miércoles, 18 de septiembre de 2013

A desalambrar




El pasado lunes 16 han conseguido entrar en Melilla hasta un centenar de emigrantes. (La prensa dice "inmigrantes", pero ése es nuestro punto de vista y, a diferencia de lo que creen los periodistas neutrales, lo primero que hay que hacer para relatar con justicia cualquier conflicto es ponerse en el pellejo del más débil y vulnerable, es decir, adoptar su punto de vista.)
La gran colada se ha producido tras un salto coordinado de la valla fronteriza en el que han participado unos 300 subsaharianos, según la Delegación del Gobierno en la ciudad autónoma. Para conseguirlo, esos campeones de la libre iniciativa y del amor al riesgo tuvieron que superar la doble alambrada de 6 metros de altura y 12 kilómetros de longitud que separa Melilla de territorio marroquí, uno de los catorce muros (o así) que este mundo neoliberal nuestro erige contra los emprendedores de verdad. Enhorabuena a los premiados.
Esas barreras y alambradas no sólo resultan una prueba intolerable e innecesaria para los de fuera, sino que, como espero probar, nos perjudican a nosotros mismos, a los que estamos dentro, a quienes se dice proteger. Después del derecho universal al fracaso, del que hablé en una entrada reciente, la siguiente medida que debería garantizarse inmediatamente es el derecho a la libre circulación de las personas. Si así se hiciera, sancionándolo por escrito en la ley e imbuyéndolo en las escuelas, sucederían cosas muy interesantes. Aprovecho desde aquí para saludar a los amigos e invitar a los profesores de las Facultades de Economía y Ciencias Políticas a que elaboren con sus estudiantes un simulacro, describiendo con detalle todos los posibles efectos de dicha medida. Yo adelanto los que a mí se me han pasado por la sesera.
Quede claro que mi planteamiento se ajusta plenamente a la ortodoxia. Debemos recordar a los amantes de la libertad la aplicación real de su ideología. Hay que completar la libre circulación de capitales con la auténtica y definitiva libertad que debería traer la globalización: que las personas puedan desplazarse sin restricciones por el mundo y que las fronteras sólo sirvan para demarcar el contorno de las ligas de fútbol. (Pero, por favor, ¿hay algo menos moderno que una frontera?)
Eso debería valer para las personas fisicas, pero si algún amante de la libertad me convenciera, por razones que escapan ahora a mi modesta inteligencia, de que el libre movimiento sólo vale para las jurídicas, entonces debería ser gratuito darse de alta como sociedad anónima. En lugar de llamarte Manolo, y por paradójico que pueda resultar, pasarías a llamarte Manolo Sociedad Anónima (Manolo S.A., y así se bautizaría ya a los recién nacidos). En tanto que empresa unipersonal, Manolo S.A. se beneficiaría de todas las ventajas que este sistema nuestro reserva para las corporaciones y a continuación podría instalarse en un apartamento en las islas Caimán u otro paraíso cualquiera.
Con uno u otro marco legal, veríamos entonces los efectos de un proceso de "movilidad exterior" verdaderamente espontáneo, el auténtico "mercado de trabajo" actuando con frenético dinamismo. La población del mundo seguiría el rastro del dinero como un sabueso a una perdiz. Los hombres y mujeres de los países pobres, del Sur, del antiguamente llamado Tercer Mundo, afluirían como corrientes marinas a las bonitas islas del Norte donde recalan en su viaje por el mundo, como el fantasma holandés aquel de la ópera, los capitales errantes que huyen sin tregua de las Haciendas nacionales.
Como primer efecto, los paraísos fiscales se harían invivibles. Serían inmediatamente anegados por oleadas de (e)migrantes a la búsqueda de la calderilla de los millonarios. Por efecto autorregulador del Mercado, los pobres de todo el mundo acudirían a la Prosperidad como moscas a la mierda, reventando el oasis demográfico y social. Allí no querrían quedarse a vivir ni los testaferros. Y entonces, ¿para qué iban a querer sus gobiernos seguir siendo paraísos fiscales? Decretarían de inmediato el fin del secreto bancario sólo por quitarse de encima tanta humanidad.
Los demás privilegiados divisaríamos en lontananza la llegada del tsumani demográfico. Veríamos a media Lationamérica atravesando el desierto, tal que el pueblo elegido, camino del Río Bravo, o a media África surcando en zodiac el estrecho de Gibraltar, como el mismo pueblo elegido después de haber atravesado el desierto. Los vigías anunciarían a todo el interminable ejército de los que huyen de la guerra y el hambre o (¿por qué no?) de los que sencillamente persiguen los deseos inducidos por la publicidad. Ante semejante amenaza los amos de América del Norte y de Europa no tendrían más remedio que efectuar una maniobra natural: enviar emisarios para convencerles de que se queden allí donde han crecido. Pero, sin policía que te obligue, si cada uno puede ir adonde y cuando le dé la real gana, hará falta algo más que propaganda.
El movimiento libre pondría la retórica de la globalización contra las cuerdas. En un mundo verdaderamente liberal y globalizado, en el que estuviese garantizada la libertad de circulación personal sin restricciones, los amos se verían obligados a convivir con el resultado social de su sistema dentro de casa, a tener por vecina a la parte desagradable de la estadística. La demanda (de dinero) se encontraría, imantada por su polo contrario, con la oferta. La pobreza se movería como una veleta siguiendo el viento de la riqueza.
El bonito problema del reparto o la trinchera se presentaría entonces en toda su crudeza. Los capitales tratarían de huir, pero, en esas condiciones, ¿hasta dónde podría llevarse uno su salvación personal sin que le persiguiera la debacle colectiva? Tendrían que ingeniarse otros métodos. ¿Tal vez colaborar en el desarrollo equilibrado de todas las regiones del globo? Pudiera ser...
La corrección de desequilibrios macroeconómicos que provocaría la medida que estoy defendiendo podría llegar a conseguir grandes cosas. El enemigo (que está dentro, y no fuera) podría avenirse a colaborar si llegara a comprender que, de esa manera, no sólo se quitarían estímulos a las invasiones bárbaras y la "movilidad exterior" se reduciría por falta de interés, sino que a ellos mismos, tal vez, les gustaría también vivir en paz y buen rollito en las exóticas, cálidas y hermosas tierras de los bárbaros.
Desalambremos, ya.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La Botella medio vacía



Observo irreverencia y despiporre en la Red y en los medios de (in)comunicación porque la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, parece haber dado muestras de desconocimiento del inglés durante su intevención en una rueda de prensa tenida en Buenos Aires, con motivo de salir gallardamente en defensa de la candidatura de la ciudad que gobierna para albergar ciertos juegos deportivos.
Pues bien, tercio de mala gana en los cotilleos para protestar: no veo qué gracia tiene que una española no hablé inglés. ¿Tendría que dar risa el que una húngara no hablase lituano, o una vietnamita portugués? Sencillamente, el inglés no es la lengua de la alcaldesa. Hasta dónde yo sé, no existe ninguna ley que exija hablar otra lengua que la materna para legislar en representación de alguien.
Otra cosa distinta sería que, para dedicarse a la política en foros internacionales, se recomendase dominar más de un idioma. Eso parece razonable, pero, para demostrar que no lo es, bastaría con someter a un examen de poliglosia, o simplemente de bilingüismo, a los políticos estadounidenses o británicos.
Así que, convendría dejar de dar por supuesto que un ciudadano español, incluso cargo público, tiene que hablar un inglés del que nadie se descojone. No, por el momento y mientras sigamos siendo ciudadanos de un país independiente, el problema no está en que Ana Botella no sepa hablar la lengua de Johnny Rotten (¡incluso aunque su partido insista en lo contrario!): el problema es que no sabe hablar ni la lengua de ese país suyo, al que pretende representar.
En la mencionada conferencia de prensa un periodista angloparlante osa preguntarle si resulta oportuno que un país sumido en una crisis de deuda pública y con el 27 por ciento de su población activa en paro se gaste los cuartos en organizar los susodichos juegos deportivos. Ana Botella prescinde muy coqueta de los cascos de interpretación y responde en román paladino. La transcripción de su respuesta es, con toda la precisión posible, la que sigue:
- Tenemos el 90% de las infraestructuras hechas, son unas infraestructuras eh de gran calidad, tenemos eh instalaciones deportivas de gran eeeh calidad y eso cremos que puede ser una nueva forma de ser candidato una ciudad con el 80% de las infraestructuras hechas.
¿Alguien puede sacar de ese pastiche sonoro, de ese revoltijo alfanumérico no ya algo conectado remotamente con la pregunta, sino algo conectado, sin más, articulado, referido a una idea precisa? El discurso público que expresa la regidora de la capital de España en su lengua materna está un paso más allá del galimatías y cerca ya del balbuceo. ¿Qué más da si ha entendido o no ha entendido el inglés? No conviene ver la Botella medio llena cuando simplemente está medio vacía.

miércoles, 5 de junio de 2013

El derecho al fracaso



He estado mucho tiempo callado. En realidad estaba mudo, sin palabras. Miraba alrededor, leía la prensa, estudiaba mis facturas, me enteraba y cada vez que iba a abrir la boca, la realidad me la tapaba. ¿Qué necesidad, me decía, hay de decir nada, de explicar algo? ¿No está todo a los ojos de todos? A buen entendedor... Quienes no ven la manera en que se nos esquilma y se nos hunde en la miseria tienen poco remedio, es que no quieren verlo. Sé que no escribo para ellos. Pero la gente para la que yo escribo, están todos de vuelta y media. No tengo nada que añadir a la claridad luminosa que reina como un nuevo amanecer: preferentistas, jubilados, funcionarios, jueces, bomberos, médicos, profesores.... todos tenemos amigos caídos en la guerra que se nos ha declarado.
De hecho, me había cansado de analizar esa guerra, de denunciarla, de estudiarle los matices en la voz, de mofarme de sus conquistas, de escribir sin hacer otra cosa que señalarle las vergüenzas al enemigo, pero sin llegar de verdad a encontrarle las cosquillas.
Ahora creo que no puedo seguir callado. Siento que ha llegado el momento de recuperar la voz, pero no para seguir denunciando al buen tuntún de la actualidad como un lector de periódicos cabreado, cada día más histérico, sino para proponer alternativas. Ya está bien de criticar; hay que aportar ideas - lo dicen todos los telediarios.
Ya no basta con lamerse las heridas, hay que pasar al contraataque. Así que me he puesto a pensar en algunas ideas que poner sobre la mesa. Sí, sí, no me miréis así. Estoy hablando de propuestas: mi paquete de medidas, digamos, mi modesta proposición. Comenzaré con una iniciativa. Seguro que más adelante se me ocurrirá alguna más: podéis estar seguros de que, llegado el caso, os las comunicaré inmediatamente.
He tratado de ser lo más realista que he podido - ya me dirán otros si he sido o no lo suficientemente realista. Busco ideas que no cuesten dinero y que deberían regir a la comunidad en forma de leyes. Deberían tener la garantía constitucional y el respaldo de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, de la policía, de la Guardia Civil, de la Ertzantza, del CNI. Ya hemos visto que, para lo que trae cuenta, la Constitución puede cambiarse de un día para otro.
La primera medida que propongo es el derecho universal al fracaso y la igualdad en su acceso.
Si es usted un banquero, tiene pleno derecho a fracasar. Sin limitaciones. Usted será rescatado. La cosa no tendrá mayores consecuencias: aunque hunda usted su banco, usted seguirá disfrutando del mismo tren de vida. Seguirá residiendo bajo techo en su primera y en su segunda residencia, comiendo y bebiendo a voluntad, recibiendo la mejor atención médica. No, hombre, no se preocupe: no irá usted a la cárcel.
Si es usted ejecutivo, uno de esos altos ejecutivos de corbata rosa, también tiene usted pleno derecho a fracasar. Incluso aunque hunda la compañía para la que trabajaba, puede murmurar, como si fuese una verdad evidente: "Todo el mundo tiene derecho a equivocarse" y, antes de cambiar de aires, cobrar su liquidación blindada por valor de un montón de millones. Es posible, de hecho, que su trabajo consista precisamente en hundir empresas, convirtiendo el fracaso en su manera particular de éxito, pero incluso aunque ese no sea el objetivo, su responsabilidad y el precio que debe pagar por ella es muy, muy limitada.
La protección contra el fracaso de ciertos sectores interesa enormemente al gobierno. Según una nueva ley, de la que informaba la prensa el pasado día 25 de mayo, si es usted "emprendedor" no tendrá que responder de sus fracasos con su casa como prenda. Quizá pierda su inversión y su tiempo, pero ningún crédito impagado amenazará su seguridad. ¿Por qué? Muy sencillo: porque es mejor. Usted también tiene derecho al fracaso, qué caray. Nada podrá quitarle el sueño. Por si su red familiar no fuera lo suficientemente tupida o sus relaciones no eran lo suficientemente solventes como para rescatarle, el gobierno le asegura.
En cambio, ay, amigo, si eres un asalariado sin familia o amigos pudientes, especialmente si eres un obrero inmigrante, no tendrás el menor derecho al patinazo.
Si hay que medirla por sus consecuencias, la responsabilidad se agranda de arriba abajo (¡no al revés!): a menor responsabilidad, mayor salario y mejor cobertura contra el fracaso.
De las falsedades que repite el discurso dominante hay algunas especialmente sangrantes.
Una de ellas dice que es justo que el inversor o el empresario tenga mayores garantías que el obrero, porque el inversor o empresario arriesga la fortuna que ha invertido en el negocio. Bueno, es posible que el trabajador no se juegue nunca tanto dinero, pero el caso es que se lo juega todo en cada contrato.
Si su empresa quiebra, a diferencia de sus jefes, la responsabilidad del empleado será inmensa, total - y las consecuencias, para echarse a temblar. Será despedido, perderá su salario y, después de perder su salario, habrá perdido el techo, la comida y la bebida, la salud, la tranquilidad, el sueño y hasta las ganas de vivir.
Otra de las grandes memeces que se repiten de emisora en emisora es la idea peregrina de que cada persona recibe lo que se merece. Ésta es quizá una de las idioteces verdaderamente grandes. Pensemos en los niños: ¿cuál de ellos se ha merecido lo que tiene? Obviamente ninguno. No han tenido tiempo para hacer merecimientos. Se dirá: "Pero son los merecimientos de sus padres los que le benefician o perjudican." Quizá, pero para el niño, esa circunstancia no deja de ser un azar, una lotería - la lotería genética. De entrada, ninguno de los menores se ha ganado lo que tiene.
Y, ¿es que alguien ignora que en el futuro de los niños pesarán como una losa los números que le tocaron en suerte - el medio sociocultural, el acceso a la formación, las garantías sanitarias, las proteínas de su alimentación? Si bien se mira, los méritos o deméritos de sus padres -que también fueron niños- suelen estar, a su vez, fundados en esa casualidad.
A ese azar fundamental se añadirá más tarde el azar, bastante probable, del fracaso personal. A mi me parece bien que se asegure a los banqueros, a los altos ejecutivos y a los emprendedores: cualquiera concluirá conmigo que lo que habría que hacer es, igual que se hace con ellos y por las mismas razones (porque es mejor), asegurarnos todos contra una sociedad enormemente azarosa. Asegurémonos, quiero decir, todos por igual.
¿Por qué la derecha, tan celosa de preservar a toda costa la igualdad entre las distintas Comunidades Autónomas, cuya asimetría en cualquier aspecto le parece intolerable, tiene tan poco interés en eliminar las asimetrías entre las clases sociales y entre las personas?
Recientemente una Delegada del Gobierno declaraba muy convencida: "Es bueno que haya ricos y pijos: ellos son los que consumen y gastan dinero." No voy a entrar en el debate sobre la causa de la bondad: si eso es bueno, ¿entonces por qué no todos?, ¿por qué sólo unos pocos?
Y si la Delegada me saliera al paso con alguna razón por la cual no todos podamos ser ricos y pijos a la vez, preguntaré a continuación: "Bueno, y ¿por qué no por turno?"
El muy diferente seguro contra el fracaso que nos asiste a unos y a otros es el índice de desigualdad más ofensivo de nuestra organización social. Eso sí que son derechos históricos arbitrarios.
La buena o mala organización de una sociedad no se prueba en la bonanza: cualquier sistema es bueno cuando hay de sobra. En el paraíso no harían falta estructuras comunitarias. La buena o mala organización social se verifica en las adversidades: es precisamente para eso para lo que debe organizarse la sociedad. Es para enfrentarnos a las dificultades para lo que nos trae cuenta el pacto social.
La sociedad no debe estar preparada para el triunfo, sino para el fracaso - para la impotencia, para la vulnerabilidad, para la debilidad. La seguridad social nos conviene porque este mundo es ya bastante jodido.
Por eso ahora, precisamente ahora, resulta inexplicable el desmantelamiento de los servicios públicos. Por eso, el que ahora, en estos momentos de progresivo empobrecimiento, se nos recuerde que la vida es dura, y que debemos prepararnos para cosas peores aún, aparte de un insulto, es una prueba más de que soportamos un orden al que sólo un sádico puede encontrar fundamento.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Divertirse hasta morir


Cuando era pequeño, uno de nuestros entretenimientos a principio de cada curso consistía en coleccionar cromos de los futbolistas que jugaban en Primera División. En aquel período que coincidía con el inicio de cada temporada futbolística, completábamos los álbumes hasta el último recuadro e intercambiábamos para ello con gran animación los que teníamos repetidos.
Recuerdo muy bien los bustos de los futbolistas, cada uno con la camiseta de su equipo: uno tras otro, todos salían sonriendo en la foto, como si verdaderamente estuviesen contentos de ganarse la vida dedicándose a jugar a lo que les gustaba.
Esa imagen de campechanía seguía acompañando a ese deporte todavía en 1982, cuando yo acabé mi carrera universitaria. Demasiado incluso para algunos, el logotipo del Mundial que se celebró aquel año en España, Naranjito, era una simpática naranja bonachona y sonriente.
Todo eso se acabó. La imagen del fútbol ha cambiado de una manera drástica, como puede comprobar apelando a su memoria cualquiera que tenga un recorrido vital suficiente: los futbolistas salen ahora en la publicidad, siempre y sin excepción, con cara de pocos amigos. Tatuados como piratas, marcan mandíbula. Hasta el pobre Andrés Iniesta, un chico a quien cuesta imaginar enfadado, tiene que obedecer la orden del director de fotografía para que ponga mirada de desafío.
Otro tanto ha sucedido con la imagen asociada a los campeonatos: animada por la música atronadora y solemne de las películas épicas, suele ser muy poco simpática. En esas presentaciones se hace mutar a los jugadores en robots implacables, musculosos y amenazantes.
Un cambio correspondiente de actitud ha acompañado a los periodistas y locutores deportivos: sin atisbo de mala conciencia, convencidos de su contribución a la grandeza de la actividad que parasitan, muchos descalifican al jugador que ayuda al rival que ha caído (en la NBA parece una regla no escrita: jamás darás la mano al contrario); desde el podercito de una gran audiencia (una cadena nacional de radio, un programa televisivo) se mofan de aquél que, deportivamente, le aplaude al adversario una acción brillante. Su elogios bendicen en cambio a aquel otro defensa central que no tiene el más mínimo gesto caritativo, al que recurre con astucia al juego sucio ("táctico", lo llaman), al que ha transformado el juego deportivo contra rivales en una guerra sin cuartel contra el enemigo. Ensalzan con servilismo las muy viriles virtudes neoliberales: la agresividad, la competitividad, al guerrero que no hace nunca prisioneros.
Mi convicción profunda es que esa evolución pendenciera en la imagen del fútbol y del deporte en general (de simpáticos personajes públicos a matones del tres al cuarto) ha sido decidida y dirigida metódicamente desde los think tanks de la corporocracia, muy conscientes de las virtudes educativas del deporte-espectáculo, y forma parte inseparable del discurso neoliberal. Forma parte del clima de violencia latente, de atrofia de la empatía, de desprecio por la víctima, del adoctrinamiento, en fin, en la guerra de todos contra todos estimulada desde esos foros y de la que el espectáculo deportivo constituye metáfora privilegiada.
"Lo bello es ese grado de lo terrible que aún podemos soportar", escribió el poeta Rainer Maria Rilke. Bueno, alguien ha decidido que había campo por explotar, alguien ha decidido empujar la frontera demasiado lejos.
Un auténtica campaña de promoción de lo terrible lleva años descargando desde los medios de comunicación y propaganda sobre todos nosotros, y en especial sobre niños, adolescentes y jóvenes. Eso incluye la moda de espectáculos, novelas y películas de miedo, de videojuegos violentos y macabros o la afición a los monstruos y a los monsters desde la más temprana infancia. La tolerancia que exhiben los chavales hacia imágenes que a mí me hacen volver la cara o taparme los ojos, la avidez con la que se citan unos a otros ante escenas que supuestamente "hieren su sensibilidad" - me deja estupefacto. Para alguien como yo, que descree rotundamente de la naturaleza personal del gusto, no cabe duda de que la trivialización de la violencia, la estética de la calavera, la iconización de los vampiros, el feísmo de piercing y los tatuajes - todo eso forma parte de esta ofensiva, de ese gusto activamente inducido y orquestado. Yo lo llamo "siniestrismo".
Del éxito de esa campaña -apoyada por los circuitos habituales de la colonización cultural- forma parte también la difusión de Halloween. Sobre las viejas fiestas de los Santos y los Difuntos y sus tradiciones locales (visitas a los cementerios, velas en las puertas, novenas en las iglesias, flores en las tumbas), Halloween se ha impuesto universalmente como un particular Carnaval fuera de temporada y de tipo monotemático: la mercantilización de lo macabro y lo siniestro. Observemos: Halloween ha sustituido la religiosidad por la puerilidad, la memoria por el olvido, las lágrimas por las risas, la conciencia de la muerte por la inconsciencia del peligro, el silencio por el estruendo, la unción por la ebriedad, el recogimiento por el fiestón.
Cuando oímos que cuatro adolescentes han muerto aplastadas en una macrofiesta "festejando" Halloween no solamente estamos oyendo hablar de un desenraizamiento cultural que reemplaza patéticamente una historia propia por otra ajena: estamos oyendo hablar de muertes cuya responsabilidad, más allá del pringado al que señalen los jueces, compete a los mismos a quienes deben pedirse cuentas por los suicidios que han acompañado a algunos desahucios - son crímenes de la corporocracia y de su cultura a la vez cruel e infantil.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El sueño de Esperancita


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En el sueño de Esperancita, su país era bilingüe. Pero bilingüe perfecto, perfecto: todo el mundo hablaba inglés y español (el resto de los dialectos regionales había, simplemente, desaparecido, maldita la falta que hacían).
Como siempre había sucedido, la gente hablaba en casa preferentemente español: el idioma en que soñaba Esperancita era el que se usaba "en las interacciones informales entre familia, amigos y vecinos". Pero, ah, de acuerdo con los estudios de los lingüistas y sus encuestas sociológicas, los jóvenes escolarizados preferían el inglés para "las actividades sociales y lúdicas": ver la tele y el cine, leer, escuchar música... Daba gusto lo bien que entendían los jóvenes las canciones de los Beatles, leían Spiderman en versión original y ya no se subtitulaban las películas. Como el vasco y el catalán, la SGAE había finalmente sucumbido (algo que daba a Esperancita una felicidad especial un poco morbosa, poco importaba que de paso hubieran desparecido todos los escritores, cantantes, cineastas o actores que usaban el español).
Por supuesto, en el sueño de Esperancita el inglés era la lengua de rigor en la escuela, insustituible en la relación entre los profesores y los alumnos. Naturalmente, por fin, no había clases de inglés, sino que las clases, todas las clases, se daban en inglés. El castellano había desaparecido de la vida académica, soñaba, y casi casi se le abrían los ojos de felicidad. No obstante, los análisis estadísticos demostraban que el español se seguía utilizando surrepticiamente en los recreos, a pesar de las recriminaciones y sanciones de los profesores. Éstos, exigentes e insatisfechos, se lamentaban también del poco uso del inglés en los hogares, y recomendaban a los padres que hablaran en inglés con sus hijos. Esperancita estaba feliz: los profesores, por fin, lo habían comprendido todo, estaban poniendo de su parte y cooperaban en el bilingüismo perfecto de sus sueños. Ayudaba mucho traer profesores directamente de los países de habla inglesa, aunque en el camino el paro entre los profesionales españoles se hubiese disparado. Para el alma anglófila de Esperancita era una enorme satisfacción contribuir a paliar el paro en los países anglosajones y, de paso, presumir en España de la cantidad de empleo que genera hablar inglés.
Esperancita no sabía, sin embargo, que su sueño era la realidad de otros: sí, amigos, esta bonita situación que ella soñaba puede encontrarse desarrollada con pelos y señales en un sesudo artículo científico titulado "El inglés y el español en Gibraltar: usos y actitudes entre la población joven" (http://www.um.es/tonosdigital/znum19/secciones/estudios-23-Gibraltar.htm), y cada vez que pongo algo entre comillas es cita literal de ese artículo.
Esperancita no sabe (¿o sí?) que el futuro que sueña es el presente de Gibraltar, el único lugar de la tierra habitado por perfectos bilingües en castellano (de Cádiz) y en inglés. Ni siquiera Puerto Rico se ajusta al sueño de Esperancita tan bien. 
Ese lugar mediterráneo donde juran y perjuran que jamás serán españoles, también es el único lugar de la tierra habitado por ciudadanos británicos donde el inglés no tiene uso mayoritario: en la colonia de Gibraltar, los niños hablan con sus padres, con sus hermanos y juegan con sus amigos en español, pero cuando tienen que hacer cuentas, lo hacen en la lengua de Milton Friedman, que es el idioma en el que han estudiado aritmética, como dios manda. Esa realidad entra por los oídos, no por la vista: en la colonia de Gibraltar todos los carteles y rótulos de los establecimientos públicos o comerciales están en la lengua de Reagan, Thatcher y Bush - pero para que ésa sea también nuestra realidad sólo falta que se rotulen en inglés el Palacio de la Moncloa y el Palacio de la Zarzuela. Las tiendas ya lo han hecho espontáneamente.
Ni siquiera Esperancita parece haberse dado cuenta (¿o sí?) de su enorme perspicacia política: ya que no hay manera de que Gibraltar sea español, ¡viva España gibraltareña!
Si ella se diera cuenta de eso, de que lo que pretende simplemente es que España sea como la colonia de Gibraltar, iniciaría quizá una hermosa cruzada, señalando al Peñón no como una espina clavada en el alma patria, sino como su modelo de futuro más digno y anhelable (todo esto por no mencionar a la innovadora economía financiera de la Roca). A la larga, quizá, vaciado por fin de sentido el pleito entre las dos caras de la Verja, y bilingües perfectos ya a un lado y a otro, la unidad caería como fruto maduro, poco importaría si Gibraltar se hacía español o España entera se siente gibraltareña. Por algo así de hermoso se puede renunciar hasta a la rojigualda.
Aunque no hay por qué suponer que Esperancita no tenga un poquito de patriotismo en el corazón y quizá le dolería sentimentalmente saber que, de acuerdo con los resultados de este estudio, no muy bien redactado, la verdad, "el inglés es valorado como el idioma más importante frente al español, el cual se califica como idioma cuyo futuro en Gibraltar es bastante pesimista." Quizá Esperancita recordase que no se llama Little Hope y derramara alguna lagrimilla. Pero, fuerte como es ella, enseguida se repondría y se iría tan tranquila a hacerse la manicura: a fin de cuentas, a quien el pasado le importa un comino y el presente le parece de saldo, ¿qué le importa el futuro de su futuro?

sábado, 21 de julio de 2012

La mani



Este jueves pasado hemos vivido una situación insólita, extraordinaria, propia solamente de un verdadero estado de guerra: todos se han unido contra el bando agresor. Todos, desde los anarquistas a los jueces, los bomberos o los actores, los médicos y los enfermeros, los profesores, los administrativos, los policías y hasta los militares, de todos los gremios, los géneros, edades y opciones sexuales; sindicatos que nunca coincidían; ondeaban todas las banderas políticas, la republicana y la monárquica juntas. Cuando digo todos, digo todos.
Una representación nutrida de sectores fundamentales de la sociedad se ha reunido para lanzar un mensaje común: a diferencia del gobierno (que trabaja para una casta), nosotros luchamos contra la “crisis”. Aquí estamos para demostrarlo. No nos cruzaremos de brazos. Estamos dispuestos a dar la batalla. Y somos muchos, somos incluso más de los que hubiéramos imaginado. La razón: hemos entendido de una maldita vez qué es la “crisis”. La Crisis, con mayúscula. Ese tema.
Llevo años combatiendo, modestamente, contra el lenguaje oficial y sus mistificaciones. He comprobado su naturaleza coriácea: hace no tanto escribía con desesperación, resignado a aceptar que la indestructible pantalla del discurso propagado por todos los voceros del poder parecía suficiente para abotargar las mentes e impedir la reacción adecuada – pero eso está cambiando.
La manifestación de este jueves 19 de julio (malditas coincidencias) es la prueba palpable de una sensación creciente: la gente ya no se lo cree. La ciudadanía ya no se lo traga. Ya no nos lo creemos. En cierto modo, hemos asistido al fracaso del discurso oficial, a su entierro multitudinario. El significado real de la ideología de la Crisis, aprovechada para justificar el desmantelamiento sin debate y por decreto del llamado Estado de Bienestar, ha quedado por fin desvelado a los ojos de todos como por ensalmo.
Ahora redoblarán sus amenazas de apocalipsis y, después, a partir de aquí, comenzará la represión pura y dura. Pero los ministros saben que tendrán una actitud social enfrente. Entramos en otra fase, ¿qué ha obrado el milagro?
La diputada Andrea Fabra tradujo espontáneamente los sentimientos del gobierno y de esa casta para la que trabaja el gobierno con respecto a la llamada “crisis”: “¡Qué se jodan!” ¿Puede haber algo más claro y sencillo de interpretar? Ese alivio espontáneo de una diputada evidente haciendo su trabajo, disfrutando sádicamente al hacer su trabajo – que consiste básicamente en desposeer a los que no tienen nada, a gente que efectivamente se está jodiendo, para dárselo a los que les sobra todo-, ese pedo verbal ha sido capaz de sacar de su sueño hasta al más alelado. “Una expresión de júbilo así, un grito orgásmico tan sentío, tan irreprimible, ¡debe oírse también sinceramente en tantas mansiones lujosas, al amparo de sus cuatro paredes con cuadros caros y sin cámaras ni micros indiscretos¡”, ha pensado hasta el más distraído. Esa exclamación ha hecho más por la desilusión y el descreimiento del pueblo que años de proclamas antisistema.
Un cartel con esa leyenda se desplegó al sol durante unos instantes desde la azotea del nuevo Ayuntamiento, la Casa de Correos – justo el tiempo que tardaron en ser reducidos sus muñidores. La gente que ocupaba Cibeles aplaudía fervorosa a la exhibición, coreaba el exabrupto transformado mágicamente en consigna, en la consigna, y animaba a su bando en la lucha que se libraba a brazo partido en la azotea.
Lástima los petardos de los bomberos. Aparte de que me aturden, soy un clásico y para mi gusto no combina bien el ambiente fallero con las ocasiones serias. Después de hora y pico tuve que irme a comer un bocadillo y creo que mientras tanto se leyeron manifiestos y esas cosas. Me los perdí. Bueno, gracias a la diputada Fabra ya no hacen falta.

viernes, 1 de junio de 2012

Un capítulo de Tácito




Llevo casi dos meses sin decir esta boca es mía. Y no es que no lo haya intentado: he escrito esbozos, arranques, ideas, frases. Tengo archivados varios proyectos de artículo, con un bonito título cada uno, en la carpeta BLOG, subcarpeta 2012. Pero llegado un momento, después de darle muchas vueltas a lo que quería decir (la imaginación neoliberal, la mitología neoliberal, el absurdo neoliberal), siempre pensaba que no merecía la pena. He escrito y he guardado, incapaz de publicar una sola entrada. Al final, siempre pensaba "¿Qué más da?, ¿qué necesidad hay de decir nada?"
Sí: qué decir que no esté dicho. Qué decir que no se diga solo. ¿Tiene sentido sacarle punta a algo?, ¿es que hay alguien que lo necesite? La realidad es tautológica, pleonástica, chulesca. Como nunca. La realidad está delante de los ojos de todos con una desvergüenza de exhibicionista, tan desnuda y clara, tan evidente que sólo un ciego -y que me perdonen los inevidentes- puede necesitar que alguien se la cuente.
Después de años de analizar el discurso del poder, tratando de comprender cómo nos la cuelan, detectando sus giros, sus expresiones, sus trucos y estrategias - me he dado cuenta de que lo importante no es cómo lo hacen ellos, sino cómo nos lo tragamos. Cómo es posible que se lo trague la gente, o sea, nosotros, no nos engañemos.
Y he llegado a la conclusión de que, a fin de cuentas, no hace falta que hagan mucho. Dejémonos de estupideces: hay cosas más importantes que la razón. Cosas más poderosas y más determinantes.
¿Qué es lo que permitió que los judíos europeos fueran deportados a los campos de exterminio sin el menor acto de rebeldía, como corderos al matadero? Tendrá que explicarlo la psicología social, convertida así en la ciencia de la sumisión. Mi impresión es que si algo ofende en este momento a los poderosos es no haber sido antes conscientes de esa docilidad "sistémica" y haberse atrevido a hacer antes lo que están haciendo ahora de viernes en viernes; les enfurece haber esperado tanto tiempo entre concesiones, seguros cada día más de que pueden hacer lo que quieran, cuando quieran, sin respuesta.

Durante la última temporada trabajo en una traducción de Cornelio Tácito, el historiador romano. El interés de este hombre que escribía a finales del siglo I a. C. consiste esencialmente en su descarnada mirada sobre un poder incomparable: la Roma imperial que le tocó vivir. Lo que escribe suena como cuando pillan a un político con el micro abierto sin que lo sepa, pero Tácito escandaliza con una finura insuperable y a plena conciencia.
El pasaje que transcribo debajo, copiado y pegado del borrador de mi traducción, pertenece al libro que dedicó a la memoria de su difunto suegro, Julio Agrícola, el general que conquistó para el imperio la isla de Gran Bretaña. Es el capítulo veintiuno de su halagadora biografía. El gobernador Agrícola hacía la guerra a los rebeldes britanos durante el verano. Los diezmaba y los aterrorizaba sin piedad innecesaria. Pero, al llegar los fríos, cuando acababa la temporada bélica, no acababa por eso la misión de este conquistador. Dice su yerno Tácito:

            El invierno siguiente se invirtió en una política de lo más saludable. Para que una población diseminada y primitiva, y por eso más propensa a la guerra, se habituase al sosiego y al ocio con ayuda de los placeres, Agrícola animaba a los particulares y proporcionaba ayudas a las comunidades para la construcción de templos, de mercados o de viviendas elogiando a los emprendedores y censurando a los remisos. De ese modo, la competencia por el premio se convirtió de hecho en una exigencia.
            Además, instruía a los hijos de los prohombres en estudios liberales y ponderaba los talentos britanos por encima de la ciencia de los galos, logrando así que quienes hasta hacía poco rechazaban la lengua de Roma suspiraran por dominarla. También adquirió prestigio nuestra forma de vestir y la toga se puso de moda, y poco a poco los britanos cedieron a la seducción de vicios, tiendas, termas y fiestas elegantes. Y entre aquellos incautos se llamaba "civilización" a lo que sólo era parte de su esclavitud.

¿Qué se puede añadir? Supongo que este texto sobre el invierno 78-79 en la isla de Gran Bretraña constituye la más antigua (o una de las más antiguas) documentaciones del soft-power. Y una de sus más sarcásticas formulaciones también. Resulta muy irónico leer a un latino mofarse de los bárbaros y rústicos indígenas británicos. Hoy día, en que los latinos se afanan con entusiasmo en aprender inglés, puede uno admirarse de cuán mudable es la historia y de cuánto nos venga sin que lleguemos a saberlo; de cómo puede cambiar tan drásticamente el papel de los protagonistas y, sin embargo, de qué parecidas son las cosas que nos hacemos unos a otros.
Esa "política sanísima", cuya descripción ofrece Tácito con toda la sorna del mundo, explota el entusiasmo masoquista que produce colaborar en el propio encadenamiento.
La idea de poner a los esclavos a construir casinos, iglesias y centros comerciales como instrumento de su dominación, así como la de que aprendan ciertos idiomas para no entender nada, se las dedico a Esperanza Aguirre, que debe sentir la misma sorna por nosotros, sus súbditos.