jueves, 30 de septiembre de 2010

Miedo

Ayer miércoles, 29 de septiembre de 2010, los sindicatos convocaron a una huelga general contra la llamada ‘reforma laboral’ y otras medidas ‘anti-crisis’ del gobierno del PSOE. Según una información que divulgaba el diario Público, el 77% de los españoles encontraba razones para hacer huelga, pero sólo 1 de cada 5 pensaba secundarla. Con fruición, la prensa de hoy parece confirmar el reducido impacto de la convocatoria.

Si todo eso tiene algo de cierto, si es verdad que, en el momento en que más arrecia la ofensiva contra los trabajadores y las clases populares, la respuesta ha sido aún menor que en ocasiones anteriores, la cosa daría una idea nítida del miedo de la gente.

A lo largo del día, la televisión mostraba que los negocios de ciudadanos chinos en polígonos industriales habían cerrado sin excepción. Eso no lo hacían, se nos decía ante la cámara, por convicción revolucionaria precisamente, sino por temor a los problemas con los piquetes de trabajadores. Pues bien, renunciando a su derecho y acudiendo mansa y dócilmente a sus puestos de trabajo de forma mayoritaria, los ciudadanos españoles han demostrado mucho más miedo a los patronos, al despido y a las represalias laborales, que los chinos a los piquetes. Eso ya supondría en sí mismo una denuncia de la agresividad del sistema y de su grado de explotación sin necesidad de más comentarios.

Celebrando satisfecho el fracaso de la convocatoria, el inefable diario El País explica que la huelga es muy poco moderna y que los sindicatos están obsoletos por intentar defender “unos derechos sociales que no se pueden pagar a la larga”. Le contestaré como le contestó cierta mujer al emperador Adriano. Cuando se dirigió a él, en plena calle, para contarle sus problemas, el emperador pretendió esquivarla diciéndole: “Señora, no tengo tiempo para sus quejas”. Y ella le respondió: “Si no tienes tiempo para mí, entonces no tienes tiempo para gobernar”. Yo le diría a El País que si la Economía no le puede pagar a la gente las bajas de maternidad y las pensiones, el paro, la sanidad y la educación públicas, entonces la Economía no puede pagar nada.

¿Qué clase de lavado de cerebro explica que toleremos un sistema que nos intimida y acoquina y que, a cambio de nuestro servilismo, no nos promete más que abandono y sufrimiento?

martes, 14 de septiembre de 2010

El umbral del Olimpo

Tengo una hija de diez años cuya educación me plantea serios problemas. ¿Debo, por ejemplo, enseñarle a respetar a los demás en un mundo en que el discurso público está a punto de hacer pedazos el vínculo solidario, en que el darwinismo social se acepta como un hecho consumado, en el que no sólo los modernos capataces, los directores de recursos humanos, siembran la cizaña entre sus subordinados sino incluso los profesores, los educadores, mis compañeros, ingenian sin mala conciencia métodos para obligar a los alumnos a vigilarse y reprimirse los unos a los otros?
En mis clases de mitología presento a mis alumnos el mundo mítico: un escenario teatral partido en horizontal – en la parte de arriba, como en un balcón, inmortales y omniscientes, los dioses disputan sin peligros reales en un mundo de opereta; en la parte de abajo, a ras de suelo, los mortales, conscientes de su destino e ignorantes de todo lo demás, viven entre el drama y la tragedia. De ellos se sirven para sus fines y a capricho los dioses que reinan sobre sus cabezas.
Sin embargo, descubro, el tabique que los separa no es estanco, ni fijo, sino, más bien, una capa porosa y oscilante. El umbral que marca esa separación es el extremo norte de la envidia de la gente.
La envidia tiene límites por arriba: para sentirla necesitas creer que lo que tiene el otro está de algún modo a tu alcance. Para envidiar hay que rivalizar –por eso no se sienten celos de los inalcanzables dioses, ni se les vigila ni se les censura: se les adora. En cambio la envidia y el resentimiento se afilan, mucho e irónicamente, contra nuestros congéneres, contra los pobres mortales, incomparablemente más sufridos y desgraciados.
Pero los personajes humanos del gran teatro del mundo contemporáneo forman una pirámide, un zigurat, una babel a terrazas cada vez más empinada, cuyas alturas ciertamente tocan el cielo.
El mayor logro que atribuyo al sermón oficial, al discurso cínico que el púlpito vomita sobre la feligresía de nuestro tiempo, es lo que podríamos llamar el desplome del umbral del Olimpo: la línea protectora de la envidia ha descendido sutilmente hasta abarcar a un selecto grupo de mortales, a quienes no se les reprocha ya ni se les censura nada; al revés, son admirados, incluso, sí, adorados. A ellos jamás se les escruta en busca de explicaciones a la desgracia de los que quedamos por debajo de ese techo máximo de la envidia, el rencor y el resentimiento. De las pésimas condiciones del trabajo no se culpa a los ideológos y encubridores de un sistema cruel, a un empresariado incompetente, unos ejecutivos sin escrúpulos o unos inversores ávidos, sino a los compañeros que no trabajan demasiado.
Hay un modo de conocer cuál es para cada quien el límite de la envidia, el que establece el umbral del Olimpo: se sitúa allí donde se resiente nuestra sagrada noción de ‘privilegio’. Pues bien, los mortales ociosos y bronceados cuyas vidas atisbamos con arrobo y devoción a través de las páginas del Hola o en teleprogramas como Corazón, Corazón, que poseen cien o mil veces más que nosotros y lo poseen a nuestra costa no son privilegiados - ellos son, sencillamente, dioses ajenos a nuestro mundo, fugitivos del escenario de nuestra envidia, espejos de nuestra fantasía inmunes a cualquier juicio. Los ‘privilegiados’ cuyos privilegios resentimos y no consentimos son, ajajá, los funcionarios que tienen sueldo garantizado, los jubilados que cobran sin trabajar (ya), los conductores del metro, los inmigrantes o los sindicalistas liberados. Para los contratados temporales, los ‘privilegiados’ tienen trabajo fijo; para los parados son ‘privilegiados’ simplemente los que tienen empleo. En un colmo de los colmos, para muchos empleados los 'privilegiados' son los desempleados, que cobran un piquito sin tener que fichar.
El mundo mítico construye, en realidad, una separación entre los cuestionables y los incuestionables. Con esa palanca, el vínculo de la solidaridad entre los más débiles se ha roto, y en su lugar se impone una voluntad ciega de escapar del agujero y cambiar de escenario pasando y pisando por encima de quien sea. La lógica de la emancipación colectiva ha sucumbido a la visión mítica y su techo. De ese techo cada vez más bajo del Olimpo se aprovechan los evangelistas de la salvación personal y, naturalmente, los políticos lacayos para desviar la ojeriza del electorado de la gente a la que protegen.
¿Cómo puedo educar a mi hija contra esa brutal credulidad de sus iguales?

lunes, 19 de julio de 2010

Ora et, si tienes curro, labora

POSIBILIDADES

La última monserga que se oye desde el púlpito es que hemos vivido, oh, pecadores, ‘por encima de nuestras posibilidades’. Eso dicen de sus respectivos electorados los primeros ministros europeos, desde Londres a Atenas. Pero, por ceñirnos al Reino de España, a mí me no me queda claro quiénes hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Por ejemplo, Amancio Ortega, el dueño de Zara, ¿ha vivido por encima de sus posibilidades? Según me he informado, el valor de sus empresas anda en torno a los 25 mil millones de euros. A mí por lo menos no me llega para imaginar cómo se puede vivir ‘por encima’ de eso. Y donde digo Ortega digo los más de ciento cincuenta mil españolitos que, según las estadísticas, se han hecho millonarios en euros. Si han conseguido vivir por encima de sus posibilidades, ¡qué cabrones!

O bien, hurgando en el otro extremo, los habitantes de La Rosilla, capital del chabolismo madrileño, ¿han vivido por encima de sus posibilidades? Quizá sea yo el que no entiende qué quiere decir aquí ‘posibilidades’, pero si hay algo que parece claro con independencia de su sentido exacto es que decir eso de Amancio Ortega resulta un poco aventurado y decirlo de los habitantes de La Rosilla, una pelotudez. Bueno, si ninguno de ellos ha vivido exactamente por encima de sus posibilidades, no todos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y, al final, esto se va a parecer a los chistes de Gila: alguien ha vivido por encima de sus posibilidades...

En todo caso, y para prevenir que eso pueda volver a ocurrir en el futuro, nuestros gobernantes harían bien en decirnos cuáles son exactamente nuestras posibilidades, de modo que podamos, por un lado, atenernos a ellas y, por otro, conocer sin hacernos vanas ilusiones cuáles son los planes reales que el capitalismo ha establecido serenamente para nosotros.

De algunas posibilidades equivocadas ya nos vamos dando cuenta: todos creíamos que el capitalismo era ese sistema en que, a cambio de esfuerzo, iniciativa, trabajo y no sé qué más, todo el mundo (sin exagerar) podría comprarse una casa de más de 30 metros cuadrados, un coche mono y disfrutar de una semana de vacaciones en un tourist resort del Yucatán. Cuando uno piensa en esas posibilidades se da cuenta enseguida de a qué se refieren los premieres europeos. ¿Comprar una casa? Sí, si te decides a endeudarte de por vida y, con probabilidad, dejar a tus hijos en herencia no una vivienda, sino una hipoteca. Es más: cuando el capitalismo ha ofrecido una casa en propiedad hasta al más humilde y marginado de sus ciudadanos, cuando eso parecía posible, ha saltado la banca. Eso es imposible, facilitar la propiedad a los indigentes es la mismísima causa de la quiebra del sistema, han explicado los economistas bajo el epígrafe de ‘hipotecas sub-prime’.

¿Coche? Claro, para ir a trabajar. De forma que tendrás que trabajar perpetuamente para pagarte el coche que te has comparado para trabajar. ¿Vacaciones? ¿Quiere usted decir ocio remunerado? No jodamos, por favor: eso es una irresponsabilidad. En cuanto al Yucatán, no hace falta ni que nos lo aclaren las autoridades: eso está sin duda muy por encima de nuestras posibilidades.

El púlpito nos da sus razones para tanto polvo, sudor y hierro: todos estos recortes, todos estos ajustes, todas estas reformas laborales no son una manera de luchar por mejorar las condiciones de vida del hombre sobre la Tierra – todas estas privaciones tienen la abstrusa misión de ‘no empeorar la economía’ o, lo que es lo mismo ‘dar confianza a los mercados’. Oh, qué triste. No hay aquí la más mínima épica, ni el más mínimo ideal, sólo hay psicología no figurativa o filosofía de cuadrante. ¿Cuáles son nuestras posibilidades, pues, cuáles serán en el futuro? Las que dicten unos mercados histéricos. Pero cualquiera sabe que no se pueden pedir sacrificios en nombre de conceptos (y menos histéricos) si no han sido antes sacralizados y convertidos en dioses. Asistimos a las bodas de Mercado y Economía, que han depuesto a Progreso y Justicia de su trono como dueños de los corazones y las mentes de los hombres. Los motivos de nuestro esfuerzo no consisten en avanzar hacia una utopía, sino en huir de una catástrofe. El Manifiesto Consumista, el catecismo que rige nuestra organización global, se inicia con una frase: ‘Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del déficit público’. Se han acabado las causas que enardecen y han regresado los ídolos que atemorizan.

Y SOLUCIONES

Algo sí que hay que agradecer a los implicados en el caso ‘Gürtel’: no tenían necesidad de llenar el país de hormigón y ladrillo, ni de convertirlo en una escombrera, ni siquiera de contaminarnos con amianto, fosfato, nitritos o humo radiactivo para hacer su negocio. Ellos se apañaban con unas mesas, una sillas y, de cuando en cuando, algún micrófono – objetos todos que desaparecían tras sus ‘eventos’ sin dejar mayor rastro. A esta forma de llevárselo, a diferencia de otras, habría que estarle sinceramente agradecido, porque, con gran ventaja sobre otras chorizadas de las que ha sido testigo la reciente historia de España, no produce efectos secundarios contaminantes o destructores de nuestro medio ambiente. No, señor: ellos se llevaban el dinero público de una manera que en buena ley podríamos llamar ‘sostenible’.

Y, en un mundo donde todo consiste en sacarle el dinero a paladas a los cotizantes, es de agradecer, insisto, que se haga así. De hecho, si fuésemos razonables, no tendrían más que pedirlo: ‘Oiga, mis tres, mis veinte, mis cincuenta millones.’ Y el empleado de Hacienda, a tirar de cheque y listo. En un mundo cuyos ‘yacimientos laborales’ no dan como resultado nada que de verdad necesitemos, cuando no se trata directamente de producir algo dañino, ¿por qué tendríamos que esperar a que vengan aduciendo alguna actividad empresarial que exija la movilización de personal para destrozarnos el país, el suelo, el agua y el aire? Por el amor de dios, que no se pongan emprendedores. ¡Or-ga-ni-za-ción! Una vez aceptado como un hecho normal de la post-postmodernidad, la extorsión de los ricos y poderosos debería hacerse de manera ecológica: yo propongo que el muy competitivo, productivo, excelente y eficiente ‘choriceo sostenible’ sustituya a la muy arcaica, rígida y destructiva ‘creación de empleo’ como forma habitual del trasvase de dinero de los pobres al bolsillo de los ricos. Y a esperar a que vuelva José María el Tempranillo.

sábado, 5 de junio de 2010

Paralelismos

El 11 de julio de 1947 zarpaba el puerto de Sète, en la costa francesa, un barco con 4.515 pasajeros a bordo con destino a la costa de Palestina. Las autoridades británicas del territorio habían advertido de que impedirían el paso a cualquiera que pretendiera entrar en territorio palestino. Tripulado por activistas, el barco decidió no retroceder y fue abordado a veinte millas marítimas de la costa, en aguas internacionales. Los pasajeros se resistieron al abordaje y los comandos ‘se vieron obligados’ a abrir fuego: tres personas murieron y decenas de ellas resultaron heridas durante la captura.

Finalmente, los inmigrantes judíos que pretendían forzar el bloqueo fueron devueltos a Europa. Cuatro meses más tarde, el Consejo de Seguridad de la ONU tomó la decisión de crear el Estado de Israel.

El nombre del barco era el Éxodo, y su peripecia constituye uno de los hitos oficiales de la historia de Israel. Una célebre novela de León Uris (lacrimógena y mediocre) y una película con Paul Newman en el papel estelar han hecho del acontecimiento un icono mundial de la resistencia a la arbitrariedad y de la victoria de la tenacidad sobre la fuerza bruta.

¿Quién escribirá la novela del Mavi Marmara? ¿Quién será el protagonista de la peli? ¿Faltarán sólo cuatro meses para que la ONU declare el Estado de Palestina?

jueves, 3 de junio de 2010

Estado lunático

A primeros del año pasado, en respuesta a lo sucedido en Gaza, servidor escribía: “La confianza de los israelíes en que nadie movería ni un dedo en contra de sus decisiones les ha llevado a un punto tal de desfachatez que, al grito de ‘Yahvé es grande’, se han permitido bombardear instalaciones de la ONU cuando su Secretario General, Ban Ki-moon, se encontraba en la mismísima Jerusalén. Esto equivale realmente a poner a las Naciones Unidas a los pies de los caballos. El divorcio entre la ONU e Israel, una pareja en la que hasta ahora una de las partes ha prodigado toda clase de desplantes y desprecios mientras la otra asistía modosita y callada a los insultos, puede empezar a hacerse realidad.”

Desde entonces hemos asistido a una extraña sucesión de acontecimientos: primero, en febrero de este año, sale a la luz que agentes de los servicios secretos israelíes se registraron con pasaportes europeos (ingleses, franceses, italianos), convenientemente falsificados, para liquidar a un dirigente de Hamás en un hotel de Dubai. El asunto resultó tan embarazoso para las potencias europeas que el Reino Unido (¡el Reino Unido de la Gran Bretaña!) se vio obligado a expulsar a un par de diplomáticos israelíes como señal de pública sanción.

Poco después, en marzo, un comunicado del Gobierno israelí declarando sus intenciones de proseguir con la construcción de viviendas en Jerusalén Este se da a conocer durante la estancia en Israel de Joe Biden, vicepresidente de Estados Unidos, quien se ha acercado por la región para intentar reconstruir la cara neutral de América y poner en marcha un nuevo plan de paz. Todo el mundo se queda alucinado. La publicación no puede ser más torpe e inoportuna, en un momento en que el gobierno de Obama se propone recuperar su papel de apaciguador, hasta el punto de que a Biden no le queda más remedio que expresar su “condena” al proyecto. Resulta difícil recordar cuándo había EE UU condenado algo de Israel con anterioridad. El daño causado a la misión de Biden es tan evidente, que Netanyahu llega a sugerir un acto de sabotaje.

Y, ahora, como todo el mundo sabe, un comando de la armada asalta un buque botado por un país miembro de la OTAN y plagado de ciudadanos de la Unión Europea. Todavía en estos momentos, varios días después, ignoramos con exactitud cuántos muertos y heridos ha habido, y quiénes son.

Para cualquiera que sepa leer los nombres de los países e instituciones implicados en los desprecios y las provocaciones, tantos errores que coinciden, uno tras otro, en dinamitar no sólo la reputación de Israel ante la opinión pública mundial, sino sobre todo sus relaciones con sus aliados y valedores, sólo pueden explicarse, racionalmente, como resultado de algún tipo de sabotaje desde posiciones cercanas a la cúpula del poder.

Pero, no, no es eso lo que parece. No he leído ni rastro de esa posibilidad por ningún rincón de la prensa internacional, ni siquiera en Pravda, que es el periódico más pro-sionista y más aficionado a la teoría conspirativa del mundo mundial. En la tele, ningún experto, entendido o simple enteradillo parece considerar la idea. La tesis más reiterada es, simplemente, que las autoridades israelíes son estúpidas o, como alternativa, que están locas. El periodista Uri Avnery cuenta un chiste sobre los generales israelíes que corre por su país: “Era tan estúpido que incluso los otros generales se dieron cuenta.” El profesor Norman Finkelstein describe a Israel como un “Estado lunático”, y se pregunta qué piensan nuestras autoridades, tan inquietas con la posibilidad de que Irán consiga el arma nuclear, de un Estado con doscientas o trescientas ojivas nucleares, que se ha vuelto manifiestamente loco de remate.

A mí la idea me da tanto miedo, que prefiero seguir haciéndome ilusiones de que Netanyahu tiene razón -e Israel es, la pobre, víctima de un poderoso quintacolumnista.

domingo, 30 de mayo de 2010

Autoagresión, servicio y dos preguntas más


AUTOAGRESIÓN

Uno de los mitos retóricos que nos confunden metódicamente desde el púlpito es la idea de que, cuando se habla de la economía nacional, ‘todos estamos en el mismo barco’. Antes, por lo menos, era bien sabido que no era así, y bastaba mirar a Botín o Florentino Pérez o Amancio Ortega para darse cuenta de que ellos iban en otro yate. Pero quizá nunca ha estado tan claro como ahora, para quien abrigase dudas, que no es así – que, en lo tocante a embarcaciones, esto se parece más bien a las regatas de Oxford contra Cambridge.

Sin andar haciendo mucha sociología, resulta palmario incluso a quien se informa sólo por la tele que los intereses de los llamados inversores (es decir, de todos aquellos que, de un modo u otro poseen ahorros o capitales que les producen réditos o rentas) están directamente enfrentados a los de aquellos que podemos llamar trabajadores (o sea, de los que tienen serios problemas para llegar a fin de mes, si es que acaso llegan), puesto que a cada avance de los beneficios de los ‘mercados financieros’ se produce un retroceso correspondiente e imparable en la capacidad adquisitiva y los derechos del ‘mercado laboral’. Si hay huelgas, no hay inversión; y para que corra el dinero, debe cundir el semi-esclavismo. Cuando unos pierden, otros ganan, y viceversa. Cuanto más fácil le pueden poner a uno en la calle, más sube la bolsa.

Esa fractura social es más compleja de lo que parece, puesto que no pocos de los ciudadanos del hemisferio norte podemos entrar a la vez en ambas categorías, la de rentistas y la de trabajadores. Es mi caso: como tantos otros tengo una más que modesta, humillada cantidad de dinerito en una cuenta de colorines en ‘tu otro banco’ que me ingresa a cambio del depósito 30 ó 40 euros mensuales. Pues bien, la conclusión de semejante contradicción es evidente: a cambio, o como resultado, de la presión ejercida por mi ganancia mensual de 30 euros, que retribuye mi participación en las bolsas dinerarias en nombre de las cuales se le exigen ‘medidas radicales’, el presidente socialista de mi país ha decidido que ‘no había otra solución’ que, en mi condición de funcionario, quitarme en torno a 200 de mis ingresos mensuales.

Sé que soy un privilegiado porque a la mayoría de los que les quitan 200, les quitan 200, mientras que a mí, gracias a mi astuto cálculo o raciocinio económico, sólo me quitan 160 ó 170. Aunque también sé que si nunca me hubiera dedicado a inyectar ahorros en un banco de especuladores financieros (yo y todos los demás), tal vez el poder político no hubiese encontrado argumentos para birlarme los 200 del ala.

Y lo peor es que, en nombre de mis 30 ó 40 euros mensuales, a quienes aspiran a beneficiarse de la generosidad de los ‘creadores de empleo’ les espera, además, una bonita reforma laboral.

SERVICIO

El mejor servicio que el presidente Zapatero podría hacer a la gente en cuyo nombre dice que gobierna, y posiblemente el único servicio ya a estas alturas, consistiría en sentarse delante de las cámaras de televisión, a la hora de máxima audiencia, y hablar claro por una vez. Decirle al público, reunido en casa a la hora de la cena: “Españoles, he aprobado el decretazo a punta de pistola. Los banqueros de FMI, los burócratas de Bruselas, la prensa de la mafia financiera, los empresarios españoles y hasta el presidente del país más poderoso de la Tierra se han puesto de acuerdo para apuntarme a la cabeza y exigirme que lo hiciera.” Zapatero debería tener el coraje de señalar uno por uno a los poderes nacionales y extranjeros que le tienen cogido por la pechera y le obligan a tomar medidas en contra de su voluntad y la de su electorado. Y, después de hacer eso, dimitir fulminantemente por razones obvias: “Yo no soy ya el que manda en el país. Me limito a cumplir órdenes. Y no sólo yo, sino que cualquier otro en mi lugar estaría incapacitado para gobernar el Estado español. La democracia ha muerto y yo no quiero hacerme cómplice de ese asesinato.”

Si Zapatero nos prestase ese servicio, incluso después de habernos birlado la cartera a quienes menos podemos defenderla, pasaría a la historia. Pero no hacerse ilusiones, no da la talla.

Y DOS PREGUNTAS MÁS

Primera: ¿Por qué cuando ETA apunta a la cabeza de alguien y lo chantajea, el PP y las personas decentes salen al grito de “No se negocia con terroristas”, mientras que cuando son “los mercados” los que nos apuntan y chantajean a todos, el PP, el gobernador del Banco de España, los señores de la CEOE y tutti quanti se ponen a gritar “Denles todo lo que exigen”?

Segunda: ¿Dónde está el ejército, nuestro ejército, para protegernos de esos mercenarios financieros que, de acuerdo con todos los titulares de prensa y a juzgar con lo que está sucediendo ya en Grecia, nos atacan?, ¿qué hacen por ahí persiguiendo talibanes?, ¿cómo pueden estar tan despistados, coño?

viernes, 23 de abril de 2010

Las partes del monaguillo

Vivimos tiempos de comunicación alta, gravementemente contaminada, una era lingüísticamente tóxica. Vayan dos ejemplos no muy rebuscados de lo que, con fuerte dolor de oídos, quiero decir.

Asistimos en estos días a una pugna entre dos recuas que han tomado como rehén a una pobre chiquilla de dieciseis años. La prenda: un pañuelo o toquilla llamado ‘hiyab’. Por un lado, un grupo de ultraderechistas e integristas cristianos dispuestos a humillar y ofender a los musulmanes (en su gran mayoría de origen marroquí) a la menor oportunidad; por el otro, una rancia hornada de machistas disfrazados de espiritualidad. Estos espectáculos no son insólitos. Pero lo peor (aparte del sufrimiento de la pobre menor atrapada entre dos bandos de descerebrados), lo que hace que me ponga a escribir al respecto después de haberme resistido a hacerlo en lo que va de mes, es que, en su disputa, tanto los racistas como los sexistas se apropian de argumentos que han sido afinados históricamente por un tercer grupo de tipos a los que ambas pandillas enfrentadas desprecian y han combatido de toda la vida: los progres y ateos. Así, los ultras racistas recurren, para abofetear a todo un colectivo de extracción humilde y extranjera en la persona de una frágil jovencita, a la bandera de la lucha contra la sumisión de la mujer; mientras que los machistas recalcitrantes alegan por su parte la libertad de creencias y achacan a la discriminación religiosa las dificultades que encuentran para imponer a las chicas su discriminación sexual.

De esa triste manera, los antiilustrados reciclan para lavar su suciedad un lenguaje que nació precisamente para librarnos de ellos.

Otro tema: expertos de todas las tallas, edades y capacidades craneanas (el último un tal Solchaga) insisten en la necesidad de que el gobierno tome ‘medidas impopulares’, sic, contra la crisis. No hace falta, en cualquier caso, tener muchos centímetros de diámetro cerebral para comprender por qué han de ser ‘impopulares’: todas y cada una de las que insinúan tienen como objetivo lesionar los intereses de las capas populares y trabajadoras. Como, obviamente, la gente no aprobaría ni una sola de esas medidas si se les pidiera opinión, han de ser por tanto ‘impopulares’. Obsérvese que, por las mismas razones y si usáramos el griego en lugar del latín, serían sencillamente ‘antidemocráticas’. Y, ¿en nombre de qué se solicitan? En nombre, ya se sabe, de los ‘mercados’ y de los ‘inversores’, en nombre de los ‘creadores de empleo’ – todos esos tipos que, en lo fundamental, pretenden ganar dinero sin trabajar. Esa partida de vagos que nos quiere poner a todos a currar de la manera más precaria posible representa, pues, la nueva soberanía del país: manifiestamente, son sus voluntades y no las del pueblo las que han de satisfacerse. ¿Por qué, entonces, se sigue hablando de ‘democracia’ y no de ‘corporocracia’, ‘inversocracia’ o ‘mercadocracia’?

En resumen: desde el púlpito, el predicador habla de libertad, tolerancia, respeto y presunción de inocencia mientras le toca sus partes al pobre monaguillo.