martes, 25 de enero de 2011

Contra el día de hoy

La modernidad se ha convertido en justificante último de todo: de la tecnología o los objetos de consumo, por supuesto, de la naturaleza de las relaciones, naturalmente, pero también como criterio para juzgar la bondad o perversidad de la política o de la economía. Si una “reforma” “moderniza” algo se da por bien acometida – aunque conduzca directamente a la más repugnante de las injusticias. Tampoco importa ya si una decisión política o incluso judicial es justa o injusta – importa si es moderna o no. Más, mucho más que un cómodo sinónimo de lo actual, lo moderno es la gran coartada del poder hoy.

La modernidad es, también, el juez definitivo en materia de lenguaje. Poco importa si el lenguaje que se usa es preciso, intenso, jugoso, adecuado o incisivo; sólo (solo) importa si es moderno.

El gran truco operado por la ideología del poder consiste en haber transformado a todo bicho viviente (o casi) en adorador de la modernidad por encima de todo y, a continuación, en proporcionarle esa modernidad por medio de un lenguaje que oculta por sistema la realidad de las relaciones de poder. La modernidad se pasea, efectivamente, con la chulería de una victoria militar. Por esa vía se han hecho presentables las propuestas más infames, se ha relegitimado el racismo, el clasismo, la desigualdad e incluso la impunidad del poderoso: Berlusconi es un ejemplo acabado de lo que significa la modernidad en las relaciones mundanas de poder.

La convicción de que todo lo de antes –la tecnología y los objetos de consumo, claro, pero también la naturaleza de las relaciones y las razones de las luchas sociales y políticas- ha quedado obsoleto es el reverso tenebroso de esa misma promoción de la modernidad: la lucha por la igualdad de géneros, o por la libertad de opciones sexuales, o por el multiculturalismo son modernas; la lucha por la igualdad social es antigua. Todo persigue arrinconar uno y lo mismo: la lucha de clases, relegada por el modernísimo reconocimiento de la diversidad.

En este marco en que lo nuevo vende y lo de siempre malvende quiero situar mi crítica a George Lakoff, un lingüista estadounidense por quien siento el mayor de los respetos e interesado en el análisis del lenguaje político desde una perspectiva de, digamos, izquierda - aunque él evita cuidadosamente ese término para hablar estrictamente de “democracia”.

En un reciente artículo del que he tenido conocimiento (Obama’s missing moral narrative, http://www.huffingtonpost.com/george-lakoff/obamas-missing-moral-narr_b_593528.html?view=print) admite con pesar que la estrategia discursiva del presidente Obama le resulta decepcionante.

En fin, Obama está condenado a decepcionar a Lakoff: pensar que Obama (o, para el caso, cualquier otro presidente de EE UU) va a defender algo así como una política de izquierdas (es decir, democrática) es simplemente un sueño alcohólico – por la sencilla razón de que pertenecen a la clase que tendría que perder seriamente con esa política.

Dicho esto, quiero centrarme en el análisis de su análisis. Obama aparece a la defensiva, dice Lakoff, dentro de un cuadro que favorece a los conservadores. No ata los hilos, no es capaz de denunciar rotundamente lo que hay detrás del incesante goteo de escándalos y convocar a la nación a hacerles frente. Debería oponerse claramente al discurso del beneficio y el dinero de la corporocracia. ¿En qué debería consistir la alternativa? Un discurso donde prevaleciese la idea de empathy que, según Lakoff, es la seña de identidad de la izquierda (de la “democracia”): Empathy, and acting on it effectively, is the main business of government.

Su énfasis a ese respecto es tal que al final de su artículo sugiere enviar correos a Obama con dos “sencillas” palabras: Empathy now!

Pero, ¿qué demonios quiere decir empathy? Consciente de que la idea no se da por supuesta, Lakoff nos la explica, por supuesto en inglés: Democracy is based on empathy, on people caring about one another and acting to the very best of their ability on that care, for their families, their communities, their nation, and the world. Government must also care and act on that care.

Y yo traduzco para monolingües como puedo: “La democracia se basa en la empatía, en personas que se preocupan/interesan las unas por las otras y que actúan lo mejor que pueden en nombre de esa preocupación/cuidado por sus familias, sus comunidades, su nación y el mundo. El gobierno debe también preocuparse y actuar a partir de esa preocupación/cuidado/interés.”

En esa definición se incluye otra palabra-clave de nuevo diseño, care, tan dependiente de la lengua inglesa que es difícil de traducir y repetida hasta la extenuación, como hace quien quiere imbuirla, inculcarla. Con todo y con eso, ¿empathy no quiere decir simplemente “solidaridad”?, ¿hay algo en el significado de empathy que no se cubra con esa vieja palabra - solidaridad? Entonces ¿por qué usar semejante palabro - empatía?

En ese mismo artículo reincide también en la noción de empowerment, de la que, sin que nos conste la patente, es inventor. Lo hace en un contexto casi sinonímico del anterior: Government's job is to protect and empower its citizens.

Si a alguien se le propusiese completar la línea “La principal tarea del gobierno es”, quizá se le ocurriese “proteger a sus ciudadanos”, pero dudo mucho que a nadie se le ocurriese algo como empower sin haber leído jamás a Lakoff. Es natural: en contextos como éste la palabra no se está usando, se nos enseña usarla.

Empowerment es, como digo, otra palabra de diseño, nueva en inglés (al menos en su uso político) y, sospechosamente, sin correspondencia exacta en castellano.

He observado que ciertos grupos del activismo feminista intentan naturalizar el constructo en castellano llenando las paredes de pintadas que dicen “Mujer, empodérate”. Pero esas pintadas suelen estar cerca de las facultades universitarias. Fuera de allí, mucha gente se rascaría el colodrillo preguntándose “¿Ahora se dice así?”

Del mismo modo otros, ya veréis, no ofrecerán de aquí a poco el producto “empatía” y el producto care en algún envase castellanizado, como si la redención de la opresión pasase por calcar las ocurrencias que Lakoff tiene en inglés.

Pero en mi humilde opinión, la inventiva del propio Lakoff es contraproducente porque 1) pretende ignorar y condenar por no-modernas las palabras clave de la izquierda y la ilustración europea (incluso, y que el Señor me perdone, pre-cristiana), y 2) considera a los ciudadanos como un público de consumidores de política a los que es posible mercadear productos del lenguaje y manipular a través de ellos.

Y sin embargo 1) el enemigo más peligroso es la convicción de que las viejas luchas han caducado, están pasadas de moda, no son “modernas” – cuando entonces, ahora y siempre no hay otra lucha que la lucha en torno a los privilegios: la que sostienen los privilegiados para mantenerlos y ampliarlos y la que sostienen los desfavorecidos para eliminarlos. A esa lucha la llamó Marx (Carlos) “lucha de clases” y cada vez veo menos razones para darle un nombre más coqueto.

Y 2) con su actitud, Lakoff se comporta exactamente como un vendedor de palabras nuevas-modernas (empowerment, care, empathy), que repite machaconamente para ver si las compra el consumidor snob que cree que todos llevamos dentro. Como efecto inmediato, y en términos de su propia teoría, sólo consigue reforzar el frame, el marco de referencia, dominante - la modernidad.

En mi propia teoría: el lenguaje construye su propio destinatario, el destinatario adecuado; un lenguaje “moderno” construye un destinatario “moderno”, y es precisamente ese destinatario “moderno” el sumidero por el que se nos escapan los significados.

Desde mi punto de vista toda la ventaja y la razón de la izquierda descansa no en un uso particular del lenguaje o de la retórica, sino en los objetivos al servicio de los cuales está ese lenguaje. Son esos objetivos morales los que (como el propio Lakoff reconoce y propugna) deben reiterarse, pero si la disputa es entre empathy (por la izquierda) y compassion (por la derecha) todo parece reducirse a un concurso de palabras bonitas – a una batalla publicitaria. Hay que hablar de “igualdad”, “justicia” y “solidaridad”: esos son, claramente, los términos históricos de combate contra los privilegios.

Obama nunca usará ese lenguaje simplemente porque no comparte esos objetivos. Punto.

Como él, si la gente negocia y acepta otro discurso entonces es que realmente no tiene ningún interés por esos valores, es decir, ansían su cupo de privilegios, es decir, son aliados de la derecha, es decir, son lacayos de los poderosos, esperando su ración de migajas más que el poder colectivo de los desfavorecidos. Ésa es una mina de la que históricamente se han servido los privilegiados, efectivamente: el ingente número de los insolidarios, en especial la abundantísima clase media insolidaria o, como diría Lakoff, sin “empatía”. Y esa gente no va a sentir solidaridad por mucho que la llamemos (o mucho menos si la llamamos) “empatía”. A esa gente no les concierne el lenguaje. Esa gente solo espera del lenguaje (si acaso) una coartada a su comportamiento. Digamos que saben distinguir entre la jerga al uso la que corresponde a sus señores y no van a dejarse confundir con palabras.

Lo que ha conseguido la derecha en estos tiempos es, precisamente, haber vaciado el campo de quienes optan por la solidaridad y la lucha por el beneficio colectivo y haber engrosado las filas de los que esperan un beneficio personal de su alineamiento con los poderosos, sin que les importe un pimiento el destino de la clase trabajadora o de la especie humana, no digamos ya de la biosfera o del planeta entero. En los países capitalistas occidentales del hemisferio norte, la bonanza y la consiguiente “elevación del nivel de vida” dio razones a estos arribistas, traidores o tránsfugas sociales, mientras que en los países del cinturón de miseria basta con prometer un poco de pan, aunque sea duro, para que muchos se rindan (como ha sucedido con Duvalier en su vuelta a Haití).

Palabras aparte, estoy de acuerdo con Lakoff. Lo que se ha roto, efectivamente, es el vínculo solidario, la convicción de que o somos todos o no es ninguno. Hay que recuperar esa convicción. Y ese discurso no se ve por ningún lado en el “marco referencial” de los planteamientos de Lakoff, del que la contundente noción de “revolución”, por poner un ejemplo, está totalmente proscrita: sus términos son edulcorados y blanditos - empowerment es suavemente atenuante con respecto a power; care es sentimental, casi fofo; empathy es condescendiente e ideal para psicoanalizados – como la clase media alta norteamericana en la que está pensando.

En ese sentido y 3) quizá sin quererlo, Lakoff contribuye a sostener la vía de influencia asentada y actúa como oficiante del imperio: habla desde el púlpito. Romper esa vía dominante de influencia es parte indispensable de cualquier proceso de emancipación.

Desengañémonos: es la comprensión de la realidad y, como requisito indispensable, la voluntad de entenderla la que hace conversos. Como ejemplo de este tipo de intelección, véase Túnez. Mientras tanto, aceptar que las viejas palabras de la lucha están gastadas significa arrojar dudas sobre las razones de sus contenidos y empezar a darles la razón a los vendedores de humo.

(De todos modos, me encantaría recibir opiniones sobre este tema)

lunes, 17 de enero de 2011

La metáfora deportiva

En la Grecia antigua, cuando se convocaban las olimpíadas, se detenían las guerras. O, mejor dicho, se continuaban deportivamente. Si von Clausewicz pudo escribir que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, yo me atrevería a afirmar que el deporte ha sido, desde aquellas remotas fechas, la continuación de la guerra por otros medios: la competición atlética era una sublimación de la disputa bélica en la que unos atletas derrotaban a otros y se llevaban a casa las recompensas para orgullo y regocijo de sus paisanos; su victoria era también, seguía siendo, una victoria – eso sí, incruenta. En más de un sentido, el enfrentamiento atlético era una metáfora de la guerra, la suplía, la substituía y representaba, ahorrando de ese modo a los bandos enfrentados la realidad de la batalla, su tragedia y sus padecimientos.

El deporte era una metáfora de la guerra entonces y siempre ha pretendido serlo – el recinto ideal para aislar el ansia de rivalidad y enfrentamiento de los hombres, para desvirtuar y reconducir las consecuencias de la violencia y de la fuerza, el lugar donde el débil podía asistir sin humillación ni temor a las proezas del fuerte. Por eso cuando el deporte, la metáfora y substituto de la guerra, se proyecta sobre la vida misma y pretende servirle a su vez de modelo y metáfora privilegiada, es como si se desenterrase un monstruo que había sido enterrado para alivio de todos. Es una nueva resurrección de los titanes.

Por eso la metáfora deportiva, la que articula el discurso de la vida como competencia, competición o competitividad, como esfuerzo, como meta, como triunfo o como fracaso, como terreno de ganadores y perdedores – resulta aterradora, resuena con el estruendo de una gigantomaquia. Es un movimiento ilógico y criminal.

Saturno enterró a los titanes y a otros monstruos y gigantes, transformándolos en montañas majestuosas, pacíficas, inertes. Y fundó así la Edad de Oro. Eso era el deporte, la sublimación olímpica. Júpiter desenterró a los titanes, monstruos y gigantes, declaró la guerra a su padre Saturno y, con la ayuda de tan formidables fuerzas, lo derrocó. Impuso su propio reinado, que trajo a los hombres el sufrimiento, la muerte y la ignorancia. Eso es la metáfora deportiva proyectada sobre la vida, la des-sublimación olímpica.

Agresividad. Sacrificio. Lucha. Desafío. Reto. Superación. Espíritu de: monstruos que campan sueltos, a sus anchas por la vida. ¿Quién volverá a enterrarlos bajo las montañas?

Tras el golpe de mano, la metáfora y sus monstruos de cien manos han adquirido rápidamente legitimidad en todos los ámbitos. Su discurso ha calado incluso hasta el lugar más insospechado, el aparentemente más al abrigo de la monstruosidad: la república de los sabios, la Universidad.

Hace poco, en algún periódico de gran difusión (¿qué más da cuál?) leí a alguien (¿qué más da quién?, un profesor de física, por si alguien quiere más datos). Ante la noticia de la concesión del premio Nobel a dos investigadores rusos a sueldo de una Universidad británica, este hombre suspiraba: también nosotros deberíamos hacer lo mismo en España, decía, fichar rusos – igual que nuestros equipos de fútbol, que pueden competir mejor gracias a sus fichajes de extranjeros.

Uno no puede por menos que estremecerse ante este monstruo de la razón. Nótese que no se dice que deberíamos fichar sabios rusos para aprovecharnos de su conocimiento y saber más. No: es para poder competir mejor, literalmente como equipos de fútbol. ¿En qué liga? Supongo que en esos escalafones, clasificaciones o rankings de Universidades que pululan por ahí oficial o extraoficialmente – nadie sabe bien para qué. (Suelen usarse para sacarles los colores a los mal clasificados, como si nadie hubiera hecho la observación de que no pueden ser otra cosa que publicidad y que, por lo tanto, han de estar pagados a escote por las primeras de la lista).

Naturalmente este profesor de física, que con tan preclaras ideas ha llegado a merecer un espacio en tribuna tan excelsa, no parece haberse planteado jamás la pregunta más sencilla: ¿qué pensarán de esto en Rusia? Su exclamación, lamento o exabrupto periodístico da por supuesta la idea de que, como en el fútbol, hay equipos de primera y equipos de segunda y que, como en el fútbol, los de primera son los que tienen la guita. Punto final. Allá los rusos…

Los cíclopes redivivos, cretinos con dinero, vuelven a sentirse fuertes y a enseñar los dientes sin complejos. ¡Hay que combatir a toda costa la metáfora deportiva!, ¡por Saturno!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pulso

Alfredo P. Rubalcaba sobre la crisis de los controladores aéreos: “Quien echa un pulso al Estado, lo pierde”.

¡¡Jaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, muoooc, muooooc… Jaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, muoooc, muooooc, muooooc… Juaaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja... Arf, arf, arf!!

Firmado: Los Mercados.

martes, 30 de noviembre de 2010

Muerte a los profesores

En enero de este año le dediqué una entrada al discurso de Barack Obama en Oslo con motivo de la entrega de ‘su’ Premio Nobel de la Paz (“El guerrero pacifista”). A ella remito al lector ocasional de este blog para mejor ambientar el rápido comentario de hoy. Decía allí que Obama se había permitido, con un matonismo impropio de semejante acto, lanzar serias amenazas a Irán por sus pretensiones de poseer la bomba atómica. “Tiene que haber consecuencias”, habían sido sus palabras al respecto en aquella ocasión.

Al mes siguiente, el 12 de enero de este año, fue asesinado con una bomba un profesor de la Universidad de Teherán, un colega, al fin y al cabo, por el que no conozco ninguna universidad del mundo que encendiera una vela. Se llamaba Masud Mohammadi y era un físico especialista en energía nuclear. Como en una escena de El americano impasible, una bicicleta explotó a su paso. Nadie ha reivindicado el atentado. Inevitablemente, a mí me recordó que el ingeniero Ryan fue asesinado por ETA para impedir la construcción de la central nuclear de Lemóniz.

Ayer, coincidiendo con la escandalera en torno a los chismes diplomáticos filtrados por Wikileaks (entre otros, que los jeques árabes del golfo suspiran por impedir, como Israel y EE UU, la nuclearización iraní), otros dos profesores de la universidad de Teherán han sido víctimas de sendos atentados por un procedimiento similar: el profesor Mayid Shahriyarí ha muerto; el profesor Ferydún Abbasí-Davaní ha resultado herido. A ambos les acompañaban sus esposas, gravemente heridas. ¿Ninguna universidad civilizada tendrá algo que decir respecto a los atentados contra nuestros colegas? ¿Nuestro cinismo nos permitirá encogernos de hombros ante las víctimas del terrorismo ‘bueno’ y seguir celebrando al ‘guerrero pacifista’ sin establecer ninguna conexión entre estos hechos y el chulesco discurso de Oslo?

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Proteo en Hacienda

Según la mitología griega, Proteo era un dios marino que podía predecir el futuro, pero cambiaba de forma para evitar tener que hacerlo, contestando sólo a quien era capaz de capturarlo. Inatrapable y enigmática, como Proteo, la llamada crisis no para de transformarse y mutar, al parecer imposible de ser contenida y sin respuesta sobre su evolución. Y, sin embargo, no hace falta mucha ciencia para aventurar sus inclinaciones y perversiones más íntimas.

Los países de Europa son su objetivo manifiesto: después de la remota periferia, después de Islandia y los paises bálticos, los que más prisa se dieron en ‘liberalizarse’, la zona euro es ahora la víctima preferida de “los mercados”, que actúan como expertos timadores cebándose sobre quienes más les creyeron.

El tornado sigue girando hacia el centro: primero fue Grecia, sacrificada en el altar de los bancos alemanes, y es ahora Irlanda, esa misma Irlanda que hasta antes de ayer era presentada por los serviles y estupidificados medios de comunicación como el ‘Tigre Celta’, la esmeralda del neoliberalismo, ejemplo inmarcesible del éxito, del boom y del bang de las teorías privatizadoras - la que debe ser “rescatada” por un Monopoly siniestro. Con sus cientos de miles de millones bajo el brazo, los técnicos de la UE y el FMI llegan al rescate con sus contrapartidas tipo ángel exterminador: hay que reducir drásticamente el “déficit público”, causado en último extremo por los desembolsos públicos para “rescatar” bancos en apuros.

Dicen que los próximos somos nosotros, los portugueses y los españoles… El presidente del Banco de España ya anda por ahí diciendo que a quién se le ocurre no recortar las pensiones, que qué van a pensar de “nosotros” “los mercados” (todo tiene que ir entre comillas porque todo es lenguaje figurado y nada significa nada), que ya no confían en “nosotros” porque no tenemos suficiente sadismo para joder a los trabajadores.

En conclusión: hay que arrojar a la gente a la intemperie, desmantelar a toda costa el Estado protector, que debe pagar de ese modo su papel de Noé de la gran banca. Los “mercados” apuntan, el FMI ejecuta.

Puesto que no se recogen impuestos (los ricos están exentos o defraudan impunemente y los pobres, en el paro, no cotizan), hay que pedir prestado a los mismos ricos a quienes se exime de tributar y a quienes se ha transferido cantidades industriales de dinero público. Con aire paternal, los ricos que no pagan y se llevan el dinero público acuden a adquirir bonos y letras de la deuda pública a un interés cada vez más exorbitante que reduce aún más la holgura del lazo que estrangula al Estado. Nadie parece hacerse la pregunta evidente: ¿por qué no se les confisca ese dinero en forma de impuestos, en lugar de pretenderlo como préstamos, que son el precio de nuestra soberanía?

La amenaza de no poder vender más deuda pública y entrar en bancarrota hace sonar la campanilla de auxilio de los Estados. Los paniaguados de los ricos, políticos de la UE o economistas del FMI, hacen entonces su entrada triunfal… exigiendo a cambio más ventajas para los poderosos y más sufrimientos para los débiles. Y vuelta a empezar.

En ese ciclo infernal, la moneda común se debilita como resultado de la “desconfianza” de “los mercados” (es decir, esos fondos de inversión nutridos de dinero robado, evadido o subvencionado y, según el presidente del Banco de España, lo único que debe preocuparnos en el mundo). Mi hipoteca en yenes, de la que no he conseguido escapar, se dispara. Pero eso importa poco en comparación con la desesperación de otros muchos.

¿Los beneficiarios? El submarino angloamericano, concertando sus poderes financieros en Wall Street y Londres para torpedear cualquier sombra de competencia monetaria con el dólar; los industriales alemanes, a quienes un euro bajo les facilita la exportación y también el propio Estado alemán, cuya deuda pública se convierte en refugio de quienes huyen de la incertidumbre de las demás (a esa estrategia juega, con su sonrisa de adolescente loca, Angela Merkel); los ideológos neoliberales, que en lugar de recibir su castigo merecido como promotores de la “crisis” (¿cómo se explica que nadie pida explicaciones por el fracaso de Irlanda?), sacan pecho y, aprovechando el anonadamiento general, reclaman más de lo mismo para conjurar el demonio del “déficit público”; los oportunistas de la gran industria del empleo (vampiros del motor en gran número, desde el sector del automóvil a los explotadores de autopistas privadas), que se apresuran a chantajear a los poderes públicos con la amenaza de dejar en el paro a más gente si no se les “ayuda”, impulsando aún más el socialismo para ricos en que se ha transformado nuestro proteico sistema.

Regalárselo todo a quien puede pagar mucho, y cobrarle hasta el último céntimo a quien no puede pagar: ese es el lema de la buena economía al uso. Hace ya tiempo que las llamadas “corporaciones” no solamente no tributan al fisco sino que obtienen dinero público vía subvenciones, “vacaciones fiscales” u otras fiestas fiscales de guardar.

En el futuro, mientras se reduce el déficit público, nuestro impuestos irán cada vez menos a gastos sociales y cada vez más por el mismo sumidero abajo – a las arcas de quienes tienen dinero para poner en el casino de la economía. Y otro piquito quedará para pagar a la policía que debe rompernos la cabeza cada vez que la levantemos, de manera que, en el colmo de la sofisticación, seamos nosotros quienes paguemos nuestro propio vapuleo. Conviene tenerlo en cuenta a la hora de plantearnos nuestras futuras relaciones con Hacienda.

viernes, 22 de octubre de 2010

¡Que viva Cánovas!

“El líder conservador anuncia nuevas reformas”. “El líder conservador urge las reformas”: titulares de ese tipo se han convertido en moneda corriente en nuestra prensa. Fueron de rigor cuando Nicolas Sarkozy ganó las elecciones presidenciales en Francia, hasta tal punto que los comentaristas tenían problemas para decidir si debían hablar de él como el “líder conservador” o como el líder “reformista”. A fecha de hoy día puede leerse: “El presidente conservador francés, Nicolas Sarkozy, anunció el jueves una serie de ajustes a la reforma de la jubilación”, o “Los franceses rechazan la reforma de la jubilación impulsada por el presidente conservador Sarkozy” - sin que nadie parezca sorprendido por la flagrante contradicción. ¿Es posible ser “conservador” y haberse convertido en el principal promotor de “reformas”? ¿No significa “conservar” más bien “dejemos las cosas en paz” en lugar de “vamos a arremangarnos y cambiar todo esto”?

El oxímoron ha ido adquiriendo cada vez mayor redondez y volumen, hasta que, en los últimos días parece estar a punto de estallar: David Cameron, el flamante primer ministro de Gran Bretaña y líder del Partido Conservador (sic) ha dejado a sus feligreses y a la propia prensa un poco aturdidos cuando, presentando su batería de reformas dispuestas para dinamitar lo que de Estado social queda en su país, ha salido por fin del armario: “Ahora nosotros somos los radicales.”

Y, de pronto, lo he comprendido todo, he caído del caballo.

Efectivamente: yo, que toda mi vida he sido, a juicio de mis interlocutores, un radical, un extremista, un exagerado y todas esas acusaciones que pretenden descalificar tu discurso por vía del cañonazo ad hominem - yo venía últimamente sintiéndome raro. Notaba que cada vez que oía a alguien hablar de “modernidad” o de “progreso” la adrelanina me hervía en el cuero cabelludo. ¿Qué me estaba pasando, a mí, que alguna vez había dicho “Si es tradicional, es malo”? De repente notaba que el pasado me gustaba más que de costumbre, que las innovaciones me parecían jugadas de trilero, que el I + D me sonaba a “Y deme más”, que los experimentos, con gaseosa, y no podía por menos que pensar, un poco melancólico: “Me estoy haciendo viejo”.

Pero, no. Aunque también, no me estaba volviendo viejo: me estaba volviendo conservador. O, más bien, igual que cuando se mueve un tren en sentido contrario al nuestro da la impresión de que somos nosotros quienes nos movemos, cuando quise darme cuenta, la historia, y no mi biografía, me había hecho conservador. A los rojos de mi generación, coherentes con sus ideas, la historia nos ha hecho conservadores. Nuestra palabra hoy, la unica palabra que intercambiamos, es “resistencia”. Nadie habla de “avance”, nadie habla ya de “conquistas”: sólo podemos soñar con resistir, resistir y resistir. O sea: conservar, conservar y conservar.

“Todo esto debe saberse”, pensé. “La gente debe darse cuenta de que todo es ahora al contrario de lo que hasta ahora había supuesto.” Como confirmaban los expertos en sondeos y tendencias sociales, el electorado europeo era centrista, estaba convencido de que quienes estaban en el gobierno eran moderados, gente pragmática, centrada y que los extremistas estaban fuera del gobierno, como su propio nombre indica, en los márgenes del sistema. Y sin embargo, tal y como los elegidos confiesan, es hora de que los electores compredan que estan siendo gobernados por peligrosos radicales camuflados con traje de chaqueta y corbata, mientras que los tipos de verdad conservadores, carcas, casi casi reaccionarios, yo diría, estamos por ahí, manifestándonos en zapatillas de deporte, vaqueros raídos y camisa por fuera del cinturón.

¿No se dan cuenta? Quien habla todo el rato de “reformas” (reforma laboral, reforma de las pensiones, reforma de la seguridad social, reforma educativa), quien nos exige no detenerse hasta alcanzar la “excelencia” o, aún más inalcanzable, la “eficiencia”, quien no se contenta nunca con la “productividad” existente, quien nos propone una vida de “competencia” deportiva y sin relajos, quien se sirve sin cesar de esos iconos verbales acuñados en los centros neocon mientras “implementa” con azogue hiperactivo una batería interminable de nuevos decretos y leyes que “ajustan estructuralemente” nuestras vidas es, tiene que ser, no queda más remedio que sea un peligroso e insaciable inconformista.

¿Es que no lo ven? Incluso las palabras de siempre les parecen manidas. Con el mismo fanatismo con que los revolucionarios franceses dejaron enero y julio para hablar de brumario y termidor, ellos han dejado de referirse a la justicia, a la igualdad, a la fraternidad, a la solidaridad, a la esperanza, a la utopía como inspiración u objetivo de ninguna especie – y en su lugar nos largan su farfolla angloide de fontanería financiera. Ellos, los neoliberales y sus lacayos, los socialdemócratas, después de cargarse los bares, cafeterías y ultramarinos que habíamos conocido de toda la vida y llenarnos las calles de sucursales bancarias, están dispuestos también a desmantelar los contratos que hemos conocido de toda la vida, las pensiones que hemos conocido de toda la vida, la sanidad que hemos conocido de toda la vida, la educación que hemos conocido de toda la vida, el paisaje que hemos conocido de toda la vida. Quieren cambiárnoslo todo: la tierra, el aire, el alma. En lugar de conformarse con lo de siempre, como dios manda, nos han sumido en un permanente estado de enloquecida experimentación. Y no sólo a los mayores: incluso se atreven con los niños. Porque, ¿qué otra cosa es sino un experimento radical con niños la masiva implantación de una enseñanza en una lengua distinta de la de sus padres, que es de lo que se habla cuando se habla de “bilingüismo”? ¿No supone, en fin, la economía de mercado que nuestros gobernantes idolatran, dispuesta a transformar radicalmente nuestro paisaje bajo el ladrillo y el hormigón, a sondear radicalmente el Ártico en busca de petróleo, a talar radicalmente la Amazonia para plantar soja, un serio y radical experimento con todo el planeta?

Gracias, señor Cameron, por su sinceridad: se llame como se llame su partido, usted, no, pero yo, sí, yo sí que soy conservador. Y qué felicidad haberlo descubierto. Hoy lo proclamo con lágrimas en los ojos: sí, soy conservador. Coño, por fin soy conservador. Soy conservador como los transportistas, los obreros y los estudiantes franceses que paralizan su país contra las reformas de Sarkozy. Soy conservador como los huelgistas y manifestantes griegos. Soy conservador y quiero que dejen en paz a los mayores y a los pequeños, quiero que dejen en paz al planeta, quiero que dejen en paz las leyes, las costumbres y las normas.

Y, de paso, quiero que todos los electores que gustan de votar centrado y moderado sepan que unos peligrosos radicales, unos auténticos antisistema, se han hecho surrepticiamente con el poder y están dispuestos a no dejar títere con cabeza. Por fin podré replicarle a quien me acuse de radical: “No te confundas: los radicales están en el gobierno”. El extremo es el centro y, consecuentemente, el centro es el extremo. El centro derecha y el centro izquierda: ahí está el abismo. Si quieren una política realmente moderada, centrada y sanamente conservadora, ya pueden ir pensando en la extrema izquierda – esa pandilla de apolillados y rancios antimodernos, gente a la que le gustaría, simplemente, que las cosas se quedasen como a finales de los años setenta o, poniéndonos estupendos, a principios de los ochenta del siglo pasado, con sus ambulatorios sin externalizar, sus convenios colectivos, sus Institutos públicos respetados, sus Universidades sin ránking, su fiscalidad progresiva, su mundo sin globalización ni escuelas de negocios, su Unión Soviética de cartón piedra, sus viajes en tren y hasta su peseta. ¡Qué viva Cánovas!

jueves, 14 de octubre de 2010

Guerra de divisas y lucha de clases

En el mundo hay en curso una auténtica guerra de divisas. La Reserva Federal de Estados Unidos está inundando los “mercados” de dólares. Eso mismo están haciendo los Bancos Centrales de Japón o de Gran Bretaña con sus yenes y sus libras esterlinas. ¿Cuál es el propósito? Mientras se les exige a los demás (sobre todo a China) que aumenten el valor de sus monedas, esa inundación de liquidez debería obligar a los socios comerciales a aceptar dólares, yenes o libras más baratas. Al abaratar el precio de sus productos hacia el exterior se estaría rehabilitando la llamada competitividad exportadora, posibilitando de ese modo una salida de la recesión sin subirles el sueldo a los trabajadores. Como puede ver hasta el más ciego, el planteamiento de los bancos centrales es pura y dura lucha de clases.