Oriente Medio.” (La operación, habitual en los concursos, se denomina técnicamente dumping politico: el ganador paga a los otros para que no lo sean.)

“Moderado”, dícese de los fontaneros que trabajan para nosotros, como en la expresión “Líderes árabes moderados”. (“Nosotros”, véase la definición de “nuestra”.) Véase asímismo “lideres latinoamericanos moderados.”

“Pro”: “anti” (“Manifestantes anti-Mubarak”: “Manifestantes pro-democracia”)

“Anti”: “Pro” (“Manifestantes pro-Mubarak”: “secuaces y policías camuflados”.)

“Choques entre grupos ideológicamente enfrentados”: agresiones de los “pro” (véase “anti”) a los “anti” (véase “pro”).

"Amenaza islamista": peligro de que "nuestros" (sic) "moderados" (sic) fontaneros pierdan el control de la situación.

“Transición ordenada”, dícese del maquillaje facial. 1) Obama, Clinton et alii: “En Egipto debe haber una transición en orden.” (Lampedusa: “Todo debe cambiar para que nada cambie.”) 2) Cambio a la orden de Washington.

“Vacío de poder”: “nuestros enemigos ganan” (Sobre el vacío de poder y sus consecuencias, véase Bélgica, que lleva un año sin gobierno, y como si tal cosa.)

“Caos”: “yo pierdo” (Mubarak: “Si me marcho será el caos.”), “nosotros perdemos” (véase otra vez la definición de “nuestra”.) “Yo gano, tú ganas, él gana, nosotros ganamos, vosotros ganáis, los egipcios ganan.”

martes, 25 de enero de 2011

Contra el día de hoy

La modernidad se ha convertido en justificante último de todo: de la tecnología o los objetos de consumo, por supuesto, de la naturaleza de las relaciones, naturalmente, pero también como criterio para juzgar la bondad o perversidad de la política o de la economía. Si una “reforma” “moderniza” algo se da por bien acometida – aunque conduzca directamente a la más repugnante de las injusticias. Tampoco importa ya si una decisión política o incluso judicial es justa o injusta – importa si es moderna o no. Más, mucho más que un cómodo sinónimo de lo actual, lo moderno es la gran coartada del poder hoy.

La modernidad es, también, el juez definitivo en materia de lenguaje. Poco importa si el lenguaje que se usa es preciso, intenso, jugoso, adecuado o incisivo; sólo (solo) importa si es moderno.

El gran truco operado por la ideología del poder consiste en haber transformado a todo bicho viviente (o casi) en adorador de la modernidad por encima de todo y, a continuación, en proporcionarle esa modernidad por medio de un lenguaje que oculta por sistema la realidad de las relaciones de poder. La modernidad se pasea, efectivamente, con la chulería de una victoria militar. Por esa vía se han hecho presentables las propuestas más infames, se ha relegitimado el racismo, el clasismo, la desigualdad e incluso la impunidad del poderoso: Berlusconi es un ejemplo acabado de lo que significa la modernidad en las relaciones mundanas de poder.

La convicción de que todo lo de antes –la tecnología y los objetos de consumo, claro, pero también la naturaleza de las relaciones y las razones de las luchas sociales y políticas- ha quedado obsoleto es el reverso tenebroso de esa misma promoción de la modernidad: la lucha por la igualdad de géneros, o por la libertad de opciones sexuales, o por el multiculturalismo son modernas; la lucha por la igualdad social es antigua. Todo persigue arrinconar uno y lo mismo: la lucha de clases, relegada por el modernísimo reconocimiento de la diversidad.

En este marco en que lo nuevo vende y lo de siempre malvende quiero situar mi crítica a George Lakoff, un lingüista estadounidense por quien siento el mayor de los respetos e interesado en el análisis del lenguaje político desde una perspectiva de, digamos, izquierda - aunque él evita cuidadosamente ese término para hablar estrictamente de “democracia”.

En un reciente artículo del que he tenido conocimiento (Obama’s missing moral narrative, http://www.huffingtonpost.com/george-lakoff/obamas-missing-moral-narr_b_593528.html?view=print) admite con pesar que la estrategia discursiva del presidente Obama le resulta decepcionante.

En fin, Obama está condenado a decepcionar a Lakoff: pensar que Obama (o, para el caso, cualquier otro presidente de EE UU) va a defender algo así como una política de izquierdas (es decir, democrática) es simplemente un sueño alcohólico – por la sencilla razón de que pertenecen a la clase que tendría que perder seriamente con esa política.

Dicho esto, quiero centrarme en el análisis de su análisis. Obama aparece a la defensiva, dice Lakoff, dentro de un cuadro que favorece a los conservadores. No ata los hilos, no es capaz de denunciar rotundamente lo que hay detrás del incesante goteo de escándalos y convocar a la nación a hacerles frente. Debería oponerse claramente al discurso del beneficio y el dinero de la corporocracia. ¿En qué debería consistir la alternativa? Un discurso donde prevaleciese la idea de empathy que, según Lakoff, es la seña de identidad de la izquierda (de la “democracia”): Empathy, and acting on it effectively, is the main business of government.

Su énfasis a ese respecto es tal que al final de su artículo sugiere enviar correos a Obama con dos “sencillas” palabras: Empathy now!

Pero, ¿qué demonios quiere decir empathy? Consciente de que la idea no se da por supuesta, Lakoff nos la explica, por supuesto en inglés: Democracy is based on empathy, on people caring about one another and acting to the very best of their ability on that care, for their families, their communities, their nation, and the world. Government must also care and act on that care.

Y yo traduzco para monolingües como puedo: “La democracia se basa en la empatía, en personas que se preocupan/interesan las unas por las otras y que actúan lo mejor que pueden en nombre de esa preocupación/cuidado por sus familias, sus comunidades, su nación y el mundo. El gobierno debe también preocuparse y actuar a partir de esa preocupación/cuidado/interés.”

En esa definición se incluye otra palabra-clave de nuevo diseño, care, tan dependiente de la lengua inglesa que es difícil de traducir y repetida hasta la extenuación, como hace quien quiere imbuirla, inculcarla. Con todo y con eso, ¿empathy no quiere decir simplemente “solidaridad”?, ¿hay algo en el significado de empathy que no se cubra con esa vieja palabra - solidaridad? Entonces ¿por qué usar semejante palabro - empatía?

En ese mismo artículo reincide también en la noción de empowerment, de la que, sin que nos conste la patente, es inventor. Lo hace en un contexto casi sinonímico del anterior: Government's job is to protect and empower its citizens.

Si a alguien se le propusiese completar la línea “La principal tarea del gobierno es”, quizá se le ocurriese “proteger a sus ciudadanos”, pero dudo mucho que a nadie se le ocurriese algo como empower sin haber leído jamás a Lakoff. Es natural: en contextos como éste la palabra no se está usando, se nos enseña usarla.

Empowerment es, como digo, otra palabra de diseño, nueva en inglés (al menos en su uso político) y, sospechosamente, sin correspondencia exacta en castellano.

He observado que ciertos grupos del activismo feminista intentan naturalizar el constructo en castellano llenando las paredes de pintadas que dicen “Mujer, empodérate”. Pero esas pintadas suelen estar cerca de las facultades universitarias. Fuera de allí, mucha gente se rascaría el colodrillo preguntándose “¿Ahora se dice así?”

Del mismo modo otros, ya veréis, no ofrecerán de aquí a poco el producto “empatía” y el producto care en algún envase castellanizado, como si la redención de la opresión pasase por calcar las ocurrencias que Lakoff tiene en inglés.

Pero en mi humilde opinión, la inventiva del propio Lakoff es contraproducente porque 1) pretende ignorar y condenar por no-modernas las palabras clave de la izquierda y la ilustración europea (incluso, y que el Señor me perdone, pre-cristiana), y 2) considera a los ciudadanos como un público de consumidores de política a los que es posible mercadear productos del lenguaje y manipular a través de ellos.

Y sin embargo 1) el enemigo más peligroso es la convicción de que las viejas luchas han caducado, están pasadas de moda, no son “modernas” – cuando entonces, ahora y siempre no hay otra lucha que la lucha en torno a los privilegios: la que sostienen los privilegiados para mantenerlos y ampliarlos y la que sostienen los desfavorecidos para eliminarlos. A esa lucha la llamó Marx (Carlos) “lucha de clases” y cada vez veo menos razones para darle un nombre más coqueto.

Y 2) con su actitud, Lakoff se comporta exactamente como un vendedor de palabras nuevas-modernas (empowerment, care, empathy), que repite machaconamente para ver si las compra el consumidor snob que cree que todos llevamos dentro. Como efecto inmediato, y en términos de su propia teoría, sólo consigue reforzar el frame, el marco de referencia, dominante - la modernidad.

En mi propia teoría: el lenguaje construye su propio destinatario, el destinatario adecuado; un lenguaje “moderno” construye un destinatario “moderno”, y es precisamente ese destinatario “moderno” el sumidero por el que se nos escapan los significados.

Desde mi punto de vista toda la ventaja y la razón de la izquierda descansa no en un uso particular del lenguaje o de la retórica, sino en los objetivos al servicio de los cuales está ese lenguaje. Son esos objetivos morales los que (como el propio Lakoff reconoce y propugna) deben reiterarse, pero si la disputa es entre empathy (por la izquierda) y compassion (por la derecha) todo parece reducirse a un concurso de palabras bonitas – a una batalla publicitaria. Hay que hablar de “igualdad”, “justicia” y “solidaridad”: esos son, claramente, los términos históricos de combate contra los privilegios.

Obama nunca usará ese lenguaje simplemente porque no comparte esos objetivos. Punto.

Como él, si la gente negocia y acepta otro discurso entonces es que realmente no tiene ningún interés por esos valores, es decir, ansían su cupo de privilegios, es decir, son aliados de la derecha, es decir, son lacayos de los poderosos, esperando su ración de migajas más que el poder colectivo de los desfavorecidos. Ésa es una mina de la que históricamente se han servido los privilegiados, efectivamente: el ingente número de los insolidarios, en especial la abundantísima clase media insolidaria o, como diría Lakoff, sin “empatía”. Y esa gente no va a sentir solidaridad por mucho que la llamemos (o mucho menos si la llamamos) “empatía”. A esa gente no les concierne el lenguaje. Esa gente solo espera del lenguaje (si acaso) una coartada a su comportamiento. Digamos que saben distinguir entre la jerga al uso la que corresponde a sus señores y no van a dejarse confundir con palabras.

Lo que ha conseguido la derecha en estos tiempos es, precisamente, haber vaciado el campo de quienes optan por la solidaridad y la lucha por el beneficio colectivo y haber engrosado las filas de los que esperan un beneficio personal de su alineamiento con los poderosos, sin que les importe un pimiento el destino de la clase trabajadora o de la especie humana, no digamos ya de la biosfera o del planeta entero. En los países capitalistas occidentales del hemisferio norte, la bonanza y la consiguiente “elevación del nivel de vida” dio razones a estos arribistas, traidores o tránsfugas sociales, mientras que en los países del cinturón de miseria basta con prometer un poco de pan, aunque sea duro, para que muchos se rindan (como ha sucedido con Duvalier en su vuelta a Haití).

Palabras aparte, estoy de acuerdo con Lakoff. Lo que se ha roto, efectivamente, es el vínculo solidario, la convicción de que o somos todos o no es ninguno. Hay que recuperar esa convicción. Y ese discurso no se ve por ningún lado en el “marco referencial” de los planteamientos de Lakoff, del que la contundente noción de “revolución”, por poner un ejemplo, está totalmente proscrita: sus términos son edulcorados y blanditos - empowerment es suavemente atenuante con respecto a power; care es sentimental, casi fofo; empathy es condescendiente e ideal para psicoanalizados – como la clase media alta norteamericana en la que está pensando.

En ese sentido y 3) quizá sin quererlo, Lakoff contribuye a sostener la vía de influencia asentada y actúa como oficiante del imperio: habla desde el púlpito. Romper esa vía dominante de influencia es parte indispensable de cualquier proceso de emancipación.

Desengañémonos: es la comprensión de la realidad y, como requisito indispensable, la voluntad de entenderla la que hace conversos. Como ejemplo de este tipo de intelección, véase Túnez. Mientras tanto, aceptar que las viejas palabras de la lucha están gastadas significa arrojar dudas sobre las razones de sus contenidos y empezar a darles la razón a los vendedores de humo.

(De todos modos, me encantaría recibir opiniones sobre este tema)

lunes, 17 de enero de 2011

La metáfora deportiva

En la Grecia antigua, cuando se convocaban las olimpíadas, se detenían las guerras. O, mejor dicho, se continuaban deportivamente. Si von Clausewicz pudo escribir que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, yo me atrevería a afirmar que el deporte ha sido, desde aquellas remotas fechas, la continuación de la guerra por otros medios: la competición atlética era una sublimación de la disputa bélica en la que unos atletas derrotaban a otros y se llevaban a casa las recompensas para orgullo y regocijo de sus paisanos; su victoria era también, seguía siendo, una victoria – eso sí, incruenta. En más de un sentido, el enfrentamiento atlético era una metáfora de la guerra, la suplía, la substituía y representaba, ahorrando de ese modo a los bandos enfrentados la realidad de la batalla, su tragedia y sus padecimientos.

El deporte era una metáfora de la guerra entonces y siempre ha pretendido serlo – el recinto ideal para aislar el ansia de rivalidad y enfrentamiento de los hombres, para desvirtuar y reconducir las consecuencias de la violencia y de la fuerza, el lugar donde el débil podía asistir sin humillación ni temor a las proezas del fuerte. Por eso cuando el deporte, la metáfora y substituto de la guerra, se proyecta sobre la vida misma y pretende servirle a su vez de modelo y metáfora privilegiada, es como si se desenterrase un monstruo que había sido enterrado para alivio de todos. Es una nueva resurrección de los titanes.

Por eso la metáfora deportiva, la que articula el discurso de la vida como competencia, competición o competitividad, como esfuerzo, como meta, como triunfo o como fracaso, como terreno de ganadores y perdedores – resulta aterradora, resuena con el estruendo de una gigantomaquia. Es un movimiento ilógico y criminal.

Saturno enterró a los titanes y a otros monstruos y gigantes, transformándolos en montañas majestuosas, pacíficas, inertes. Y fundó así la Edad de Oro. Eso era el deporte, la sublimación olímpica. Júpiter desenterró a los titanes, monstruos y gigantes, declaró la guerra a su padre Saturno y, con la ayuda de tan formidables fuerzas, lo derrocó. Impuso su propio reinado, que trajo a los hombres el sufrimiento, la muerte y la ignorancia. Eso es la metáfora deportiva proyectada sobre la vida, la des-sublimación olímpica.

Agresividad. Sacrificio. Lucha. Desafío. Reto. Superación. Espíritu de: monstruos que campan sueltos, a sus anchas por la vida. ¿Quién volverá a enterrarlos bajo las montañas?

Tras el golpe de mano, la metáfora y sus monstruos de cien manos han adquirido rápidamente legitimidad en todos los ámbitos. Su discurso ha calado incluso hasta el lugar más insospechado, el aparentemente más al abrigo de la monstruosidad: la república de los sabios, la Universidad.

Hace poco, en algún periódico de gran difusión (¿qué más da cuál?) leí a alguien (¿qué más da quién?, un profesor de física, por si alguien quiere más datos). Ante la noticia de la concesión del premio Nobel a dos investigadores rusos a sueldo de una Universidad británica, este hombre suspiraba: también nosotros deberíamos hacer lo mismo en España, decía, fichar rusos – igual que nuestros equipos de fútbol, que pueden competir mejor gracias a sus fichajes de extranjeros.

Uno no puede por menos que estremecerse ante este monstruo de la razón. Nótese que no se dice que deberíamos fichar sabios rusos para aprovecharnos de su conocimiento y saber más. No: es para poder competir mejor, literalmente como equipos de fútbol. ¿En qué liga? Supongo que en esos escalafones, clasificaciones o rankings de Universidades que pululan por ahí oficial o extraoficialmente – nadie sabe bien para qué. (Suelen usarse para sacarles los colores a los mal clasificados, como si nadie hubiera hecho la observación de que no pueden ser otra cosa que publicidad y que, por lo tanto, han de estar pagados a escote por las primeras de la lista).

Naturalmente este profesor de física, que con tan preclaras ideas ha llegado a merecer un espacio en tribuna tan excelsa, no parece haberse planteado jamás la pregunta más sencilla: ¿qué pensarán de esto en Rusia? Su exclamación, lamento o exabrupto periodístico da por supuesta la idea de que, como en el fútbol, hay equipos de primera y equipos de segunda y que, como en el fútbol, los de primera son los que tienen la guita. Punto final. Allá los rusos…

Los cíclopes redivivos, cretinos con dinero, vuelven a sentirse fuertes y a enseñar los dientes sin complejos. ¡Hay que combatir a toda costa la metáfora deportiva!, ¡por Saturno!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pulso

Alfredo P. Rubalcaba sobre la crisis de los controladores aéreos: “Quien echa un pulso al Estado, lo pierde”.

¡¡Jaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, muoooc, muooooc… Jaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, muoooc, muooooc, muooooc… Juaaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja... Arf, arf, arf!!

Firmado: Los Mercados.